jueves, 11 de agosto de 2016

LA TABLA OUIJA

Los cuatro eran hombres divorciados o separados que se conocían casi desde el colegio y que habían decidido alquilar un chalet entre todos, para compartir gastos y evadir la soledad: más por lo segundo que por lo primero.
            El chalet disponía de seis habitaciones grandes, tres cuartos de baño, salón comedor, una amplia cocina y un patio enorme. Era perfecto para la convivencia de los hombres y las de sus respectivos hijos cuando les tocaba tenerlos con ellos; todas las semanas se juntaban los hijos de dos o tres de los hombres, y entre los niños se había creado una amistad que se podía considerar hermandad.
            Juan, Pedro, Mario y David habían conseguido una convivencia perfecta entre ellos y con los hijos de los otros; así como los hijos de cada uno lo pasaban en grande cuando estaban allí porque no les faltaba diversión, juegos, salidas al cine o al campo. Todos juntos y en armonía.
            Eso también tenía sus inconvenientes para los hombres pues debían renunciar a gran parte de intimidad, sobre todo cuando tenían a los niños de los compañeros allí. Pero cada uno solucionaba esas pequeñas pegas como mejor se le ocurría.
            Aquél sábado se había pasado volando ya que ese fin de semana estaban los dos hijos de Pedro: Pedrito y Lucia de ocho y once años respectivamente. También estaban las tres hijas de David: María de trece años, Sofía de diez años y Triana de cinco años, y que al ser la más pequeña de los nueve niños; contando los tres que tenía Juan y la niña de Mario, era la mimada de todos. Por la mañana estuvieron en el parque de tracciones: por la tarde en el cine; y por la noche habían cenado pizza antes de mandar a los niños a la cama y empezar a descansar los padres. Porque, aunque eran hijos de dos de ellos, los otros dos también se apuntaron a las actividades, como solían hacerlo siempre casi siempre, todo en grupo: hoy por mis hijos, mañana por los tuyos. Ese era su lema y les iba muy bien.

            Ahora que los niños estaban acostados y ellos tomando unos combinados al fresco de la noche, en el patio, se encontraban sin nada que hacer para poder distraer al aburrimiento que se abatía ante ellos. Ya habían agotado las conversaciones sobre el día, el deporte y lo que les esperaba en la semana entrante.
Mario propuso jugar una partida de póker, pero el resto no le secundó. Fue Juan quien propuso, medio en broma, usar la tabla de Ouija que su hijo de 16 años, el mayor de los nueve niños, se dejó la semana anterior. A todos les pareció bien la idea de echar unas risas burlándose de los “poderes” que se atribuía a un trozo de madera con unas letras escritas y que servía para ponerse en contacto con fantasmas. A todos no, David se negó en rotundo pues él si creía en esas cosa y no tuvo vergüenza en admitir que le daba reparo. El resto de los hombres se rió de él. De que a su edad tuviese miedo de un juego de niños.
- Haced lo que queráis, pero conmigo no contéis. Yo me voy a acostar ahora mismo si decidís seguir con eso.
- No seas aguafiestas hombre – Le dijo Mario – Si sólo vamos a divertirnos un rato.
- Haced lo que queráis – a David se le notaba nervioso – pero yo no voy a participar.
Dicho esto se levantó de la mesa, dio las buenas noches a sus compañeros y fue camino a su dormitorio mientras Juan lo acompañaba un tramo del camino para buscar la tabla.
- ¿De verdad no quieres divertirte un rato? – preguntó Juan a David mientras se alejaban de los otros dos amigos.
- Sí, quiero divertirme un rato, y más un sábado por la noche. Lo que no quiero es tentar la suerte jugando con esa cosa.
Mientras David se preparaba para acostarse escuchaba a los otros tres preparándose para “invocar a los espíritus” y recordaba el momento en que, de joven, cogió pánico a la Ouija: no era cosa de niños ni supersticiones, él sabía muy bien del poder de aquella cosa y por eso se negó a participar: Una y no más, santo Tomás. Se quedó dormido escuchando las risas de sus compañeros y amigos.

Eran las once de la mañana cuando David despertó ese domingo. Se quedó sorprendido de la hora; nunca dormía hasta tan tarde. Intentó escuchar alguna señal que le indicase que los demás estaban levantados, al menos los niños deberían estar ya jugando en el patio… pero no escuchó el menor ruido y eso le extrañó.
Al salir de su dormitorio, dirección a la cocina, creyó escuchar algo en el salón y se dirigió allí. Al abrir la puerta se encontró con los cinco niños viendo la tele con el volumen muy bajo. Fue María, su hija mayor, quien comenzó a hablar en cuanto lo vio aparecer por la puerta.
- ¡Jo, si que os tuvisteis que acostar tarde anoche papá! Eres el primero al que se ve el pelo esta mañana… ¡Y mira que hora es! – dijo señalando el reloj y con cara de enfado – Nos tenéis muertos de hambre. – los otros cuatro niños asintieron ante aquellas palabras.
- ¡Vale, vale, no me peguéis! Ahora mismo preparo el desayuno.- la contestó David mientras intentaba poner una sonrisa fingida para que los niños no se diesen cuenta de aquella extraña situación y los mandó ir con él a la cocina para ayudarle a poner la mesa y servir los desayunos.
Mientras desayunaba acompañando a los niños no dejaba de dar vueltas al motivo por el que no se había incorporado ninguno de sus compañeros. Es cierto que él nunca se despertaba tan tarde y que los otros se habían acostado después, y por tanto lo normal es que siguieran durmiendo. Pero eso sería normal en otro lado, allí no lo era. Pedro se levantaba siempre muy temprano, se acostase a la hora que se acostase, y más cuando sus hijos estaban en el chalet; siempre se quejaban de lo temprano que les hacía levantarse para poder apurar al máximo los dos días cada dos semanas que tenía para estar con ellos. Y claro, al ruido que formaba, ya obligaba a todos a ponerse en pie.
Cuando hubieron desayunado, lavado los vasos y limpiado la cocina, David mandó a los niños a jugar un poco en el patio aunque ellos regruñeron porque preferían quedarse viendo la tele, a lo que accedió de mala gana pues hacía una mañana perfecta para jugar fuera.

Decidió ir cuarto por cuarto despertando a los vagos de sus amigos, tenían planes antes de entregar a los niños a las madres y se estaba retrasando todo, ya no creía que les diese tiempo a hacer lo que tenían planeado para ese día.
En su recorrido el primer cuarto era el de Juan, llamó a la puerta pero no consiguió respuesta ninguna desde dentro; insistió, pero ésta vez con más fuerzas aunque con los mismos resultados. Sin respuesta. Una de las reglas que se habían puesto era la de no entrar ni abrir nunca el cuarto de otro compañero hasta que este les diera permiso. Pero David estaba empezando a pensar en romper esa regla y entrar ya que no era normal que Juan no le contestase a esas alturas y con los golpes que había dado a la puerta. ¿Le habría pasado algo? Se decidió y abrió la puerta a la vez que lo llamaba… vacío, en el cuarto no había nadie. La cama estaba hecha; eso quería decir que, o se había levantado muy temprano y no estaba en casa, o que no se había acostado todavía. Cualquiera de las respuestas era muy extraña.
El siguiente cuarto era el de Pedro, y los resultados fueron los mismos. Igual que lo fueron en el cuarto de Mario. Ahora sí que estaba empezando a preocuparse David. Era imposible que los tres decidieran salir después de su sesión de Ouija. Y más imposible que no hubieran vuelto ya, sobre todo Pedro. Fue corriendo a su cuarto, cogió el teléfono y marcó en número de Pedro, estaba apagado o fuera de cobertura, según le informaba una voz femenina, lo intentó con los otros dos compañeros: uno de los casos saltó el buzón de voz y en el otro la locución femenina… David estaba empezando a ponerse de los nervios. No sabía que más hacer para localizarles, no tenía ni idea de qué estaba sucediendo… pero, de lo que sí estaba seguro es que algo malo les había sucedido. Sentado en su cama intentando buscar una respuesta lógica a aquella situación fue cuando escuchó un grito que lo hizo votar de la cama y salir corriendo pues había reconocido que era Lucia, la hija mayor de Pedro, la propietaria de ese grito tan intenso.

Al llegar al salón se encontró con la niña padeciendo un ataque de pánico extremo y cómo los otros niños estaban absortos mirando hacia el patio. En cuanto llegó a ellos y pudo ver la escena cerró las cortinas rápidamente y les alejó de la puerta y ventanas que daban al mismo. Aunque ya era tarde y lo habían visto todo, y todos.
- No pasa nada niños – intentó calmarles mientras abrazaba a la pequeña Lucia que era quien peor estaba, quizás llegó a tiempo para que el resto no pudiese ver bien la escena del patio porque no parecían tan asustados. – seguro que os están gastando una broma los muy tontos. Quedaros aquí que los voy a regañar por el susto que han dado a Lucia. María quiero que te encargues, como la mayor de todos, de que ninguno se asome fuera mientras voy a regañarles ¿Me entiendes? – La niña hizo un movimiento de cabeza confirmando que sabía lo que su padre quería de ella en ese momento. – Enseguida vuelvo con los tres de las orejas y os dejaré que les hagáis cosquilla como castigo por en susto que os han dado.

Cuando David estuvo seguro que todo estaba en orden en el salón y María se había adueñado de la situación, dentro de lo que cabría esperar que se hiciese de la situación una niña de trece años, salió al patio cerrando la puerta tras él.
Sentados alrededor de la mesa se encontraban los tres amigos, parecían dormidos si no fuese por la posición tan extraña que tenían sus cuerpos sentados en las sillas. Parecían muñecos de goma dejados allí sin orden ni concierto: una pierna rodeando en cuello a modo de bufanda, un brazo atado a la pierna contraria como el nudo que se hace un niño que está aprendiendo a atarse los cordones, la cabeza puesta en el asiento mientras el cuerpo retorcido se apoyaba en el respaldo de la silla… pero con todo eso, lo peor era las cara de sus tres amigos. Tenían los ojos muy abiertos y a punto de saltar de sus globos oculares y las bocas tan abiertas que sólo era posible si se hubiesen dislocado las mandíbulas… y esa expresión de autentico miedo y dolor. Al mirar a la mesa, vio la tabla. Alguien o algo habían escrito encima de ella con lo que parecía ser sangre aunque ninguno de sus amigos parecía sangrar o haberlo hecho:

Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir sus consecuencias
           
            Aterrado David salió corriendo hacia el chalet para sacar a los niños cuanto antes de allí. Pero al entrar se encontró con que los niños no estaban solos. Una figura espectral se movía con rapidez por todo el salón ante los gritos de miedo de los niños a los cuales fue cogiendo y lanzando contra las paredes y el suelo con una fuerza tal que solo necesitaba lanzarlos una vez para acabar con sus vidas.
Cuando David quiso reaccionar ya era demasiado tarde, los cinco niños yacían muertos por todo el salón y la figura iba a por él. Intentó escapar pero no le dio tiempo. Sintió algo gelatinoso asirle del pie derecho y acto seguido salir lanzado con fuerza contra la puerta de cristal que daba al patio. Cayó de golpe al suelo mientras escuchaba el estruendo de los cristales al romperse. Le dolía todo el cuerpo pero estaba vivo, aunque sabía que por poco tiempo; ya que aquello, fuese lo que fuese, volvería para rematar la faena. Y él deseaba que fuese cuanto antes pues no quería ser el único superviviente de aquello. Pero no hizo falta que lo matase la figura espectral. Un gran trozo de crista cayó sobre él a modo de guillotina partiendo su cuerpo en dos.

