jueves, 16 de junio de 2016

NO ES EL FINAL



NO ES EL FINAL

Amanece un espléndido día de verano en el pequeño pueblo de Fuilal; situado en un entorno privilegiado del país; donde todo el año es primavera y el campo siempre está verde y lleno de hermosas flores. Sus poco más de cuarenta habitantes, y su alejamiento del núcleo de población más cercano hacen de este pueblo un lugar casi único: donde sus habitantes viven con plena tranquilidad; como si estuviesen en otro planeta.
            En Fuilal, no hay cobertura para teléfonos móviles; de hecho, tampoco para los fijos; por lo que está desconectado por completo del mundo. El único modo de acceder al pueblo es por una pista forestal y solamente puede hacerse el recorrido en vehículos todoterreno.
            Pero esto no importa a los habitantes de Fuilal, pues allí no iba nadie, la mayoría personas con más de sesenta años, y sanas como una roca; a excepción de un joven matrimonio y sus dos hijos pequeños que llegaron huyendo de la miseria, el hambre y la perspectiva de tener que dormir en la calle al ser desahuciados de su piso; y allí encontraron una casa donde vivir (cedida por los vecinos), comida y trabajo para los dos: el hombre, Juan, ayudando en el cuidado de los pocos animales que había, y la mujer, Lina, limpiando casas y atendiendo a los mayores de Fuilal.

            La otra excepción es Amparo. Ella llegó sola al pueblo; sin más compañía que tres maletas y mucho miedo. Miedo, pero no al pueblo. Miedo a las personas, a las aglomeraciones, más en concreto. Por eso eligió Fuilal para vivir. Amparo tenía treinta y nueve años; complexión delgada, media melena, ojos negros, guapa sin llegar a ser considerada bella. Su llegada fue inesperada, cómo todas allí.
            Tardó unos días en pasear por el pueblo y entablar conversación con sus nuevos vecinos. Se la notaba tensa y con miedo, pero, a los pocos días ya se había convertido en una más entre ellos… y así fue cómo una tarde, sentada en la terraza de lo que allí denominaban bar y que no era más que el salón de una casa particular donde el dueño vendía licor; contó el por qué de su nueva vida a sus vecino y ya amigos.
Ella era jefe de personal en una empresa de la capital, estaba muy bien reconocida y llevaba un buen nivel de vida ya que ganaba bastante dinero. Todo era de color rosa en su vida: muchas salidas a los mejores lugares de la ciudad, cenas en los más reconocidos restaurantes, fiestas exclusivas… hasta que, de repente, una noche cambió todo.
Se encontraba en el concierto de un famoso grupo internacional de Rock cuando se formó una gran pelea de la que, al intentar escapar, salió con dos graves heridas de arma blanca y pisoteada por la multitud que escapaba presa del pánico. Cinco meses en el hospital y cuando se recuperó y salió… ya no fue capaz de de ir por calles donde hubiese mucha gente, ni entrar en centros comerciales, bares, cines…
Los médicos la diagnosticaron Enoclofobia (miedo a las multitudes) y la recomendaron comenzar un tratamiento a base de sesiones con psicólogos para superarlo: pero la fue imposible. Por ese motivo decidió abandonar la capital y recluirse en un pueblo pequeño y aislado donde poder llevar una vida, más o menos, relajada: no quería volver a saber nada de ciudades, multitudes o cosas parecidas… y así fue como llegó a Fuilal.

