martes, 14 de febrero de 2017

La Estrella


LA ESTRELLA 

Una simple llamada, en un día normal hasta ese momento, rondando el atardecer, puede hacer cambial las vidas de cualquier familia de un modo tan brusco que resulta difícil asumir en un primer momento. 
Eso fue lo que sucedió a Manuel aquél 14 de febrero cuando descolgó el teléfono al ver el nombre de Juani, con su hermosa sonrisa, en la pantalla. Ella creía que estaba en la oficina, pero en realidad se encontraba gestionando los últimos detalles para la sorpresa que pensaba dale aquella noche. Se reía al pensar en la cara de Juani por la mañana cuando se hizo el despistado mientras desayunaban para que pensase que no recordaba el día que era, y lo había conseguido a tenor de la brusquedad con que su mujer de despidió de él antes de salir para el trabajo. Pero no fue su dulce voz la que escuchó al otro lado de la línea, sino la de un hombre que decía se policía. 

Desde aquella llamada todo se precipitó y cambió, no sólo en la vida de Manuel, en la familia. La muerte de Juani en un accidente de tráfico resultó un duro golpe que la vida daba a todos los que la querían y apreciaban. Para Manuel los días que siguieron a la noticia pasaron  como si se tratase de algo que no iba con él, ni una lágrima recorrió su cara; ni cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su mujer en el hospital, ni cuando fue a la aseguradora para arreglar todo el tema del entierro, (incineración en el caso de Juani, porque ella siempre decía que cuando muriese no quería estar atrapada dentro de una caja, quería volar libre donde el viento llevase sus cenizas). Para Manuel, aquella persona que se encontraba en una caja en la sala número quince del tanatorio no era su mujer, o quería creer que no lo era. Que aquella urna, con unas cenizas, no era todo lo que quedaba de su amada. Era igual que ver una película en ese estado en que uno no se encuentra despierto ni dormido.  
Sólo tenía un pensamiento en la cabeza aquellos días, su hija Marta, que tenía cinco años y estaba ajena a todo aquello en casa de unos amigos de la familia. ¿Cómo le iba a decir que su madre no volvería nunca? ¿Qué ya no la bañaría por las noches? ¿Qué no la contaría el cuento antes de quedarse dormida? ¿Qué no volvería a besarla y abrazarla?. Aquello era lo que lo hacía llorar, sólo aquello. 

Días después de la incineración, Manuel sí que se empezó a dar cuenta del verdadero alcance de la muerte de Juani y cada segundo que pasaba le costaba más asumirlo. Tumbado en el sitio de ella, se sentía incapaz de moverse de allí, todavía no había tenido el valor para hablar con su hija, no sabía como decirle que su madre estaba muerta y le atormentaba el momento de tener que hacerlo. Escuchó como se abría la puerta del dormitorio, levantó un poco la cabeza para decir a su madre, que era quien se estaba ocupando de la niña y de él, que lo dejase tranquilo. Pero no era su madre quien entró. Marta se acercó a la cama despacio, intentando no hacer ruido, y se quedó mirando a su padre antes de subir a la cama, darle un beso y quitarle las lágrimas con sus pequeñas manitas. 

-Papi, ¿Porqué estás llorando? ¿Es porque no está mami? - Manuel miraba a su hija sin saber qué decir. La niña lo miraba con esos ojos de alegría que a su edad nunca se pierden, o jamás se deberían perder, mientras le daba besos y abrazaba. 
-Si mi niña, es porque mami no está con nosotros - contestó intentando frenar las lágrimas. 
-¡Va! Por eso no llores – La sorpresa del padre se hizo patente en el rostro al escuchar a su hija hablar tan alegremente, bendita inocencia. - Mami va a venir en cuanto encuentre mi estrella.   
-¿Tu estrella? - preguntó asombrado. 
-Sí, mami se ha ido al cielo a buscar la estrella más bonita de todas para traérmela¿No te acuerdas que siempre me decía que cualquier día me traería la estrella más bonita del cielo?- Le preguntó la niña con esa cara de enfado que siempre sacaba una sonrisa a sus padres - Pues la primera noche que dormí en casa de Pablo porque tú estabas trabajando, cuando vino mami a contarme el cuento, me dijo que se marchaba un tiempo para traerme la estrella ¡La más bonita de todas, para ponerla en mi habitación - Dijo riendo. - Pero que no me preocupe ni ponga triste porque no va a ser fácil y tardará mucho en volver y que mientras está buscando  nos ve y nos protege como una ¡Supermamá!. ¡Se me olvidaba!... mami me dijo que tampoco estuvieses triste porque eso la hará enfadar ¡Y ya sabes como se enfada! - terminó de decir mientras agitaba las manos 