David despertó bruscamente empapado en sudor frío y agitando los brazos como si quisiera espantar a algo o alguien de su lado. Cuando fue capaz de reaccionar y estabilizar un poco su cuerpo y su mente se vio rodeado de sus tres compañeros que le miraban asustados mientras le sujetaban los brazos para que no les hiciese daño en alguno de esos guantazos que soltaba al aire.
- ¡Estáis todos bien! – Fue lo primero que pudo hablar al verles - ¡Y los niños, dónde están los niños! ¿Están bien?
- Tranquilo David. Todos estamos bien; los niños también. Y tú estabas teniendo una pesadilla ¡Y de las grandes por lo que se ve!
- ¡Joder! Si que lo ha sido – habló ya algo más tranquilo, pero todavía notando su corazón acelerado – no lo sabéis bien – se abrazó a sus amigos con fuerza – os he visto muertos a todos, incluso a mí.
- ¡Ostia puta! – Soltó Mario – sí que ha sido fuerte esta vez entonces.
- Sí, y todo por vuestra bromita de anoche con la puta tabla de Ouija de los cojones.
- ¿De qué estás hablando? ¿Todavía estás con la pesadilla? – Era Juan quien hablaba ahora con cara de sorpresa y preocupación por su amigo – Anoche estuvimos tomando unos cubatas los cuatro en el patio y luego nos fuimos a acostar ¿No lo recuerdas?
- No, eso no es así. Tu mismo – dijo señalando a Juan – fuiste quien lo propusiste aprovechando que tu hijo se dejó una tabla aquí la semana pasada.
Los tres amigos le miraron extrañados y todos aseguraron que eso debía ser parte de su pesadilla pues pasó lo que dijo Juan. Además le aseguraron que allí nuca había entrado un trasto de ese tipo; y menos traído por el hijo mayor de Juan ya que era la persona más miedosa que conocían.
Cuando vieron que encontraba mejor y más calmado, lo dejaron solo para que se vistiese y bajase a desayunar con todos antes de ir al centro a pasar la mañana con los niños.
Al llegar al patio, donde niños y mayores se encontraban sentados degustando en desayuno, David soltó un suspiro de alivio al ver a sus hijas riendo y sanas. No pudo evitar ir, una por una, abrazándolas y diciendo que las quería mucho. Mientras el resto lo miraba con cara de sorpresa y sin entender nada.

El día se desarrolló con normalidad y de nuevo estaban los cuatro amigos solos en el chalet, después de que los niños hubiesen regresado con sus madres. Se encontraban tomando unas cervezas en el patio antes de cenar. Con la excusa de ir al baño David entró y se dirigió al cuarto donde dormía el hijo de Juan los fines de semana que estaba con ellos. Allí se puso a buscar hasta que, en el cajón de la mesa de escritorio, encontró lo que buscaba… la tabla de Ouija. La sacó, y después de mirarla, la dejó caer al suelo cuando leyó lo que había escrito en ella:
Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir sus consecuencias
Regresó corriendo para pedir explicaciones pero no encontró a nadie en el patio, ni en el salón, ni en la cocina, ni en ninguno de los cuartos… estaba únicamente él en el chalet. Sintió pánico, de nuevo ese fin de semana, y fue corriendo para salir de aquél sitio cuanto antes.
            Al abrir la puerta que comunicaba con la calle se vio rodeado de una luz cegadora que le daba de lleno en los ojos y no permitía que viese nada a la vez que escucha lo que parecía el martillear de armas de fuego listas para ser disparadas y unas voces que ordenaban salir con las manos en alto y sin oponer resistencia. Él continuó camino a la luz sin detenerse y esperando recibir un disparo en cualquier momento, pero nada de eso sucedió. Dejó atrás el foco que lo deslumbraba y se dio media vuelta para ver que estaba pasando.
            No era a él a quién apuntaban los focos y las armas, aunque sí era en dirección al chalet. Un enjambre de policías entraba en tropel al mismo. Al instante empezaron a oírse sirenas de ambulancias llegar, y al personal que venía en ellas salir a la carrera dentro. David estaba tan impresionado que no se dio cuenta de que su presencia había pasado desapercibida a pesar de que cruzó por medio de los agentes. Incluso ahora nadie reparaba en su presencia. Pero él no hizo nada para que le viesen y siguió contemplando la escena, de película, que tenía ante sus ojos.
            A los pocos minutos de entrar, la policía salió con Mario esposado y forcejeando con ellos mientras gritaba; <<Juro por Dios que no he sido yo. Soy incapaz de hacer eso a mis amigos y a los niños. Ha sido el espíritu que despertamos jugando a la Ouija. ¡Lo juro! El los ha matado a todos. No estoy loco. Búsquenlo, todavía debe andar por la casa. Es malo. Ustedes están en peligro también>>. Lo introdujeron en un coche patrulla que arrancó a toda velocidad haciendo sonar la sirena.
            David volvió corriendo a entrar, seguían sin poder verlo, y recorrer todas las estancias del chalet… donde encontró la escena que había soñado la noche anterior: sus amigos muertos en el patio, excepto Mario y los cuerpos de los niños esparcidos sin vida por todo el salón, todo igual menos en una ligera diferencia. En su cuarto estaba él sentado a la mesa del ordenador… pero muerto. Le habían cortado el cuello de oreja a oreja.

            En esos momento fue cuando notó una presencia extraña y fría a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio a Pepe, su compañero de colegio, que murió en extrañas circunstancias hacía veinte años, después de haber realizado una sesión de Ouija que había salido mal, junto a otros amigos, entre los que se encontraba David… y entonces comprendió todo.
Pepe había estado esperando todos aquellos años a que cualquiera de los que estaban presentes el día que murió, o algún allegado a ellos lo hiciese, para vengarse por no ayudarlo cuando suplicaba mientras moría a manos del espíritu de una mujer en aquella sesión maldita.
Se acercó a Pepe, se saludaron y le preguntó por qué había dejado con vida a uno de ellos, a lo que él le contestó <<Alguien tiene que quedar con vida para contar lo sucedido e impedir más muertes>>. 
Después de esto ambos fueron dirección a la tabla Ouija donde los esperaba una puerta de luz en la cual se introdujeron desapareciendo hasta… quién sabe cuando.


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jueves, 16 de junio de 2016

NO ES EL FINAL



NO ES EL FINAL

Amanece un espléndido día de verano en el pequeño pueblo de Fuilal; situado en un entorno privilegiado del país; donde todo el año es primavera y el campo siempre está verde y lleno de hermosas flores. Sus poco más de cuarenta habitantes, y su alejamiento del núcleo de población más cercano hacen de este pueblo un lugar casi único: donde sus habitantes viven con plena tranquilidad; como si estuviesen en otro planeta.
            En Fuilal, no hay cobertura para teléfonos móviles; de hecho, tampoco para los fijos; por lo que está desconectado por completo del mundo. El único modo de acceder al pueblo es por una pista forestal y solamente puede hacerse el recorrido en vehículos todoterreno.
            Pero esto no importa a los habitantes de Fuilal, pues allí no iba nadie, la mayoría personas con más de sesenta años, y sanas como una roca; a excepción de un joven matrimonio y sus dos hijos pequeños que llegaron huyendo de la miseria, el hambre y la perspectiva de tener que dormir en la calle al ser desahuciados de su piso; y allí encontraron una casa donde vivir (cedida por los vecinos), comida y trabajo para los dos: el hombre, Juan, ayudando en el cuidado de los pocos animales que había, y la mujer, Lina, limpiando casas y atendiendo a los mayores de Fuilal.

            La otra excepción es Amparo. Ella llegó sola al pueblo; sin más compañía que tres maletas y mucho miedo. Miedo, pero no al pueblo. Miedo a las personas, a las aglomeraciones, más en concreto. Por eso eligió Fuilal para vivir. Amparo tenía treinta y nueve años; complexión delgada, media melena, ojos negros, guapa sin llegar a ser considerada bella. Su llegada fue inesperada, cómo todas allí.
            Tardó unos días en pasear por el pueblo y entablar conversación con sus nuevos vecinos. Se la notaba tensa y con miedo, pero, a los pocos días ya se había convertido en una más entre ellos… y así fue cómo una tarde, sentada en la terraza de lo que allí denominaban bar y que no era más que el salón de una casa particular donde el dueño vendía licor; contó el por qué de su nueva vida a sus vecino y ya amigos.
Ella era jefe de personal en una empresa de la capital, estaba muy bien reconocida y llevaba un buen nivel de vida ya que ganaba bastante dinero. Todo era de color rosa en su vida: muchas salidas a los mejores lugares de la ciudad, cenas en los más reconocidos restaurantes, fiestas exclusivas… hasta que, de repente, una noche cambió todo.
Se encontraba en el concierto de un famoso grupo internacional de Rock cuando se formó una gran pelea de la que, al intentar escapar, salió con dos graves heridas de arma blanca y pisoteada por la multitud que escapaba presa del pánico. Cinco meses en el hospital y cuando se recuperó y salió… ya no fue capaz de de ir por calles donde hubiese mucha gente, ni entrar en centros comerciales, bares, cines…
Los médicos la diagnosticaron Enoclofobia (miedo a las multitudes) y la recomendaron comenzar un tratamiento a base de sesiones con psicólogos para superarlo: pero la fue imposible. Por ese motivo decidió abandonar la capital y recluirse en un pueblo pequeño y aislado donde poder llevar una vida, más o menos, relajada: no quería volver a saber nada de ciudades, multitudes o cosas parecidas… y así fue como llegó a Fuilal.