Ahora la vida de Amparo pasa entre paseos por el pueblo, lectura, TV, siestas y largas charlas al fresco con sus nuevos vecinos. Su único contacto con el exterior es a través de Internet: para eso utiliza la antena parabólica de su casa ya que se conecta a través de satélite, único modo de hacerlo allí. Pero es raro porque no consigue acceder a webs de noticias, ni de correos electrónicos. Únicamente a webs de entretenimiento en las que no puede escribir un comentario. Pero eso le bastaba para lo que quería entretenerse un poco.
Ahora se encuentra en uno de sus paseos para ver el amanecer, respirando el aire puro de las montañas. Está un poco apartada del pueblo, pero allí no hay miedo… el mayor peligro que se corre es que te salga al paso alguna cabra y te asuste. Camina despacio contemplando el paisaje, como cada día. Mira la posición del sol, allí no hacen falta relojes, y decide que es hora de regresar para desayunar donde Manolo, el dueño de la casa-bar del pueblo.
Hoy no tiene ganas de desandar lo mucho que ha andado con lo que decide acortar el camino atravesando por mitad del campo. Es verdad que la han avisado que debe tener cuidado de los muchos pozos abandonados y sin señalizar que hay a las afueras de Fuilal, pero no se acuerda de eso y de repente encuentra que al dar un paso no encuentra tierra bajo sus pies y cae con fuerza en uno de ellos.
Intenta ponerse de pie pero siente un fuerte dolor en la rodilla derecha, así como en las costillas. Nota que algo le moja la cabeza y al pasar la mano por ella descubre que es sangre, tiene una brecha por encima de la ceja derecha. El miedo se apodera de ella y comienza a gritar con tantas fuerzas de las que es capaz… silencio. No se oye nada excepto el comienzo del canto de los pájaros y el balido de alguna cabra a lo lejos, pero nada más. Vuelve a gritar pero el resultado es el mismo.
Se detiene para pensar un poco pero es peor porque sabe que los vecinos pocas, por no decir ninguna, veces se alejan tanto del pueblo en sus paseos. Su esperanza es que la echen de menos donde Manolo, vayan a su casa a ver si está bien, y al ver que no está empiecen a buscarla. Sabe que eso no va a pasar porque no todos los días va a desayunar a la casa-bar y hay días que no sale de su casa ni para ir a por el pan a casa de la Lucia (panadería-ultramarinos oficial y única del pueblo).
Mira a su alrededor con la esperanza de ver alguna raíz a la que agarrarse y salir del pozo… pero la suerte vuelve a serla esquiva. El pozo es estrecho, por lo que intenta subir escalando sujetando su cuerpo a una pared y sus pernas en otra, pero el fuerte dolor en la rodilla se lo impide. Además se queda pronto sin aire a causa del dolor en las costillas.
Cuando se recupera un poco vuelve a gritar con todas las fuerzas de la que es capaz y la parece oír ladrar a un perro. Su cara se alegra y vuelve a gritar hasta que oye al perro ladrando justo encima de ella. Es “Almirante”, el perro de Juan y Lina. << ¡Bien! Si está Almirante, cerca debe andar Juan porque este perro no se separa nunca más de diez metros de su amo>>, piensa Amparo… y lleva toda la razón. A los pocos segundos escucha la voz de Juan preguntando si se encuentra bien y diciendo que se tranquilice que va a sacarla de allí. En esos momentos se siente relajada por la suerte que ha tenido y se deja caer en un sueño mientras espera a que su “salvador” acuda con algo con que sacarla de allí.

Siente como sus fuerzas y su espíritu se van junto a la sangre que brota de todo su cuerpo. Poco a poco se sume en un placentero sueño mientras escucha unos cánticos, casi hipnóticos, cada vez más lejanos.

Comienza a sentir unos ligeros golpes en la cara mientras escucha su nombre como en la lejanía. Los golpes son cada vez más fuertes a la vez que escucha su nombre más cerca… hasta que despierta sobresaltada.
Se da cuenta que está en su casa, rodeada de casi todas las mujeres del pueblo.
- ¿Qué…? ¿Qué ha pasado? – Consigue sacar las palabras para preguntar.
- Tranquila cielo, estás bien. – Quien habla es Juani, la mujer del dueño de la casa-bar - ¿No te acuerdas que caíste en un pozo? – Amparo asiente con la cabeza ya más relajada. – Juan te encontró, por suerte, y te trajo al pueblo. Has tenido un fuerte golpe en la cabeza que nos hizo llamar al médico ya que tenías convulsiones y habías perdido mucha sangre, además de que tienes un pequeño esguince en la rodilla. Pero entre todas te hemos cuidado y ya veo que te estás recuperando ¿Quieres beber algo?
- Sí, por favor. Tengo la boca seca. – Cuando hubo bebido un poco de agua fresca que le trajo Juani, preguntó - ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
- Un par de días.- Quien contesta es Adela; la vecina que vive más cerca de ella y que también se encuentra allí.- Pero te hemos estado cuidando entre todas las mujeres y me alegra verte despierta cielo.