Manuel estaba asombrado escuchando hablar a su hija tan tranquilla y alegre. Pero sobre todo porque cuando la niña decía que Juani le contó todo eso ella ya llevaba unas horas muerta. Dicen que los niños tienen un algo especial para ver cosas que los mayores no pueden. Y por la seguridad con que su hija le hablaba no dudó en que algo de verdad debía haber, o al menos eso quiso pensar. Abrazó a su hija lo más fuerte que pudo y comenzó a besarla sin poder dejar de llorar.  
-¡Me haces daño papi! Y estás llorando. 
-No lloro, es que se me ha metido algo en el ojo.- Dijo mientras se secaba las lágrimas e intentaba mostrar una sonrisa a su pequeña.- Vamos a hacer una cosa. 
-¿Qué papi? 
-Trae el cuento que más te guste. Te lo leeré y esta noche dormirás conmigo ¿Quieres? 
-Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Bien! 

La niña fue corriendo al salón para decir a la abuela que su padre la iba a leer un cuento y la dejaba dormir con él esa noche. Antes de que la abuela pudiese responder, Marta ya corría a su cuarto donde cogió su cuento favorito para salir rauda a la cama de sus padres donde se tumbó y espero a que Manuel comenzase la lectura. 

Al cabo de un rato de lectura, tanto niña como padre se quedaron dormidos plácidamente. Juani observaba a los dos amores de su vida desde el otro extremo de la habitación con una mezcla de tristeza y felicidad en su cara: Tristeza porque no volvería a disfrutar de ellos. Felicidad porque estaba segura de que ambos se apoyarían y se adorarían a lo largo de la vida. Ya se encargaría ella de que fuese así desde allí donde marchaba. 
Se acercó a la cama, besó a Marta en la frente, a Manuel le dio el último beso de amor y se marchó contenta por haber podido despedirse de ellos. 

© Paco Hidalgo
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miércoles, 8 de febrero de 2017

La última cita


LA ÚLTIMA CITA

Era la primera vez, en sus cuarenta y siete años de edad, en la que Marie había hecho una locura como aquella. Y ahora empezaba a estar intranquila y algo asustada mientras su amigo iba camino de casa a tener un encuentro con ella.
Es cierto que ella era quien había entablado conversación con aquel desconocido a través del Messenger de Facebook. También lo era que fue ella, en un acto de locura, sólo atribuible a la soledad que sentía y necesitaba alejar, quien comenzó a calentar la charla con el desconocido, al que había pedido amistad unos segundos antes, hablando de temas muy personales. Ella fue quien lo convenció para hacer aquella cita en su casa y le dio la dirección… Pero empezaba a arrepentirse de todo aquello.
No podía llamarlo para suspender la cita, desconocía su número de teléfono. O quizás no quisiese hacerlo en el fondo, pues sabía que podía ponerse en contacto con él por el Messeger y anular todo. Pero la emoción a lo desconocido y la adrenalina podían más que ella, ya que mientras pensaba en cambiar de opinión se había duchado y ahora se estaba poniendo lo más sexy posible para recibir, de un momento a otro, a su amigo desconocido. Puede que en parte se debiese a que, después de quedar, había estado mirando su perfil y la gustó lo que allí vió y leyó. El hombre parecía buena gente por las cosas que escribía y los comentarios cariñosos que dejaba la gente lo seguía. Inspiraba tranquilidad y buena armonía. De todas maneras, Marie había llamado a una amiga para comunicarle lo que estaba a punto de hacer, quien era su cita y que si no la mandaba un whatsapp antes de las diez de la noche se pusiese en contacto con la policía, <<Más vale ser precavida, aunque no creo que un hombre que va en silla de ruedas y tiene tantos problemas de movilidad pueda conmigo.>> pensó mientras intentaba saber por qué se había decantado por aquel hombre que lo más seguro es que fuese incapaz de hacerla gozar de una tarde de sexo loca como la que ella necesitaba en esos momentos.