Ahora la vida de Amparo pasa entre paseos por el pueblo, lectura, TV, siestas y largas charlas al fresco con sus nuevos vecinos. Su único contacto con el exterior es a través de Internet: para eso utiliza la antena parabólica de su casa ya que se conecta a través de satélite, único modo de hacerlo allí. Pero es raro porque no consigue acceder a webs de noticias, ni de correos electrónicos. Únicamente a webs de entretenimiento en las que no puede escribir un comentario. Pero eso le bastaba para lo que quería entretenerse un poco.
Ahora se encuentra en uno de sus paseos para ver el amanecer, respirando el aire puro de las montañas. Está un poco apartada del pueblo, pero allí no hay miedo… el mayor peligro que se corre es que te salga al paso alguna cabra y te asuste. Camina despacio contemplando el paisaje, como cada día. Mira la posición del sol, allí no hacen falta relojes, y decide que es hora de regresar para desayunar donde Manolo, el dueño de la casa-bar del pueblo.
Hoy no tiene ganas de desandar lo mucho que ha andado con lo que decide acortar el camino atravesando por mitad del campo. Es verdad que la han avisado que debe tener cuidado de los muchos pozos abandonados y sin señalizar que hay a las afueras de Fuilal, pero no se acuerda de eso y de repente encuentra que al dar un paso no encuentra tierra bajo sus pies y cae con fuerza en uno de ellos.
Intenta ponerse de pie pero siente un fuerte dolor en la rodilla derecha, así como en las costillas. Nota que algo le moja la cabeza y al pasar la mano por ella descubre que es sangre, tiene una brecha por encima de la ceja derecha. El miedo se apodera de ella y comienza a gritar con tantas fuerzas de las que es capaz… silencio. No se oye nada excepto el comienzo del canto de los pájaros y el balido de alguna cabra a lo lejos, pero nada más. Vuelve a gritar pero el resultado es el mismo.
Se detiene para pensar un poco pero es peor porque sabe que los vecinos pocas, por no decir ninguna, veces se alejan tanto del pueblo en sus paseos. Su esperanza es que la echen de menos donde Manolo, vayan a su casa a ver si está bien, y al ver que no está empiecen a buscarla. Sabe que eso no va a pasar porque no todos los días va a desayunar a la casa-bar y hay días que no sale de su casa ni para ir a por el pan a casa de la Lucia (panadería-ultramarinos oficial y única del pueblo).
Mira a su alrededor con la esperanza de ver alguna raíz a la que agarrarse y salir del pozo… pero la suerte vuelve a serla esquiva. El pozo es estrecho, por lo que intenta subir escalando sujetando su cuerpo a una pared y sus pernas en otra, pero el fuerte dolor en la rodilla se lo impide. Además se queda pronto sin aire a causa del dolor en las costillas.
Cuando se recupera un poco vuelve a gritar con todas las fuerzas de la que es capaz y la parece oír ladrar a un perro. Su cara se alegra y vuelve a gritar hasta que oye al perro ladrando justo encima de ella. Es “Almirante”, el perro de Juan y Lina. << ¡Bien! Si está Almirante, cerca debe andar Juan porque este perro no se separa nunca más de diez metros de su amo>>, piensa Amparo… y lleva toda la razón. A los pocos segundos escucha la voz de Juan preguntando si se encuentra bien y diciendo que se tranquilice que va a sacarla de allí. En esos momentos se siente relajada por la suerte que ha tenido y se deja caer en un sueño mientras espera a que su “salvador” acuda con algo con que sacarla de allí.

Siente como sus fuerzas y su espíritu se van junto a la sangre que brota de todo su cuerpo. Poco a poco se sume en un placentero sueño mientras escucha unos cánticos, casi hipnóticos, cada vez más lejanos.

Comienza a sentir unos ligeros golpes en la cara mientras escucha su nombre como en la lejanía. Los golpes son cada vez más fuertes a la vez que escucha su nombre más cerca… hasta que despierta sobresaltada.
Se da cuenta que está en su casa, rodeada de casi todas las mujeres del pueblo.
- ¿Qué…? ¿Qué ha pasado? – Consigue sacar las palabras para preguntar.
- Tranquila cielo, estás bien. – Quien habla es Juani, la mujer del dueño de la casa-bar - ¿No te acuerdas que caíste en un pozo? – Amparo asiente con la cabeza ya más relajada. – Juan te encontró, por suerte, y te trajo al pueblo. Has tenido un fuerte golpe en la cabeza que nos hizo llamar al médico ya que tenías convulsiones y habías perdido mucha sangre, además de que tienes un pequeño esguince en la rodilla. Pero entre todas te hemos cuidado y ya veo que te estás recuperando ¿Quieres beber algo?
- Sí, por favor. Tengo la boca seca. – Cuando hubo bebido un poco de agua fresca que le trajo Juani, preguntó - ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
- Un par de días.- Quien contesta es Adela; la vecina que vive más cerca de ella y que también se encuentra allí.- Pero te hemos estado cuidando entre todas las mujeres y me alegra verte despierta cielo.

Han pasado tres días desde que Amparo despertó y es la primera vez que se encuentra solo en casa. Todo el pueblo has sido muy amable durante este tiempo y se siente feliz por encontrar un lugar como Fuilal para vivir. Es un verdadero refugio de los que ya no quedan, o quedan muy pocos, en la tierra.
De lo que más gana tiene es darse un buen baño, pues no se ha bañado en los días de convalecencia. Las mujeres preparaban agua caliente y la lavaban cada día, no dejaban que se levantarse ni para ir a hacer sus necesidades. Ahora, en el cuarto de baño, sola, piensa disfrutar de un largo y relajante baño.
Se quita el pijama y queda desnuda. Se mira en el espejo antes de meterse en la bañera <<Estoy hecha una mierda. Parezco un zombi de lo blanca y demacrada que me veo >> va pensando mientras repasa el estrago que ha causado la caída y los días de cama en su cuerpo. El baño la sienta tan bien que decide salir a tomar el aire y, de paso, una cerveza en la casa-bar.

Cuando abre la puerta de casa, para salir, se da cuenta que no hay nada a su alrededor: ni las otras casas del pueblo, ni ninguna persona. ¡Sólo un gran vacío!.. ¡Ha desaparecido todo y todos!... lo único que alcanza a ver, mire donde mire, es un blanco intenso que le hace daño y tiene que entornar los ojos para poder seguir mirando… ¡De repente!... siente un fuerte dolor en el pecho; como si se lo estuviesen golpeando don una maza… según se va haciendo más fuerte el dolor del pecho, el blanco intenso va desapareciendo. En su lugar ve grises claros que se van tornando más oscuros hasta convertirse en un negro absoluto.

<<¡La tenemos! ¡Ha vuelto el ritmo cardiaco! ¡Se estabiliza!>> Amparo escucha todo aquello cómo si fuese algo lejano y ajeno a ella. No comprende nada, se siente aturdida y asustada. No puede abrir los ojos, le pesan mucho, pero ha dejado de escuchar esas voces. Ahora sólo hay silencio y tranquilidad. Nota una mano agarrar la suya; es una mano suave, cálida, temblorosa. Tiene la sensación de saber quien es la dueña de esa mano… hace un esfuerzo por abrir los ojos: ha acertado, es la mano de su madre que se encuentra sentada a su lado llorando.
- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? – consigue sacar esas palabras fuera, con la fuerza de un leve susurro mientra contempla cómo su madre la mira; y lo que eran lágrimas se empiezan a convertir en una leve sonrisa.
- ¡Hija mía, estás viva! – dice la madre a gritos mientras se levanta de la silla y la abraza. – Creía que no volvería a verte con vida nunca más. Voy a llamar a la enfermera para que venga.
- Espera mamá.- dice ella sin dejar de susurrar ya que no tiene fuerza para otra cosa. – Cuéntame dónde estoy y qué ha pasado antes de llamar a nadie ¡Por favor!
- Hubo una explosión de gas en tú bloque hija.- La madre habla ente sollozos y con hipidos de emoción.- Se te cayó encima todo el techo de comedor y hemos temido por tu vida. ¡¡Hija has estado dos veces muy cerca de dejarnos!! – La madre se derrumbó al decir eso y comenzó a llorar un rato hasta que pudo controlarse y seguir hablando – Dios ha querido que no sea así y vuelvas con nosotros aunque sea…- Se detuvo en seco como arrepintiéndose de esas últimas palabras.
- Aunque sea ¡¡cómo, mamá!! – Ahora la voz de Amparo sonó un poco más fuerte.- ¡Contesta!
- Deja eso para cuando estés más recuperada hija. Ya te lo dirán los doctores cuando crean que estás preparada.
- ¡NOOOOOOOOOOOOO! – El grito que salió de la boca de Amparo, no sólo asusto a su madre, también a ella.- Cuéntame todo ahora mismo. Te lo ruego, te lo suplico, te lo imploro.
- Está bien hija.- La madre no sabía cómo escapar de aquella situación y decidió contarle la verdad.- Fue tanto el daño que te hizo el techo al caerte encima que no podrás volver a mover ninguna extremidad de tu cuerpo de cuello para abajo. Pero estás viva y nosotros cuidaremos de ti siempre.
- Eso no es verdad, no es cierto. Debo estar soñando. Quiero despertar en mi cama de Fuilal. Quiero volver allí con mis vecinos.
La madre, a verla cada vez más nerviosa y enloquecida decidió dar por finalizada la conversación y salió corriendo en busca de las enfermeras y médicos mientras Amparo seguía diciendo incoherencias.
- Juan, lina, Manolo, Lucia, Anselmo, Juani, Adela… ¡Venid a rescatarme. Sacadme de esta pesadilla. ¡Quiero estar con vosotros! – Gritaba cada vez más fuerte con la esperanza de que la escuchasen y acudiesen a su recate como cuando cayó al pozo.

Cuando llegaron las enfermeras a la habitación de Amparo la encontraron en parada cardiaca. Enseguida se pusieron a intentar reanimarla mientras llegaban los médicos, que estuvieron casi una hora intentando recuperarla otra vez: ahora sin éxito.
Amparo murió, pero en su rostro se reflejaba alegría, felicidad y un brillo especial en sus ojos sin vida.

- Manolo pon otra ronda de ese vino tan bueno que guardas para las grandes ocasiones…- Era Amparo quien hablaba sentada en las mesas de la calle; rodeada de todos sus vecinos, ya no tenía miedo a las multitudes; aunque aquella no fuese muy grande. Estaban celebrando que ella había decidido quedarse a vivir para siempre en el pueblo.- y ven a tomarte una copa con nosotros ¡Anda! Que te vas a hacer rico a nuestra costa. - Todos rieron y siguió la fiesta.
  