Han pasado tres días desde que Amparo despertó y es la primera vez que se encuentra solo en casa. Todo el pueblo has sido muy amable durante este tiempo y se siente feliz por encontrar un lugar como Fuilal para vivir. Es un verdadero refugio de los que ya no quedan, o quedan muy pocos, en la tierra.
De lo que más gana tiene es darse un buen baño, pues no se ha bañado en los días de convalecencia. Las mujeres preparaban agua caliente y la lavaban cada día, no dejaban que se levantarse ni para ir a hacer sus necesidades. Ahora, en el cuarto de baño, sola, piensa disfrutar de un largo y relajante baño.
Se quita el pijama y queda desnuda. Se mira en el espejo antes de meterse en la bañera <<Estoy hecha una mierda. Parezco un zombi de lo blanca y demacrada que me veo >> va pensando mientras repasa el estrago que ha causado la caída y los días de cama en su cuerpo. El baño la sienta tan bien que decide salir a tomar el aire y, de paso, una cerveza en la casa-bar.

Cuando abre la puerta de casa, para salir, se da cuenta que no hay nada a su alrededor: ni las otras casas del pueblo, ni ninguna persona. ¡Sólo un gran vacío!.. ¡Ha desaparecido todo y todos!... lo único que alcanza a ver, mire donde mire, es un blanco intenso que le hace daño y tiene que entornar los ojos para poder seguir mirando… ¡De repente!... siente un fuerte dolor en el pecho; como si se lo estuviesen golpeando don una maza… según se va haciendo más fuerte el dolor del pecho, el blanco intenso va desapareciendo. En su lugar ve grises claros que se van tornando más oscuros hasta convertirse en un negro absoluto.

<<¡La tenemos! ¡Ha vuelto el ritmo cardiaco! ¡Se estabiliza!>> Amparo escucha todo aquello cómo si fuese algo lejano y ajeno a ella. No comprende nada, se siente aturdida y asustada. No puede abrir los ojos, le pesan mucho, pero ha dejado de escuchar esas voces. Ahora sólo hay silencio y tranquilidad. Nota una mano agarrar la suya; es una mano suave, cálida, temblorosa. Tiene la sensación de saber quien es la dueña de esa mano… hace un esfuerzo por abrir los ojos: ha acertado, es la mano de su madre que se encuentra sentada a su lado llorando.
- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? – consigue sacar esas palabras fuera, con la fuerza de un leve susurro mientra contempla cómo su madre la mira; y lo que eran lágrimas se empiezan a convertir en una leve sonrisa.
- ¡Hija mía, estás viva! – dice la madre a gritos mientras se levanta de la silla y la abraza. – Creía que no volvería a verte con vida nunca más. Voy a llamar a la enfermera para que venga.
- Espera mamá.- dice ella sin dejar de susurrar ya que no tiene fuerza para otra cosa. – Cuéntame dónde estoy y qué ha pasado antes de llamar a nadie ¡Por favor!
- Hubo una explosión de gas en tú bloque hija.- La madre habla ente sollozos y con hipidos de emoción.- Se te cayó encima todo el techo de comedor y hemos temido por tu vida. ¡¡Hija has estado dos veces muy cerca de dejarnos!! – La madre se derrumbó al decir eso y comenzó a llorar un rato hasta que pudo controlarse y seguir hablando – Dios ha querido que no sea así y vuelvas con nosotros aunque sea…- Se detuvo en seco como arrepintiéndose de esas últimas palabras.
- Aunque sea ¡¡cómo, mamá!! – Ahora la voz de Amparo sonó un poco más fuerte.- ¡Contesta!
- Deja eso para cuando estés más recuperada hija. Ya te lo dirán los doctores cuando crean que estás preparada.
- ¡NOOOOOOOOOOOOO! – El grito que salió de la boca de Amparo, no sólo asusto a su madre, también a ella.- Cuéntame todo ahora mismo. Te lo ruego, te lo suplico, te lo imploro.
- Está bien hija.- La madre no sabía cómo escapar de aquella situación y decidió contarle la verdad.- Fue tanto el daño que te hizo el techo al caerte encima que no podrás volver a mover ninguna extremidad de tu cuerpo de cuello para abajo. Pero estás viva y nosotros cuidaremos de ti siempre.
- Eso no es verdad, no es cierto. Debo estar soñando. Quiero despertar en mi cama de Fuilal. Quiero volver allí con mis vecinos.
La madre, a verla cada vez más nerviosa y enloquecida decidió dar por finalizada la conversación y salió corriendo en busca de las enfermeras y médicos mientras Amparo seguía diciendo incoherencias.
- Juan, lina, Manolo, Lucia, Anselmo, Juani, Adela… ¡Venid a rescatarme. Sacadme de esta pesadilla. ¡Quiero estar con vosotros! – Gritaba cada vez más fuerte con la esperanza de que la escuchasen y acudiesen a su recate como cuando cayó al pozo.