A las hora indicada sonó el timbre y al abrir se encontró con un hombre de su misma edad que la sonreía desde su silla mientras esperaba a que ella dijese algo: Tenía el cabello negro y corto, su rostro no es que fuese guapo ni feo, del montón, y vestía con un chándal de color negro. Sonrisa amplia y denotando también algo de nerviosismos.
Marie se agachó para saludarlo con dos besos y le dio paso para que entrase indicándole donde estaba el salón mientras lo seguía un paso atrás. Una vez allí él se bajó de la silla, cosa que pilló por sorpresa a Marie y la puso en alerta. Al ver su cara él se anticipó para decirla que sólo necesitaba la silla para la calle. De todas maneras a Marie se le quitó el miedo que la produjo verle levantarse cuando comprobó la dificultad que el hombre tenía para caminar los cuatro pasos necesarios para llegar al sofá donde le invitó a tomar asiento, y ver que su brazo derecho era como un ser muerto sin utilidad ninguna. Aquel hombre no representaba peligro ninguno, a no ser que estuviese fingiendo cosa que no parecía probable por lo que leyó e investigó por Facebook.
Después de ofrecerle una copa, que él declinó pues no tomaba alcohol, y servirse ella un vino, se sentó a su lado y comenzaron a charlar sin saber muy bien de qué.
El hombro le confesó que estaba muy sorprendido de que ella hubiese querido quedar para verse y que era la primera vez que le sucedía. Por lo general las mujeres huían de él para temas sexuales y ni mucho menos eran ellas las que le “entraban” para tener un encuentro.
Marie escuchaba atenta, como hipnotizada por sus palabras, mientras él hablaba sobre su vida. En aquel punto no sabía si lo había invitado a casa por pura necesidad de ella o como un acto de compasión. Su buena obra, con la que ya cumplía con la consciencia para el resto del año. Era muy extraño todo aquello. Él seguía hablando, más por nervios que por ganas; ella escuchaba más por no saber si esperar a que diese él el primer paso o darlo ella.
Al final, después de un buen trago a su copa, se decidió y fue ella quien dio el paso con un largo beso que fue correspondido de inmediato; sus lenguas jugaban como niños en el parque, sin prisa por terminar. El hombre rompió su miedo y la comenzó a acariciar los pechos por encima del fino suéter que llevaba puesto. Para su sorpresa los pezones comenzaron a crecer ante los estímulos de las leves caricias, y ella comenzó a sentir un agradable calor en la zona más íntima. Aquello se ponía cada vez mejor. El hombre, aunque se notaba su falta de experiencia, o su poca práctica, era como un alumno deseando demostrar que había estudiado bien el teórico y está confiado de aprobar el práctico.
Se desnudaron, le tuvo que ayudar, y se dieron placer mutuamente el uno al otro. Marie no pensó nunca que un relación sexual pudiese ser tan buena sin que llegase a haber nunca penetración. La forma de acariciar y de usar la lengua por todo su cuerpo de aquel desconocido la volvieron loca de pasión y deseo que él calmaba una y otra vez sin pedir nada a cambio, más que un beso o una caricia de vez en cuando. Era la primera vez que Marie no tenía que preocuparse por dar placer, solo por recibirlo.
Quedó exhausta sobre el sofá cuando terminó su cuarto orgasmo, la primera vez en su vida que tenía cuatro seguidos… Estaba alucinando. Y se quedó adormilada con su cuerpo aún junto al del hombre, que fumaba un pitillo tranquilamente como esperando a que ella se recuperase para volver a seguir complaciéndola.

Al despertar de ese sueño tan placentero, que únicamente proporciona el cansancio del placer, Marie tuvo la sensación de que su cuerpo estaba mojado. Se pasó la mano por la cara, que tenía apoyada en las piernas del hombre, y vio que la tenía llena de sangre. Se levantó de un salto y pudo ver que estaba cubierta de sangre. Comenzó a tocarse por todos lados para descubrir qué pasaba, pero no se encontró nada extraño que pudiese causar pérdida de sangre. Fue entonces cuando miró hacia el sofá y vio al hombre con unas tijeras clavadas en el corazón y cómo seguía manando sangre a borbotones de la herida.
Marie solto un grito aterrador al verlo. Su instinto fue el de sacar las tijeras clavadas en el corazón del hombre y presionar con fuerza la herida con la esperanza de que dejase de sangrar. Acto seguido, con la mano que tenía libre alcanzó su teléfono para llamar a urgencias. Pero se detuvo en seco. Soltó el teléfono y comprobó si tenía pulso, pero no lo encontró.
Aquel hombre se había desangrado, estaba muerto sobre su sofá. <<¿Pero qué ha hecho este hombre? … ¿Y ahora cómo lo soluciono?... Si llamo a urgencias o a la policía creerán que soy culpable porque mis huellas están en la tijera ¡Que tonta he sido tocándolas!. Pero no lo puedo dejar aquí. ¡Dios en qué hora se me ocurrió intentar tener sexo con un desconocido, y en mi casa!>>. Marie estaba totalmente sobrepasada. Tomó la botella de vino y empezó a beber directamente de ella hasta que el líquido dejó de regar su garganta, entonces la estampó contra el suelo. No era capaz de pensar en la mejor forma de salir del lío en el que estaba metida. Entonces se dio cuenta de que algo sobresalía del bolsillo del pantalón del hombre, era un papel.