© Paco Muñoz Hidalgo.

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miércoles, 1 de junio de 2016

DÍA DE FIESTA

Los niños de: once meses, dos y cuatro años, estaban ya despiertos. Y fue el mayor quien entró corriendo en el cuarto de sus padres y saltó encima de ellos con una sonrisa en su cara.
- ¿Qué es este bicho que se nos ha metido en la cama, Lucia? – Dijo en padre.
- No lo sé Pedro pero me da mucho miedo. Hazle cosquillas a ver si se asusta y se va.
- Yo solo no. Tú también tienes que ayudarme porque es muy grande.
Los padres se pusieron a hacer cosquillas y jugar con el niño que no paraba de reír y decir que no era ningún bicho. La niña, de dos años, entró también en el cuarto y se quedo mirando lo que pasaba. Hasta que su madre la cogió, subió a la cama y empezaron a jugar y reír los cuatro; hasta que el llanto de la más pequeña hizo que Lucia se levantase para ir a por ella, quedando los dos pequeños jugando con su padre un rato más.
Así despertó ese domingo la familia: entre alegría y felicidad. Desayunaron y los padres se pusieron a bañar y vestir a los niños porque habían quedado en la casa de los abuelos para pasar el día y celebrar el cumpleaños de la abuela.

La jornada se presentaba formidable, con un sol espléndido, y calor de primavera, cuando Lucia y Pedro montaron a los niños en el coche. Sentaron en sus sillitas a los dos mayores. Lucia iba también en la parte trasera con la pequeña acostada en el capazo de su silla. Partieron entre risas y la algarabía de los niños cada vez que montaban en el coche.
La casa de los abuelos estaba a unos cincuenta kilómetros y era una parcela donde habían construido una pequeña casa y el resto del terreno lo dedicaron a césped y juegos para sus ocho nietos, el mayor de solo siete años. Eran felices cada vez que conseguían congregar a toda la familia. Disfrutaban de sus hijos; pero más viendo jugar a sus nietos en el patio o haciendo tonterías a los más pequeños. Para ellos este día iba a ser toda una bendición.

Pedro y Lucia se encontraban ya a mitad de camino, con el coche rebosando alegría: su gran sueño era el de formar una familia numerosa y no dejarían la cosa en tres hijos. Ambos adoraban a los niños y por eso querían tener lo máximo que Dios los diera.
A la niña de dos años se le cayó su juguete al suelo y empezó a llorar. Por más que Lucia intentaba calmarla, sus llantos iban en aumento. Pedro, a instancias de su mujer, soltó una mano del volante para intentar buscar a tientas el juguete, pero no lograba dar con el. Dio media vuelta a su cabeza para poder comprobar si veía el juguete y cogerlo. Al segundo de hacer esto el coche daba trompos por la carretera sin control y de repente todo fue silencio.

Pedro despertó en la cama del hospital con gran parte de su cuerpo dolorido y enyesado. Tardó unos segundos en ver a su madre sentada en una butaca con los ojos hinchados y llorando… Entonces recordó que tenía que estar buscando el juguete de su hija y no en una cama de hospital. Llamó entre susurros a su madre que lo miró y fue veloz a su lado intentando abrazarlo entre tanto lío de tubos y aparatos que Pedro tenía en su cuerpo.
- ¿Qué ha pasado madre? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde esta Lucia y los niño?
La madre solo lo miraba con cara de tristeza infinita mientras le decía que se calmara hasta que los médicos le viesen. Y dicho eso salió de la estancia para avisar que su hijo había despertado; después de tres meses en coma.
La recuperación de Pedro, desde que despertó, fue rápida y muy favorable. Pero ya llevaba una semana y seguía sin conseguir saber nada de su mujer e hijos: por más que preguntaba. Todo eran evasivas y cambio de conversación. Le visitaron sus hermanos, familiares y hasta amigos, pero nadie le decía nada de su mujer ni de los niños.
Pedro no era tonto y sabía que algo muy malo había pasado. Un día se plantó en la visita del médico y le dijo que contase donde estaba Lucia y sus hijos o se volvería loco y haría polvo el hospital.
El médico, después de pensarlo unos segundos, dijo a los internos y enfermeras que saliesen de allí. Había llegado el momento de contarle todo, ya se encontraba con fuerzas para que la noticia no volviera a poner su vida en peligro y era mejor que se enterase.
- Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Ese espantoso y doloroso grito llegó al último lugar del hospital cuando el médico le dijo a Pedro los meses que había estado en coma; que sus tres hijos habían muerto en el accidente; y que su mujer estaba en coma desde entonces, con graves secuelas en el cerebro que no la permitirían nunca salir del mismo.

Desde entonces Pedro no volvió a ser la misma persona. Siempre llorando y sin ganas de seguir con vida. Y, encima, no le permitían visitar a su mujer hasta que no estuviese más recuperado. Por ella, y solo por ella, aceptó el tratamiento psicológico y psiquiátrico que le propusieron los médicos. Aunque por dentro seguía roto de dolor; de cara a todo el mundo Pedro mejoró tanto que decidieron llegado el momento de darle el alta del hospital.
Cuando salía, después de muchos meses en aquella habitación, preguntó si podían llevarle a ver a su mujer antes de irse a casa, <<así me ahorro un viaje>>, comentó al celador que le llevaba en la silla de ruedas. Este le dijo que se lo preguntaría al doctor antes. Le dejó en una esquina y fue a la consulta a preguntar volviendo con un sí como respuesta.
Cuando llegaron a la habitación de su mujer Pedro pidió al celador que le dejase solo con su esposa unos minutos a lo que éste hizo un gesto afirmativo y salió cerrando la puerta tras él.
Se levantó de la silla y pudo ver a alguien en la cama que se parecía a su mujer, pero que no lo era. Solo era un cuerpo enganchado a un montón de máquinas que lo mantenían con vida. Acercó su mano a la de ella y al cogérsela, notó el frío helador de su mujer, la besó una y otra vez. Pidiéndola perdón, entre lágrimas, por lo sucedido. <<No tenía que haber apartado la vista de la carretera, todo es culpa mía y nunca me lo voy a perdonar. >>
Las lágrimas de Pedro rodaban por las frías manos de su amada… Y fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no volvería a ver a sus hijos en esta vida y a su mujer tampoco sabía cuanto tiempo la vería así antes de que marchase a cuidar de ellos y le dejaran solo: no quería vivir sin ellos.
Fue cuestión de segundos; tomo la decisión y la ejecutó, sin más, no sin antes dar un beso en los labios a su esposa y murmurar un simple, nos vemos en un rato….

La pradera era enorme y el césped inundaba todo lo que sus vistas alcanzaban. Hacía una ligera brisa que contrarrestaba el calor del sol haciendo que la temperatura fuese ideal para que Pedro retozara con sus hijos mayores en la hierba; Lucia daba de comer a la pequeña de la familia mientras los miraba y reía viéndolos disfrutar, hasta que se unió a ellos en el juego dejando a la pequeña queriendo levantarse y empezar a dar sus primeros pasos.
Los dos padres se miraron orgullosos y se dieron un beso. Todo era felicidad y armonía.
Por fin volvía a estar la familia unida y feliz……


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miércoles, 25 de mayo de 2016

LA NUEVA FAMILIA

Roberto estaba encantado con su nuevo piso; aunque toda la familia y amigos le habían aconsejado no comprarlo. Era cierto que allí habían matado a un matrimonio y su hija pequeña hacía poco más de dos años: fue un intento de robo frustrado; mataron al matrimonio para que no pudiesen reconocerles, y a la niña, de tres meses, porque la madre la tenía en brazos cuando le dispararon.
Pero de eso a pensar que los espíritus de la familia seguían estando en aquél piso y que por las noche todavía se los oía hablar y a la niña llorar, como decían todos en el barrio, iba un trecho muy grande, y más para alguien como Roberto; él no creía en todas esas cosas de fantasmas, reencarnación y supercherías similares: Él únicamente sabía de números.
Y, gracias a las creencias populares, se había hecho propietario de un piso con doscientos metros cuadrados: cuatro habitaciones, dos baños y una terraza de treinta metros cuadrados… y todo por el módico precio de sesenta mil euros cuando, en condiciones normales; por tamaño y zona donde estaba ubicado, no hubiese podido comprarlo ni en sueños.

En la semana que llevaba viviendo allí a los únicos que escuchó hablar eran sus amigos; los pocos que se atrevieron a visitarlo, pues la gran mayoría, familiares incluidos, no habían pisado el piso. Y lo más parecido a un llanto fue su amante ocasional cuando llegó al orgasmo, por lo demás; ni un solo ruido fuera de lo normal en los pisos  donde las paredes parecían de papel y podías escuchar por la noche hasta el pedo que se tiraba el vecino.
Estaba encantado con su adquisición y se reía de la suerte que tuvo al conseguirla tan barata. <<Gracias queridos ignorantes. Creyentes de espíritus, demonios, almas en pena y demás tonterías. Vosotros me habéis regalado este excelente piso. ¡Seguid con vuestras burdas tonterías mientras yo disfruto del mejor piso del barrio!>> pensaba mientras se reía a carcajadas esa noche; la primera en la que no había organizado una fiesta, ni llevado a ninguna mujer: quería descansar un poco; el cuerpo le pedía una noche de relax.
Después de una cena ligera; pedida por teléfono a un chino, ya que lo suyo no era la cocina, y ver una peli en su pantalla de cincuenta pulgadas, otra ventaja de tener un salón tan grande; decidió acostarse ya que tenía que madrugar. No tardó nada en caer en brazos de Morfeo.

Un golpe fuerte y sordo lo despertó; más bien lo hizo botar en la cama y quedarse un rato escuchando para intentar averiguar su procedencia. Miró al despertador que marcaba las 2:46 horas, llevaba tres horas dormido. No volvió a escuchar nada y pensó que habría sido algún vecino por lo que volvió a tumbarse y quedar dormido.
Otro golpe volvió a despertarle; ésta vez más fuerte, parecía que había sido en su propio dormitorio: el despertador marcaba las 3:05 horas. Encendió la luz y se puso a mirar hacia todos lados… nada, todo tal y como debía estar. <<¡¡Joder!! ¡¡Vaya nochecita!! A ver si me dejan dormir tranquilo de una vez>> Volvió a apagar la luz y disponerse a dormir cuando comenzó a escuchar a dos personas hablando; pero no despacio como era de esperar a aquellas horas, no; hablaban con un tono de voz normal.
Eso terminó de crispar los nervios de Roberto; se levantó he intentó averiguar quienes eran los que hablaban así a aquellas horas: Iba a ir a su piso y quitarles las ganas de volver a hacerlo. Puso atención para saber de donde venía la conversación y se quedó asombrado al intuir que era de su propio salón. Aunque eso era imposible ya que estaba solo; por lo que pensó que vendría del rellano de la escalera: alguna pareja que se estaba despidiendo, seguro, pues se disponía a hacer menos agradable la despedida.