Cuando llegaron las enfermeras a la habitación de Amparo la encontraron en parada cardiaca. Enseguida se pusieron a intentar reanimarla mientras llegaban los médicos, que estuvieron casi una hora intentando recuperarla otra vez: ahora sin éxito.
Amparo murió, pero en su rostro se reflejaba alegría, felicidad y un brillo especial en sus ojos sin vida.

- Manolo pon otra ronda de ese vino tan bueno que guardas para las grandes ocasiones…- Era Amparo quien hablaba sentada en las mesas de la calle; rodeada de todos sus vecinos, ya no tenía miedo a las multitudes; aunque aquella no fuese muy grande. Estaban celebrando que ella había decidido quedarse a vivir para siempre en el pueblo.- y ven a tomarte una copa con nosotros ¡Anda! Que te vas a hacer rico a nuestra costa. - Todos rieron y siguió la fiesta.
  

© Paco Muñoz Hidalgo.

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miércoles, 1 de junio de 2016

DÍA DE FIESTA

Los niños de: once meses, dos y cuatro años, estaban ya despiertos. Y fue el mayor quien entró corriendo en el cuarto de sus padres y saltó encima de ellos con una sonrisa en su cara.
- ¿Qué es este bicho que se nos ha metido en la cama, Lucia? – Dijo en padre.
- No lo sé Pedro pero me da mucho miedo. Hazle cosquillas a ver si se asusta y se va.
- Yo solo no. Tú también tienes que ayudarme porque es muy grande.
Los padres se pusieron a hacer cosquillas y jugar con el niño que no paraba de reír y decir que no era ningún bicho. La niña, de dos años, entró también en el cuarto y se quedo mirando lo que pasaba. Hasta que su madre la cogió, subió a la cama y empezaron a jugar y reír los cuatro; hasta que el llanto de la más pequeña hizo que Lucia se levantase para ir a por ella, quedando los dos pequeños jugando con su padre un rato más.
Así despertó ese domingo la familia: entre alegría y felicidad. Desayunaron y los padres se pusieron a bañar y vestir a los niños porque habían quedado en la casa de los abuelos para pasar el día y celebrar el cumpleaños de la abuela.

La jornada se presentaba formidable, con un sol espléndido, y calor de primavera, cuando Lucia y Pedro montaron a los niños en el coche. Sentaron en sus sillitas a los dos mayores. Lucia iba también en la parte trasera con la pequeña acostada en el capazo de su silla. Partieron entre risas y la algarabía de los niños cada vez que montaban en el coche.
La casa de los abuelos estaba a unos cincuenta kilómetros y era una parcela donde habían construido una pequeña casa y el resto del terreno lo dedicaron a césped y juegos para sus ocho nietos, el mayor de solo siete años. Eran felices cada vez que conseguían congregar a toda la familia. Disfrutaban de sus hijos; pero más viendo jugar a sus nietos en el patio o haciendo tonterías a los más pequeños. Para ellos este día iba a ser toda una bendición.

Pedro y Lucia se encontraban ya a mitad de camino, con el coche rebosando alegría: su gran sueño era el de formar una familia numerosa y no dejarían la cosa en tres hijos. Ambos adoraban a los niños y por eso querían tener lo máximo que Dios los diera.
A la niña de dos años se le cayó su juguete al suelo y empezó a llorar. Por más que Lucia intentaba calmarla, sus llantos iban en aumento. Pedro, a instancias de su mujer, soltó una mano del volante para intentar buscar a tientas el juguete, pero no lograba dar con el. Dio media vuelta a su cabeza para poder comprobar si veía el juguete y cogerlo. Al segundo de hacer esto el coche daba trompos por la carretera sin control y de repente todo fue silencio.

