Vivir
soñando
En
un país muy lejano; tan lejano que únicamente se puede llegar a través de los
sueños, vivía Carlos. Un hombre de mediana edad al que le gustaba mucho hacer
toda clase de deportes. Viajar a lugares remotos y sin explorar de su gran
País. Vivir cada día como si fuese el último. Exprimiendo cada segundo de cada
minuto, de cada hora.
Por suerte podía hacer todo aquello
porque no necesitaba trabajar. En realidad, nadie trabajaba. Allí cada persona
hacía siempre lo que quería, cuando quería y como deseaba. No existían leyes,
reglas o imposiciones. El único requisito para poder habitar allí era ser
feliz. No valía con intentarlo, había que serlo.
La
mayoría de sus habitantes se decantaban por ir en coches de gama alta o súper
lujo. Incluso había quien únicamente se movía pilotando su avión. Pero él no
era de esos a quienes el lujo les deslumbraba. Allí cada cual buscaba la
felicidad de la forma que quería, siempre sin hacer mal a otras personas. Carlos
sin embargo iba a todos lados corriendo o en bicicleta. Sentir el aire en la
cara mientras montaba en bicicleta, el suelo pasar bajo sus pies mientras
corría o volar para hacer un “mate” en un partido de baloncesto, era algo de lo
que disfrutaba más que ninguna otra cosa.
Y cuando no estaba practicando
deporte, dándose largos paseos o bañándose en el mar, disfrutaba de hermosas
veladas románticas con Elvira, su compañera infatigable; aquella que le colmaba
de amor haciendo que su corazón estuviese rebosante de felicidad y a la que él
correspondía del mismo modo. Era cierto que Elvira tenía unos gustos muy
distintos al suyo a la hora de ser feliz. A ella le encantaba comer platos
deliciosos, tomar los mejores licores, vivir en el lujo y la opulencia. Pero
cuando estaban juntos, eso quedaba en un segundo plano. Entonces todo se
olvidaba menos el dar y recibir amor el uno del otro. Aunque había sexo, eso no
era lo más importante de la relación; lo realmente importante para ambos era
sentirse amados y amar.
También estaba su familia y amigos con los que
gustaba pasar largos ratos charlando de cosas banales. Contar historias,
chistes, reír, jugar. Pero, sobre todo, abrazar a sus padres y hermanos durante
interminables horas que siempre se le hacían pocas. Porque allí, en aquél País,
nadie dormía ni necesitaba descansar. Todas las horas del día eran para
disfrutar de lo que a uno le hacía feliz.
Pero nada en la vida es duradero, y
menos la felicidad. Cuando más agusto y feliz se empezaba a encontrar Carlos en
su lejano País, llegaba la maldita hora de despertar para devolverlo a la
realidad de un puñetazo en la mandíbula. El sueño había terminado, comenzaba un
nuevo día de su dura realidad. Esa realidad en la que no podía correr, montar
en bicicleta o jugar al baloncesto, pues lo tenía postrado en cama o una silla
de ruedas. Sin posibilidad de comunicarse con nadie. Dependiendo de lo que
quisieran hacer con él. Incomunicado por completo desde que lo atropelló un
coche cuando tenía dieciocho años. Carlos entendía todo lo que se hablaba y
pasaba a su alrededor, pero no era capaz de hacerse entender. Todos pensaban
que su cerebro había quedado afectado en el accidente, pero no. Quedó afectado
todo su cuerpo pero su mente seguía tan activa como antes de que sucediera.
Su vida, la real, consistía en ver a
sus padres y sus tres hermanos desvivirse por él. Hacer todo lo posible porque
se sintiese cómodo. Porque nada le faltase. Era igual que un muñeco en manos de
un niño. Lo bañaban, duchaban, daban de comer, sacaban de paseo, ponían a mirar
televisión sin saber si eso le entretenía, cambiaban los pañales y acostaban.
Todo esto con gran cariño por parte de toda la familia. Lo que más le dolía era
cuando su madre se sentaba junto a él y lo hablaba, el no poder contestarla lo
mataba. Aquello era peor que una cárcel. El más cruel de los castigos.
Una tarde, sin nada de especial con
respecto al resto de sus tardes, de su vida, Carlos notó que algo extraño
estaba sucediendo a su cuerpo. Por primera vez en veinticinco años sintió que
podía mover sus brazos, sus piernas, su cuerpo. En un primer momento creyó que
estaba en su País, ese tan lejano al que únicamente se puede llegar a través de
los sueños. Pero no, estaba despierto porque veía en televisión a ese grupo de
personas que se pasaban cuatro horas diarias gritando. Sin creer todavía lo que
pasaba, se puso en pie y comenzó a caminar por el salón dando voces de alegría
y gritando a sus padres para que lo viesen, pero ellos parecían ausentes pues
no se estaban dando cuenta de aquel “milagro”. Carlos gritaba mientras se
acercaba al sofá donde sus padres seguían sentados, hipnotizados por el
televisor. Intentó dar un empujón a su madre para que reaccionase y lo viese de
pie, pero sus brazos atravesaron el cuerpo de la mujer que ni siquiera pestañeó.
Extrañado ante todo aquello volvió la vista hacia la silla de ruedas y allí vio
su cuerpo inerte, con los ojos abiertos, pero sin vida en su mirada.
No le hizo falta nada más para saber
que Dios, por fin, había escuchado sus peticiones liberándolo por completo de
aquél cuerpo que, durante tantos años, fue su cárcel y tortura. Le había
concedido el deseo de ser libre y dejar libre a su familia. Lo suyo es que
estuviese triste por dejar el mundo de los vivos, pero era todo lo contrario, y
esperaba que su familia, sobre todo su madre, lo entendiesen así. Ahora
empezaba su verdadera vida. Se marchaba al País de los sueños de forma
definitiva; allí donde no hay dolor, ni pena, ni tristeza.
Pero antes de ir en busca de su
felicidad quería despedirse de su madre. Se sentó a su lado y comenzó a
hablarle al oído con la esperanza de que algo pudiese oír.
-
Por fin soy libre, madre. No quiero que estés triste por mí. Quiero que padre y
tú aprovechéis para disfrutar de todo lo que no habéis podido por estar
cuidándome. Quiero que seáis felices. Yo, desde allí donde voy, os estaré
protegiendo a todos igual que vosotros me habéis protegido estos años. ¡Te
quiero! - Terminó dándole un beso en la mejilla y seguro de que lo había
escuchado porque dos lágrimas recorrían el rostro de su madre.
Preparado para partir hacia su
destino. Un destino lleno de felicidad y libre de su cuerpo físico. Expectante
por lo que le deparaba. Así se encontraba Carlos cuando unas manos le
acariciaron la cara con mucha ternura. Abrió los ojos y vio a su madre. Intentó
abrazarla pero no pudo. Un sueño, eso había sido todo. Pero esta vez no había tenido
lugar en su País. El despertar fue más duro que nunca pues le habían hecho
creer en la liberación que tanto deseaba.
Por primera vez en veinticinco años, dos lágrimas
salieron de sus ojos recorriendo el rostro igual que riachuelos. Su sufrimiento
no había terminado todavía. Al menos aún le quedaba el País lejano al que
únicamente se puede llegar a través de los sueños. No era de gran consuelo en
aquellos momentos, pero sí todo lo que tenía y a lo que podía agarrarse.
© Paco Muñoz

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