Con paso firme salió del dormitorio en dirección a la puerta de entrada, con intención de armar bronca, pues estaba de muy mala leche ya. Mientras caminaba por el pasillo, dirección al salón (desde donde se accedía a la puerta de entrada) las voces se iban haciendo más audibles y se podía escuchar la conversación; cosa que lo hizo detenerse en seco y escuchar lo que se decían: definitivamente era la voz de un hombre y una mujer.
- No podemos hacer nada cariño – decía la mujer como queriendo tranquilizar a su interlocutor.
- ¡Claro que podemos! – respondió la voz masculina; una voz que parecía de alguien bastante enfadado.- Ese hombre ha entrado en nuestra casa y se ha apoderado de ella. Duerme en nuestro cuarto. Hace fiestas en nuestro salón y despierta a la niña cada dos por tres.
- Lo sé mi amor.- la mujer seguía intentando aplacar el cada vez mayor enfado del hombre.- A mí también me gustaría volver a estar los tres solos.
Roberto se asomó al salón con cuidado y al mirar en su interior se encontró a una pareja sentada en el sofá hablando.
- ¿Quién hay ahí? – Gritó – He llamado a la policía, así que más os vale salir corriendo.
Al escucharlo la pareja desapareció como por arte de magia. Entonces entró en el salón, no sin algo de miedo, y comprobó que allí no había nadie. Todo se encontraba tal y cómo lo dejó antes de acostarse: la lata de cerveza y el plato encima de la mesa y los envoltorios de comida tirados por el suelo. Nada hacía indicar que alguien hubiera estado allí; nada salvo el hecho de que él vio perfectamente al hombre y la mujer.
<< Me debe haber sentado mal la cena. Mira que siempre digo que nunca más voy  pedir comida china para cenar>>. Se volvió sobre sus pasos para regresar al dormitorio con la esperanza de que esa fuese la última vez que se despertase aquella noche.
            Pero a mitad de camino le pareció escuchar el llanto de un niño pequeño proveniente de una de las habitaciones. Se dirigió hacia ella, y al abrir la puerta… se encontró con una cuna donde una niña, de unos tres o cuatro meses, lloraba y pateaba sin parar. Roberto empezó a restregarse los ojos, para comprobar si lo que estaba viendo y oyendo era real, y cuando terminó y los volvió a abrir… se encontró con una habitación vacía, como debía estar, y no se escuchaba un solo ruido.

            Un poco enfadado consigo mismo, se encaminó de nuevo a su dormitorio, deseando quedarse dormido cuanto antes y jurando que ésta sí era la última vez que pedía comida china para cenar.
            Al entrar vio al hombre y la mujer del salón tumbados en la cama con la niña en medio de los dos. Su primer pensamiento fue el de salir corriendo de allí inmediatamente; y es lo que habría hecho si la puerta no se hubiese cerrado de golpe a sus espaldas, y si hubiese podido abrirla; pero le resultó imposible, era como si hubiesen cerrado desde fuera con algún cerrojo, por más fuerza que ponía la puerta no se abría ni un milímetro. Mientras, a su espalda, escuchaba cómo se reía la pareja viendo sus esfuerzos por salir de allí.
            Decidió echarle valor y darse la vuelta; hacer frente a lo que fuese que estaba en su cama. Al hacerlo la pareja dejó de reír y se quedaron mirando a Roberto antes de que el hombre comenzase a hablar en tono enfadado.
            - ¿No sabes que este es nuestro piso? ¿Qué estás invadiendo la intimidad de una familia?
            - Y tú… vosotros – sin saber el motivo Roberto estaba gritando; quizás con la esperanza de despertar al vecino de al lado y que este aporreara la pared y ese fuese el conjuro para deshacerse de aquella pesadilla: porque pensaba que todo se trataba de eso, una simple y puñetera pesadilla.- ¿No sabéis que éste es ahora MÍ piso, no el vuestro, quienes quiera que seáis? Porque si sois la familia a la que mataron, lo siento mucho pero este no es ya vuestro sitio.
            La pareja comenzó a levitar por el dormitorio con movimientos rápidos: rodeando a Roberto mientras este intentaba zafarse de ellos moviendo los brazos y manos de modo convulsivo; como si estuviese espantando moscas.
            En un momento dado, la pareja se detuvo en seco frente a Roberto; quedando caras contra cara. Unas caras que ahora eran borrosas, con extrañas muescas allí donde debían estar las caras; y unos horripilantes puntos de sangre en lugar de ojos.
            Las dos almas: hombre y mujer, se lanzaron directos a Roberto; al que solo le dio tiempo a lanzar un grito antes de sentir, dentro de su cuerpo, cómo se movían aquellas cosas produciendo un gran dolor en cada milímetro de su piel; en esos momentos cayó al suelo: derrotado.
           
            El despertador sonó a las 6:00 horas. Roberto se despertó sobresaltado y empapado en sudor. Se incorporó e intentó ubicarse; estaba en su cuarto, en su habitación, en su cama. Empezó a tocarse por todo el cuerpo pero no le dolía nada, al revés, se sentía mucho mejor que nunca; parecía haber tenido un sueño reparador, aunque no era eso lo que recordaba. << ¡La madre que me parió! ¡Menuda pesadilla! Como alguien me vuelva a hablar una sola vez de fantasmas, le meto una ostia que lo mando a Marte antes que la Nasa. >> pensó mientras se levantaba e iba al baño para darse una ducha.
            Listo para marchar a trabajar, y más tranquilo ya, se para salir… pero no pudo abrir la puerta que se negaba a abrirse por más fuerza que hacía. Un extraño miedo comenzó a apoderarse de él; temblaba y sudaba del mismo modo que cuando despertó hacía un rato. Se detuvo unos segundos e intentó relajarse; entonces se dio cuenta de que la llave seguía echada y un golpe de risa se apoderó de él: << ¡Serás imbecil! >>. Ahora la puerta si se abrió sin problemas; pero Roberto no fue a parar al rellano, como era normal que pasase: se encontró de pronto en un cuarto donde su familia lloraba desconsolada; al igual que amigos y conocidos permanecían en un silencio completo mientras miraban algo que había detrás de unos cristales.
            Nadie parecía haber notado su presencia. Se acercó a su amigo Juan para preguntar qué pasaba; aunque estaba frente a él, lo hablaba y su brazo tocaba en hombro de su amigo, este ni se inmutó; parecía no verle, no sentir su contacto. Lo intentó con tres personas más: el mismo resultado. Aquello comenzaba a darle miedo, mucho miedo… así que se propuso descubrir lo que había detrás de aquellos cristales sin ayuda de nadie. Según avanzaba se detuvo al escuchar la voz de su madre entre llantos:
            - Se lo dijimos. Le avisamos que no era buena idea comprar ese piso… ¡pero tan cabezota como siempre!, no hizo caso. Lo único que le importaba era lo barato y grande. “No pasa nada. Allí el único fantasma que va ha habitar soy yo” decía riéndose.
            - No se torture madre.- Era su hermana Carla quien hablaba mientras no dejaba de abrazar a la madre.- Ya le dijeron lo médicos y el informe forense que fue un infarto al corazón.
            - Pe… pero esa cara, esa cara es de alguien que…- La madre no pudo seguir hablando ya que el llanto se apoderó por completo de ella.
            Roberto quiso hablar con su hermana; pero obtuvo el mismo resultado que con sus amigos, así que siguió caminando hacia el cristal. Y al mirar detrás de ellos se vio a él mismo metido en un ataúd: vestido con un traje que no recordaba tener. Su cara era blanca como la nieve y, aún con los ojos cerrados, dejaba ver los rasgos de alguien que habían muerto a causa de un gran miedo o dolor repentino; o quizá, las dos cosas a la vez.

No pudo soportar verse allí metido durante mucho tiempo y salió corriendo; abrió la puerta por la que había entrado en aquel velatorio… y se encontró de nuevo en su piso donde todo se encontraba tranquilo. Se metió en la cama sin ser capaz de digerir lo que acababa de ver e intentó conciliar el sueño, pero el llanto de una niña en la habitación de al lado se lo impidió.

Dicen los vecinos del piso que por las noches se suele escuchar a dos hombres y una mujer; hablando cual si estuviesen jugando, o comentando algún partido de fútbol o película: mientras una niña pequeña llora en otra habitación.

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martes, 17 de mayo de 2016

EL VALOR DE UNA MUJER

Federica trabajaba en el servicio de limpieza de una empresa de ocho de la tarde a tres de la madrugada. Eso la permitía estar todo el día con sus dos hijos: Amancio de dos años y Vanesa de cuatro.
            Por las noches era la madre de Federica la encargada de cuidarlos. Jacinta, la madre de Federica, vivía con ellos; más bien eran ellos quienes vivían con Jacinta desde que Federica abandonase a su marido tras la última paliza que casi la dejó sin vista en el ojo derecho.
Ahora él estaba en libertad provisional, hasta que se celebrase el juicio, y tenía una orden de alejamiento que lo impedía acercarse a menos quinientos metros de su mujer e hijos. Pero se había quedado a vivir en su piso de siempre ya que no disponía de familiares ni recursos para vivir en otro lugar; trabajaba de seguridad en la misma empresa que su mujer y fue despedido en cuanto los jefes se enteraron de que era un maltratador. <Mala imagen para la empresa>, le dijeron.
Por lo que habían tenido que ser Federica y los niños quienes se fuesen, ya que ella tenía a su madre viviendo en el pueblo vecino. Y además, lo prefería así porque ¿Quién mejor que la abuela para cuidar de los niños mientras ella trabajaba?; aunque eso supusiese tener que conducir cada día cincuenta kilómetros para ir y venir a trabajar.