Pedro despertó en la cama del hospital con gran parte de su cuerpo dolorido y enyesado. Tardó unos segundos en ver a su madre sentada en una butaca con los ojos hinchados y llorando… Entonces recordó que tenía que estar buscando el juguete de su hija y no en una cama de hospital. Llamó entre susurros a su madre que lo miró y fue veloz a su lado intentando abrazarlo entre tanto lío de tubos y aparatos que Pedro tenía en su cuerpo.
- ¿Qué ha pasado madre? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde esta Lucia y los niño?
La madre solo lo miraba con cara de tristeza infinita mientras le decía que se calmara hasta que los médicos le viesen. Y dicho eso salió de la estancia para avisar que su hijo había despertado; después de tres meses en coma.
La recuperación de Pedro, desde que despertó, fue rápida y muy favorable. Pero ya llevaba una semana y seguía sin conseguir saber nada de su mujer e hijos: por más que preguntaba. Todo eran evasivas y cambio de conversación. Le visitaron sus hermanos, familiares y hasta amigos, pero nadie le decía nada de su mujer ni de los niños.
Pedro no era tonto y sabía que algo muy malo había pasado. Un día se plantó en la visita del médico y le dijo que contase donde estaba Lucia y sus hijos o se volvería loco y haría polvo el hospital.
El médico, después de pensarlo unos segundos, dijo a los internos y enfermeras que saliesen de allí. Había llegado el momento de contarle todo, ya se encontraba con fuerzas para que la noticia no volviera a poner su vida en peligro y era mejor que se enterase.
- Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Ese espantoso y doloroso grito llegó al último lugar del hospital cuando el médico le dijo a Pedro los meses que había estado en coma; que sus tres hijos habían muerto en el accidente; y que su mujer estaba en coma desde entonces, con graves secuelas en el cerebro que no la permitirían nunca salir del mismo.

Desde entonces Pedro no volvió a ser la misma persona. Siempre llorando y sin ganas de seguir con vida. Y, encima, no le permitían visitar a su mujer hasta que no estuviese más recuperado. Por ella, y solo por ella, aceptó el tratamiento psicológico y psiquiátrico que le propusieron los médicos. Aunque por dentro seguía roto de dolor; de cara a todo el mundo Pedro mejoró tanto que decidieron llegado el momento de darle el alta del hospital.
Cuando salía, después de muchos meses en aquella habitación, preguntó si podían llevarle a ver a su mujer antes de irse a casa, <<así me ahorro un viaje>>, comentó al celador que le llevaba en la silla de ruedas. Este le dijo que se lo preguntaría al doctor antes. Le dejó en una esquina y fue a la consulta a preguntar volviendo con un sí como respuesta.
Cuando llegaron a la habitación de su mujer Pedro pidió al celador que le dejase solo con su esposa unos minutos a lo que éste hizo un gesto afirmativo y salió cerrando la puerta tras él.
Se levantó de la silla y pudo ver a alguien en la cama que se parecía a su mujer, pero que no lo era. Solo era un cuerpo enganchado a un montón de máquinas que lo mantenían con vida. Acercó su mano a la de ella y al cogérsela, notó el frío helador de su mujer, la besó una y otra vez. Pidiéndola perdón, entre lágrimas, por lo sucedido. <<No tenía que haber apartado la vista de la carretera, todo es culpa mía y nunca me lo voy a perdonar. >>
Las lágrimas de Pedro rodaban por las frías manos de su amada… Y fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no volvería a ver a sus hijos en esta vida y a su mujer tampoco sabía cuanto tiempo la vería así antes de que marchase a cuidar de ellos y le dejaran solo: no quería vivir sin ellos.
Fue cuestión de segundos; tomo la decisión y la ejecutó, sin más, no sin antes dar un beso en los labios a su esposa y murmurar un simple, nos vemos en un rato….

La pradera era enorme y el césped inundaba todo lo que sus vistas alcanzaban. Hacía una ligera brisa que contrarrestaba el calor del sol haciendo que la temperatura fuese ideal para que Pedro retozara con sus hijos mayores en la hierba; Lucia daba de comer a la pequeña de la familia mientras los miraba y reía viéndolos disfrutar, hasta que se unió a ellos en el juego dejando a la pequeña queriendo levantarse y empezar a dar sus primeros pasos.
Los dos padres se miraron orgullosos y se dieron un beso. Todo era felicidad y armonía.
Por fin volvía a estar la familia unida y feliz……


© Paco Muñoz Hidalgo.

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