Aquella tarde, cuando aparcó para entrar a trabajar, la pareció ver a Amancio, su todavía marido aunque ya había comenzado los trámites del divorcio, tras unos setos. Eso la asustó un poco pues le tenía miedo; mucho miedo. Al salir del coche miró por todos lados, alerta, por si volvía a verlo, pero no fue así. De todas maneras caminó alerta los escasos cincuenta metros que separaban su coche de la puerta de entrada al trabajo. Al llegar preguntó al de seguridad si había estado allí Amancio. O si lo había visto rondar por el parking o la calle; pero el vigilante no lo había visto desde que le despidieran. Aunque aseguró a Federica que tendría los ojos abiertos por si le viese y avisaría al compañero de noche para que hiciese lo mismo y la acompañase hasta el coche cuando ella saliese de trabajar, cosa que le agradeció mucho y fue más tranquila a cambiarse para comenzar una nueva jornada.
La jornada transcurría normal, como cualquier día. Pero algo la inquietaba; la hacía estar intranquila. Las horas parecían pasar más lentas que de costumbre. Era como si algo en su interior la estuviese mandando una señal de peligro. Tres veces llamó a casa de su madre en dos horas para preguntar si todo iba bien; y todo marchaba de maravilla por allí. No sabía porqué pero ver a Amancio allí, no tenía dudas que era él aunque fuese la única que lo vio, alteró sus nervios. Lo conocía bastante bien y sabía que no estaría muy contento con el cambio que dio su vida cuando ella lo denunció después de seis años de maltrato; sabía que no se quedaría de brazos cruzados esperando el juicio o los papeles del divorcio. Muchas eran las veces que la había dicho en esos seis años que: < Como se te ocurra denunciarme o marcharte, no pararé hasta que te vea muerta. A mí me arruinarás la vida, pero no vivirás para disfrutarlo > Y le conocía bastante como para saber que no hablaba en broma.
A pesar de la orden de alejamiento, Federica seguía teniéndolo mucho miedo. Y vivía cada día pensando en lo que estaría preparando para llevar a cabo su amenaza. Ante su madre, sus amigos, sus hijos y sus conocidos hacía ver que estaba bien y era feliz de estar alejada de Amancio. Pero en su interior siempre se encontraba en guardia y con miedo: Aquella noche más que de costumbre. Tenía el presentimiento de que debía volver a casa de su madre cuanto antes; por ello fingió estar enferma y se marchó del trabajo a las diez de la noche.

Tal cómo le había prometido el de seguridad, su compañero comentó que no había visto a Amancio en el rato que llevaba trabajando y se ofreció a acompañarla hasta el coche; cosa que ella agradeció sinceramente pues temía que la interceptase su marido en tan corto recorrido. Una vez dentro arrancó y dio las gracias al de seguridad antes de partir camino a casa. Cuando paró en el Stop, para incorporarse a la carretera, notó como algo la pinchaba en el costado derecho y al mirar vio una mano sujetando un cuchillo. De repente se vio con la boca tapada por otra mano y por el espejo retrovisor la cara de Amancio.
- No hagas nada raro o te mato aquí mismo – La voz de su marido intentaba ser calmada – Te voy a soltar la boca. Vas a arrancar como si no pasase nada y ya te diré donde vamos en cuanto nos alejemos un poco de aquí. ¿Has entendido?
Federica contestó afirmativamente con la cabeza. Amancio quitó su mano de la boca de ella, y con un gesto, la indicó que siguiese. De lo nerviosa que estaba casi se le para el coche. El cuchillo seguía en el mismo lugar; lo notaba en su piel a través de la camiseta de verano que llevaba puesta.
- ¡Que quieres! – Lo gritó, más por los nervios que por valor.
- A mi no me levantes la voz. – Contestó él como si estuviese teniendo una amigable conversación con ella. – O te clavo esto hasta que note el tope del cuchillo en tu carne.
- Perdón. No quería gritarte, son los nervios. ¿Qué quieres? – Volvió a preguntar pero esta vez haciendo un gran esfuerzo por parecer tranquila. Pensó que hablarle con dulzura podría ser mejor para ella que enfadarlo más de lo que seguro estaba.
- De momento quiero que conduzcas hasta casa de tu madre – Federica comenzó a temblar más y el miedo se fue convirtiendo en pánico según lo oía hablar. – Allí la llamas por teléfono y le dices que saque a los niños al coche… y cuando estén dentro sigues conduciendo. Y no intentes nada raro porque ya he perdido todo y me han dicho que en la cárcel no se vive tan mal. ¡Entendido!
Un sí con la cabeza fue todo lo que acertó a decir Federica ante aquella aterradora propuesta de su marido. <Bien está que me quiera matar a mí, pero no voy a permitir que les haga nada a los niños. Antes me mato y lo mato estrellando el coche contra un árbol. ¡Juro por Dios que lo hago! Piensa Fede (Así era como la llamaba todo el mundo para abreviar). Tienes que hacer algo antes de llegar a casa de madre. No permitas que los niños se suban al coche con este loco. Luego será más difícil intentar algo para escapar. ¡Vamos! ¡Piensa algo idiota!>.
Y entonces fue cuando se la ocurrió. Sacó el teléfono con cuidado, le lo puso entre las piernas y, muy nerviosa fue capaz de marcar el número de su madre sin que su marido se diese cuenta. Sólo esperaba que Amancio no se hubiese dado cuenta de la luz del teléfono y que no se escuchase la voz al otro lado cuando contestase. Por suerte no pasó ninguna de las dos cosas y cuando se aseguró que alguien estaba al otro lado de la línea, comenzó a hablar.
- Amancio por favor, no hagas nada a los niños. Yo llamaré a mi madre para que los baje al coche. Haré todo lo posible para que ella no se acerque ni se extrañe. Luego iré contigo y los niños donde quieras. Pero te ruego por Dios que no les hagas nada.
- ¿Quién te crees que soy? ¿Un puto sicópata asesino? – La voz de Amancio sonaba ahora enfadada. – Lo único que quiero es marcharme lejos de aquí con vosotros, mi familia, y comenzar de nuevo.

Jacinta estaba a punto de colgar el teléfono cuando comenzó a escuchar hablar a su hija con Amancio y comprender lo que pasaba. Colgó rápido y entre nervios logró llamar al 112 y explicar todo a la persona que la atendía. Se la hizo eterno los cinco minutos que tardó en explicar todo a su interlocutora: Los malos tratos, la orden de alejamiento y la inquietante llamada de su hija.
Desde el otro lado intentaban tranquilizarla mientras ponían los hechos en conocimiento de la Guardia Civil, que era la encargada de actuar en el pueblo. Antes de que colgase el teléfono llamaron a la puerta de casa. Era una patrulla que ya se había personado allí. Esta vez no hizo falta que contase nada pues la Guardia Civil conocía muy bien en caso de su hija.

Mientras tanto el coche estaba cada vez más cerca del pueblo y Federica solo tenía en mente la esperanza de que su madre hubiese escuchado algo; que pudiese haber avisado. Que los estuviese esperando la Guardia Civil al entrar al pueblo y la sacasen de aquél infierno. Pero tomó el desvío y allí no había ningún coche con luces ni nada que hiciese pensar que la iban a liberar antes de que sus pequeños montaran en el coche. Eso la desanimó e hizo que comenzase a planear otra cosa. Pero era difícil pensar con tu maltratador sentado detrás y un cuchillo pinchándote en el costado.
Se acercaban a la calle donde vivía con su madre y sus hijos; ni un solo coche de la Guardia civil; ni siquiera el de los municipales que a esas horas solía estar aparcado en la plaza. < Que raro, no está el coche de los municipales. A lo mejor mi madre sí ha escuchado y están colaborando con los civiles. ¡Que va! El coche no está aquí porque se lo habrá llevado el Sebas, como suele hacer algunas noches, para sus asuntos personales. Ya veo que estoy sola en esto y llegando a casa. ¡Piensa Fede, piensa! >.
Pero nada se la ocurrió en tan poco tiempo como había desde la plaza a la calle donde vivía y que ya había encarado. Al llegar a la altura de la casa de su madre Amancio la hizo señas para que detuviese el vehículo; lo que ella hizo al instante. Pero, para sorpresa de su marido, ella intentó abrir la puesta y saltar; y consiguió abrir, pero no salir. Se había olvidado que llevaba puesto el cinturón de seguridad hasta el momento en que intentó salir y este se lo impidió; dejándola clavada en el asiento. Amancio, recuperado pronto del susto inicial, la dio un bofetón desde atrás y presionó un poco más el arma contra la carne de su mujer.
- ¡Vaya, vaya! Con que intentando escapar ¿Eh? – su tono, que comenzó siendo de susto, se fue tornando duro y enfadado. – Eres inútil hasta para eso Fede. Espero que sea la última tontería que se te ocurre hacer, si es que quieres vivir para ver crecer a nuestros hijos. Ahora llama a tu madre y dile que saque a los niños. Pero que vengan ellos solos al coche. ¡VAMOS!
Fede tomó el teléfono con pavor a realizar esa llamada. La llamada que podría suponer meter a sus hijos en aquél infierno. Pero no tenía otro remedio. Marcó y esperó.

- Eres una pesada, hija. Los niños están ya acostados y bien. Así que quédate tranquila y termina de trabajar relajada.- Aunque la voz de Jacinta pretendía ser lo más normal posible, no podía evitar que la temblase un poco ya que todo su cuerpo estaba temblando mientras contestaba a su hija delante de dos agentes de la benemérita.- Yo voy a ver la tele un rato antes de acostarme.
- ¡Mamá, mamá! – Ella también intentaba ser lo más normal posible en su tono de voz. – No te llamo por eso. Es que hoy he terminado antes y me gustaría llevar a los niños a dar una vuelta para que vean los fuegos artificiales de Bablanca (Pueblo cercano en el que estaban de celebraciones por las fiestas patronales).
- Pero si ya están acostados y seguro que dormidos ¿Cómo quieres que los saque ahora de la cama? ¡Tú estás loca!
- Tienes razón mamá. No sé en qué estaría yo pensando. Aparco y estoy en casa en cinco minutos.

Dicho esto Federica colgó ante la incredulidad de su madre y los agentes allí presentes y los ojos inyectados en sangre de su marido que presionó un poco más el arma contra ella. Ahora sí, notó como el cuchillo penetraba un poco en su cuerpo mientras Amancio hacía un esfuerzo por contenerse y no clavárselo del todo.
- ¡Que coño acabas de hacer! ¡Tu quieres morir ahora mismo! – Amancio hablaba a gritos – Vuelve a llamar a tu madre o te mato aquí mismo.
- Mátame si quieres. – La voz de Federica era tranquila; como la de una persona que ha tomado una decisión y está tan segura de ella que se permite relajarse.- Pero no te vas a quedar con mis hijos ¡Desgraciado! Ya he sufrido mucho a contigo y no pienso seguir haciéndolo más. Prefiero estar muerta a tener que pasar un segundo más con miedo a tu lado. Y mis hijos tampoco tendrán que sufrirte porque vas a estar en la cárcel, esa donde dices que se vive tan bien. Ahora eli…
Federica no pudo terminar la frase porque sintió cómo de golpe se clavaba en ella el enorme cuchillo que la había estado pinchando aquella noche. Notó la sangre salir a borbotones de su cuerpo a la vez que se quedaba sin fuerzas y los ojos se le iban cerrando. El último pensamiento que tuvo, antes de caer en la oscuridad absoluta, fue el de cinco horas antes; viendo jugar a sus hijos en el parque, felices, mientras ella los miraba con la cara de orgullo que solo una madre puede tener a ver la felicidad de unos hijos.

Desde que Federica colgase a su madre, la cosa fue muy rápida pues los guardias sabían que era cuestión de segundo que Amancio hiciese algo contra ella. En un abrir y cerrar de ojos salieron de entre los coches cercanos seis agente corriendo en dirección al coche, golpearon los cristales de las ventanas para aprovechar el factor sorpresa, y esos pocos segundos que les daría, para abrir las puertas e interceptar a Amancio. Esperaban que, con suerte, no le diese tiempo para hacer nada a su esposa.
Pero llegaron únicamente unos segundos tarde; cuando tuvieron a Amancio neutralizado se dieron cuenta de la sangre que manaba del cuerpo de Federica. Enseguida la sacaron del coche e intentaron taponar la herida haciendo presión sobre ella con la chaqueta de uno de ellos. Por suerte tenían avisada a una ambulancia con su correspondiente equipo médico por si algo salía mal, como había salido, y en un minuto ya la estaban atendiendo en el suelo. Pero la herida era muy profunda y no había manera de parar la hemorragia.

Dos meses después la plaza del pueblo estaba abarrotada de vecinos y forasteros que se habían enterado de la noticia por medio de la prensa. Jamás se había visto la plaza tan llega como estaba esa tarde. Todo el mundo pendiente a que se abriese el balcón del ayuntamiento, expectantes.
En esos momentos se abrió la puerta que daba acceso al balcón y todo el ruido de voces cesó de forma repentina. Nadie hablaba. Todos miraban en aquella dirección.
La primera en salir fue Jacinta junto a sus dos nietos. La gente seguía en silencio, expectante.
A los pocos segundo asomó al balcón Federica; y la plaza estalló en un aplauso atronador ante su vecina más famosa y valiente: Aquella que estuvo muy cerca de la muerte por proteger a sus hijos de un marido maltratador, de una vida incierta. Aquella que luchó; como solo saben luchar los que saben que dejan mucho por hacer en esta vida. Y había conseguido vivir, aunque fueron algunas las veces que la dieron por muerta.
Allí estaba, recuperada por completo, Federica; recibiendo el homenaje de su pueblo por su valentía al hacer frente a Amancio y por haber ganado la pelea contra la muerte. Ella saludó y mandó besos a todos los allí presentes antes de coger a sus dos hijos en brazos y abandonar el balcón para dirigirse a casa junto con ellos y su madre para comenzar una nueva vida. Una vida llena de esperanzas e ilusiones donde no había cabida para el miedo o el dolor.

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jueves, 12 de mayo de 2016

ENCUENTRO FORTUITO

A sus 45 años Iván había conseguido todo lo que quería. Muchos no comprendían su filosofía pero eso le importaba más bien poco; por no decir nada.
            No es que tuviese tanto dinero como para permitirse no volver a trabajar nunca más; para nada. De hecho tenía un trabajo “normalito”, con un sueldo “normalito”; pero que le dejaba mucho tiempo libre para disfrutar de la vida. De trabajar para vivir, y no vivir para trabajar.
            Nada lo ataba a un lugar o cuidad en concreto; pues nada tenía. Vivía de alquiler en un pequeño piso de poco más de treinta metros cuadrados; de los cuales le sobraban la mitad. Usaba siempre un pequeño coche; que también era de alquiler por meses. Nada tenía suyo salvo la libertad de saber que nada lo ataba a un determinado sitio o lugar. Una sensación que pocas personas podían tener; la de sentirse libre de todo y todos.
En tiempos tuvo una novia con la cual se sentía bien; y creía que feliz, hasta que ella quiso dar un paso más en la relación. Ese fue el momento en que Iván decidió cortar la relación; apreciaba demasiado su libertad. No quería ataduras de ninguna clase ni nadie que invadiese su espacio por más de dos o tres horas al día.

Era feliz viviendo de esta manera. La soledad; el precio que debía pagar por ello, pero era un precio tan pequeño en comparación con los beneficios que obtenía que no le importaba lo más mínimo.
Sólo en situaciones puntuales: como la de sentarse a tomar un refresco en una terraza abarrotada, echaba en falta la compañía de otra persona. Pero no porque la necesitase de verdad, no, sino por la cara de los camareros al verlo ocupar una mesa él solo, mientras grupos de personas se tenían que marchar porque no tenían donde sentarse. Cosa que le estaba sucediendo esa noche calurosa de agosto sentado en una de las muchas terrazas de la Plaza de Santa Ana.
Desde detrás y asustándolo, le llegó una voz femenina: << ¿Puedo sentarme con usted en la mesa? >>. Iván volvió la mirada y se encontró con una mujer un poco más joven que él: pelo negro largo y alborotado, mirada hundida detrás de unas gafas de pasta; cara de alguien que en su mejor momento debió ser muy guapa, pero que ahora estaba demacrada por una vida que no debe ser muy buena: vestida con una vieja camiseta, un raído pantalón de chándal y una viejas y rotas zapatillas de deporte. Era una de las muchas mujeres y hombres que, aprovechando la multitud de gente en las terrazas de la plaza, se dedicaban a ir pidiendo de mesa en mesa con la esperanza de poder sacar algo de dinero con el que comprar una dosis de droga.
Algo mosqueado, ante tan extraña petición, Iván tardo unos segundos en reaccionar hasta que accedió a que la mujer se sentase con un gesto de su mano y sin dejar de mirarla. Ella tomó asiento ante la mirada de desprecio de las personas de las mesas cercanas. Las cuales enseguida pusieron a salvo todas sus pertenencias. La mujer les miraba con aire triste mientras Iván sintió un poco de rabia hacia aquellas personas que juzgaban antes de conocer. Aunque pensado bien, era normal esa reacción ya que él mismo se había asegurado, de forma totalmente automática y mecánica de poner la cartera y el móvil a buen recaudo mientras ella se sentaba. Y ahora que se daba cuenta de ello.
No es que le hiciera mucha gracia tener sentada a su mesa a aquella extraña; sólo lo hizo para dejar que los camareros viesen a alguien más allí sentado y dejasen de echar esas miradas “asesinas” sobre él. No tardó uno de ellos en acercarse a la mesa para ver si quería tomar algo la recién llegada. Iván tampoco tenía pensado invitarla a tomar algo; pero ya no quedaba más remedio.
- ¿Qué quiere tomar? – Preguntó a la mujer que permanecía en silencio. Ella hizo un gesto negativo con la cabeza – Sí mujer, toma algo, te invito.
- Bueno. Si no es mucho pedir y aprovecharme de usted… - Hablaba con un susurro. Parecía temerosa a soltar las palabras, y siempre con la mirada hacia la mesa – Tengo más hambre que sed. ¿Puedo pedir un bocadillo?
 - Pida lo que apetezca, invito encantado.
La mujer pidió un montado de lomo y una cerveza sin alcohol ante la atenta mirada de Iván que creyó reconocer ese rostro; esos ojos que ahora miraba bien por primera vez desde que ella se sentó; y ese dulce y relajante tono de voz. << Yo te conozco de algo, lo sé. Tus “pintas” me dicen que eres una vagabunda o drogadicta; o las dos cosas a la vez; o quizás una puta barata de las que tanto rondan por estas calles aledañas; o las tres cosas a la vez. Pero tu forma de mirar y hablar; esa educación que emanas: eso me dice que en algún momento de tu vida fuiste una mujer elegante. Seguro que con buen trabajo. Y me resultas conocida. Aunque ahora no soy capaz de ubicarte. >> Esperó a que marchase el camarero a por el pedido antes de comenzar a entablar conversación con ella.
- Me llamo Iván. ¿Y tú?
- Si no lo recuerdas, prefiero quedar en anonimato – contestó ella con ese mismo tono de voz casi susurrante. – Siempre que no te importe.
- Eso quiere decir que me conoces; que nos conocemos. – añadió Iván, algo extrañado con su respuesta, a la vez que ponía más atención a la mujer; a la vez que su mente empezaba a buscar en el rincón de los recuerdos olvidados con el propósito de intentar localizar el nombre que darle a aquella mujer.
Mientras, ella comenzó a dar cuenta del montado que acababa de traer el camarero y que le resultaba, en aquellos momentos, el manjar más rico del mundo.

Eva si le reconoció en cuanto lo vio, desde lo lejos, sentado en aquella mesa; solo, como siempre.
Era él, Iván. Aquel hombre con quien en su otra vida: aquella en la que tenía un buen trabajo como secretaria; un piso con hipoteca; una vida feliz y despreocupada; en aquella casi olvidada vida, había tenido una relación amorosa. O ella al menos la había tenido. Él le dio la patada cuando Eva propuso subir de nivel la relación. Y desde ese momento su vida había ido de mal en peor.
Lo amaba tanto que la ruptura, tan drástica como inesperada, con que la obsequió Iván fue un golpe tan duro que acabó con ella como persona. Su debacle resultó tan rápida que en poco tiempo se encontraba sin trabajo, sin familia y sin amigos; meses después, sin casa por impago. Todo a raíz de la profunda depresión en la que se vio inmersa y el descubrimiento, casual pero maldito, de la heroína: esa amiga que le daba la paz necesaria para olvidar y volar lejos de los problemas.
Cinco años habían pasado de aquello. Ahora vivía en la calle; alguna noche, con suerte, en el alberge municipal. Pidiendo por la zona más turística de Madrid para poder pagar su dosis diaria; que cada vez debía ser más grande para hacerla el mismo efecto. Y, alguna que otra vez, vendiendo su cuerpo por quince míseros euros a algún anciano o borracho: eso solo lo hacía cuando la necesidad apremiaba mucho y no había conseguido el dinero suficiente pidiendo.
Sin pensarlo fue directa hacia él y le pidió permiso para sentarse en su mesa. Para sorpresa de Eva la dejó sentarse, e incluso, la había invitado a tomar algo: pensaba que la rechazaría como sería lo normal al verla con ese aspecto. Pero no la reconocía y eso dolió un poquito. Aunque no era de extrañar pues ni ella se reconocía cuando se miraba en algún espejo o escaparate.

Ahora; sentada a su lado, mientras comía el montado, Eva discutía con ella misma sobre si decirle quien era en realidad, o dejarlo con la duda y pensando que había hecho la obra de caridad mensual al invitar a un montado a una drogadicta desconocida.
Pero se daba cuenta a la vez de que seguía muy enamorada de él. No había podido olvidarlo en todos esos años ¡Y ahí lo tenía! ¡A menos de un metro! Su colonia seguía siendo la misma; y pensó que todo lo demás también, que nada había cambiado en Iván en ese tiempo.
Cuando terminó de comer, levantó la vista hacia él. La miraba pero como si no fuese a ella. Estaba absorto en sus pensamientos: quizá intentando recordar su nombre. Seguro que si fuese con el pelo limpio y cortado a lo garçon, con su traje de falda y los zapatos de tacón, se acordaría de ella al momento. Pero así le iba a resultar muy difícil, y aprovechó esa pequeña ventaja para entablar conversación.

No pensaba Iván que aquella mujer, a la que seguía sin poder poner nombre, pudiese tener una conversación tan amena y fluida sobre cualquier tema que él quisiese tocar. Y eso le hizo invitarla a otra cerveza; y otra, y otra, mientras hablaban cordialmente. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan a gusto en compañía de otra persona.
Tan a gusto que pensó, incluso, en invitarla a pasar la noche juntos; a pesar de que sabía lo arriesgado de aquello ya que la mujer le había confesado que era adicta a la heroína: posibilidad de que le robase; posibilidad, y grande, de que le contagiase alguna enfermedad de transmisión sexual. Eso le hizo replantearse la invitación y desecharla por completo: tenía más problemas que beneficios.
Pero según pasaba la noche, y las copas, en aquella terraza, los contras se fueron haciendo más pequeños; mientras el pro, pues solo había uno; ganaba terreno. Tanto terreno terminó ganando, sexo salvaje, que terminó por hacerse con la partida en la cabeza de un Iván bastante “perjudicado” por el alcohol a esas alturas.
Y se lo propuso… y ella aceptó.

Cuando Eva despertó esa mañana, se encontró con que estaba sola en la cama: pensó que Iván estaría en el baño, por lo que se dio media vuelta para aprovechar mejor la oportunidad de estar acostada en un sitio tan cómodo y blandito; en comparación de las camas del alberge y del propio suelo de la ciudad.
Allí tumbada comenzó a recordar la noche de amor y sexo de la que acababa de disfrutar junto a Iván. Una noche mágica, mejor de lo que había soñado desde que él la dejase y ella comenzase a pensar cómo sería su reencuentro: porque estaba segura de que iba a suceder mas tarde o temprano. Volvió a excitarse solo pensando lo sucedido esa noche. Pero algo hizo que el momento se empañase un poco; Iván no había sido capaz de recordarla. << No pasa nada. En cuanto salga del baño le diré quien soy >>
Tardaba mucho en salir y ella decidió ir para darle una sorpresa. Pero no lo encontró en el baño, ni en la cocina, ni en ninguna parte del pequeño piso. En su lugar había un sobre encima de la mesa de la cocina: No abrir hasta que estés fuera del piso.  
Eso no es lo que ella esperaba, pero se dio cuenta de la hora y pensó que no le quedó más remedio que ir a trabajar. Y se sintió alagada porque le hubiese dado confianza para dormir en su casa hasta que quisiese; sin miedo a encontrársela desvalijada a su regreso. Aprovechó que estaba sola para darse un largo y placentero baño; hacía siglos que no disfrutaba de uno ya que lo máximo que conseguía era una ducha de diez minutos, y eso cuando tenía suerte. Así que lo disfrutó hasta que el agua comenzó a quedarse fría. Al ir a vestirse comprobó sorprendida que su andrajosa vestimenta se encontraba lavada y doblada en una silla. Fue a prepararse un desayuno antes de marcharse y volvió a encontrar el sobre. Aunque se prometió cumplir sus deseos, no pudo aguantar más, soltó la taza de café y las magdalenas en la mesa; para coger la carta y abrirla. Lo primero que vio fueron los cien euros en billetes de veinte y eso la enfadó pensando que Iván hubiese creído pasar la noche con una puta. Pero antes de enfadarse del todo decidió leer el contenido del sobre mientras iba dando pequeños tragos de café y grandes mordiscos de magdalenas:

Hola Eva:
Como ves, sé perfectamente tu nombre; te reconocí en el mismo momento en que me pediste permiso para sentarte conmigo. Por eso te dejé hacerlo y no te mandé a la mierda que era lo que se esperaba en aquella situación.
Sé de ti por terceras personas. Lamento mucho ser el culpable de tu actual situación. Pero no me arrepiento de lo que hice en su momento; lo volvería a hacer, porque ya lo he hecho con otras mujeres. Sabes que no soy hombre de ataduras.
Te dejo cien euros porque seguro que te levantas con la necesidad de inyectarte esa mierda. Pero no quiero volver a saber nada más de tu persona en mi vida. Lo de anoche fue genial, una de las mejores noche de sexo que he tenido en los últimos tiempos: pero solo eso, una noche de sexo. ¡Sólo espero que no tengas nada que me hayas infectado!... pero si lo has hecho, es porque yo tenía ganas de jugar a la ruleta rusa una vez en mi vida, para salir de la monotonía. Y tú me has servido de pistola; ahora tengo que esperar para ver que no has hecho las veces de bala.
Que todo te vaya bien y olvídate de mí.

Estas palabras escritas de puño y letra por Iván fueron como puñaladas en pleno corazón de Eva; un gran jarro de agua fría. Ella, que ya estaba haciendo planes para desintoxicarse y volver a intentar conquistar a su amor. No podía ser cierto lo que acababa de leer, no. Algo cierto había; ya empezaba a notar los temblores que indicaban que se le estaba pasando el efecto del “chute” que se había metido poco antes de verle en la terraza. Necesitaba salir a comprar cuanto antes. Pero esas palabras se las tendría que decir Iván a la cara. No pensaba moverse de allí hasta que regresase y la dijese eso que había escrito, pero mirándola a los ojos.
Llamó por el teléfono fijo del piso a una amiga que estuvo conforme con ir a por el dinero y comprarla una dosis a cambio de dinero para conseguir la suya propia. Y sobre el único sillón que habían en el cuarto de la tele del piso; se prepasó su “pico” y se lo inyectó. Cayendo en ese fabuloso mundo que solo se alcanza al notar como va entrando el veneno en su cuerpo: un mundo donde flota en una nube de algodón y se olvida de esta vida. Pero hoy era distinto; el veneno quemaba más de lo normal y su efecto era demoledoramente bueno. << No sé donde habrá comprado “La jurado” esta mierda, pero es muy buena >> Pensaba mientras iba cayendo en el sopor conocido y deseado por ella cada vez que se pinchaba.

Despertó cuando escucho las llaves en la cerradura. De un salto se puso a esconder todas las pruebas de lo que había hecho; y así la pilló Iván cuando cerró la puerta.
- ¿Qué coño haces todavía aquí? – Preguntó con evidente tono de enfado. - ¡Y encima te has drogado aquí!
- Yo… Bueno… - Eva no sabía donde meterse por ser descubierta habiéndose drogado allí. Pero se recompuso al recordar el motivo por el que permanecía en el piso y habló calmadamente; como solo lo hace un drogadicto aún bajo el fuerte “subidón” de la heroína.- No quería marcharme sin que me dijeses a la cara lo que has escrito en esa carta.
- Creo que está todo muy claro – el tono de voz de Iván era cada vez más fuerte y su enfado mayor ante aquella situación. – Tenía que haberte echado de casa antes de irme. Pero tonto de mí, pensé que agradecerías un baño caliente y un buen desayuno. Pero mira, – Su tono ahora era sarcástico – al menos no me he encontrado el piso desvalijado. Algo bueno al menos. – volvió a su tono enfadado. – Ahora mismo coge tus cosa y vete de aquí – la agarró con fuerza del brazo derecho mientras la empujaba hacia la puerta con rabia – y no vuelvas más. ¿Me oyes?
El pánico se apoderó de Eva según hablaba él. Cada vez más alto y más enfadado. Eso hizo, que de forma refleja, sacase de la mochila un viejo y mellado cuchillo que tenía para defenderse y que más de una vez la sacó de un apuro. Cuando Iván le agarró el brazo pensó que iba a pegarla; y sin darse cuenta, como un acto instintivo de defensa; se volvió hacia él empuñando el cuchillo y comenzó a atacarlo compulsivamente. Notaba el cuchillo clavarse una y otra vez en el cuerpo del hombre.
Escuchaba sus gritos; primero de sorpresa, después de dolor. Pero no podía dejar de clavarlo una y otra vez en el cuerpo. Ni después de tenerlo tumbado en el suelo pudo parar. Y se detuvo únicamente cuando el arma se clavó en el suelo de madera. Ese fue el momento en que sintió como un “chip” en su mente que la hizo parar y darse cuenta de lo que acababa de hacer. Había matado a Iván. Y no sabía si por el miedo a que la hiciese daño; o por venganza por todo lo que él la había robado el día que decidió romper su relación hacía cinco años: O quizás, por todo ello junto.

Dejó el cuerpo de Iván tendido en el suelo y salió corriendo de allí; y siguió corriendo por la calle a pesar del tremendo calor; y continuó corriendo mientras atravesaba el parque donde los niños jugaban ajenos a lo que acababa de suceder. Y corrió hasta que llegó al lugar donde le vendían las drogas.
Sólo allí se detuvo para comprar dos dosis con el dinero que la quedaba de lo que Iván le había dejado en el sobre. Se fue debajo del puente del diablo, así es como llamaban al puente donde todos iban a consumir la droga recién comprada.
Al ir a prepararse el “chute” se dio cuenta que no llevaba consigo la mochila donde guardaba todo lo necesario. Así que pidió prestadas las herramientas y la jeringuilla a una chica que terminaba de usarlas.
Al principio únicamente tenía intención de meterse una dosis y dejar la otra para la noche. Pero al recordar lo que había hecho, decidió poner las dos, a ver si con un poco de suerte podía poner fin también a su vida.
Y tuvo suerte… Esa suerte que le resultara tan esquiva durante sus últimos años de vida, la acompañó en aquel momento. Se quedó plácidamente dormida con la jeringuilla colgando del brazo izquierdo. No la dio tiempo a disfrutar de su último “viaje”.

© Paco Muñoz Hidalgo.
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