Sonó el timbre sobresaltando a Marie que dio un bote que por poco la tira de la cama. << ¿Qué hago en la cama? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Habrá sido cosa de la botella de vino que me he bebido de golpe >>. Volvió a sonar el timbre. Salió corriendo hacia el salón con una manta de la cama para tapar el cuerpo antes de ir a ver quien llamaba. Al abrir la mirilla observó a dos policías esperando junto a la puerta. De forma instintiva miró el reloj de pared que tenía en el pasillo, eran las diez y media de la noche. << ¡Joder! Esto ha sido Enriqueta que ha llamado a la poli como la dije si no tenía noticias mías antes de las diez. ¿Y ahora qué hago? Pues abrir la puerta y que sea lo que tenga que ser. >>.
Los agentes le preguntaron si estaba bien en cuanto abrió la puerta. Ella los tranquilizó contanto que se había olvidado de avisar a su amiga, pero que todo estaba bien y no había ningún problema. <<Exceptuando que tengo a un hombre muerto en mi salón >> pensó mientras contestaba a las preguntas que le hacían.

- La noto algo nerviosa. ¿Seguro que está todo bien?
-Sí, sí, claro. Solo que me he pasado con el vino, estaba durmiendo y me he asustado al escuchar el timbre - Contestó Marie con voz temblorosa.
-¿La importa si pasamos un segundo y comprobamos que está todo bien? - Insistió uno de los policías.
-Pues mire, sí que me importa. Estoy borracha y medio dormida. De lo único que tengo ganas es de volver a la cama y seguir durmiendo.
-No se enfade con nosotros señora, sólo estamos haciendo nuestro trabajo.
-Perdonen, no quería ser grosera. Les estoy muy agradecida por acudir para ver si me encontraba bien. Pero, la verdad, la cita ha sido un fiasco y eso me tiene enfadada y frustrada. Pero pasen si así se quedan más tranquilos. - Por dentro Marie ansiaba que los hombres no entrasen y viesen el cuerpo en el sofá, pero mejor que lo hiciesen y se terminase todo de una vez.
-No hace falta. Nos fiamos de su palabra. Hemos visto que usted se encuentra bien… O, al menos, todo lo bien que se puede estar en sus condiciones. Nos marchamos. Descanse.
Los dos policías se dieron la vuelta para irse y ella cerró la puerta. <<Eres idiota, dilos que vuelvan y se lleven a ese muerto de tu casa >>. Se iba a volver para llamar a los agentes cuando contempló atónita que en el sofá únicamente se encontraba la manta. No había ningún cuerpo. No había sangre. Y, al mirar a sus espaldas, no estaba la silla de ruedas. Había desaparecido todo. El único resquicio que había de lo que allí pasó fue la copa de vino vacía en la mesa, la botella rota en el suelo y su cuerpo aún agotado por los orgasmos que había tenido. << Puede que lo haya soñado todo. Pero es imposible… Lo de la copa y la botella sí puede ser cosa que no recuerde por los efectos del alcohol. Pero mi cuerpo y mi sexo solo pueden estar así después de un sexo espectacular como el que he tenido esta tarde. A no ser que me haya pasado con el consolador >>. Corrió hasta el cajón de la mesilla donde guardaba su “juguete” y lo encontró tal como lo dejó la última vez que lo usó hacía dos noches. Lo que había sentido, y notaba aún en su sexo, no lo provocó el consolador… Al menos esa tarde.

Fue corriendo al ordenador para conectar a Facebook y entrar en el muro del hombre que, supuestamente, se había suicidado en su casa y del que no quedaba rastro alguno. Allí se sorprendió al ver una nota de su familia dando las gracias por las muestras de cariño y apoyo ante la muerte, de forma voluntaria, de su ser querido tres días antes. << Esto no es posible. Yo acabo de pasar unas gloriosas horas con él. Hemos estado hablando. Cuando entré para fisgonear su perfil esa nota no estaba. ¿Cómo iba a estar si estuvimos hablando por el messenger? >>. Al recordar eso abrió de inmediato el chat para buscar la conversación que tuvo con él, pero no encontró ni rastro.

Mareada, por el efecto del vino, y desconcertada por los acontecimientos, decidió vestirse y salir a dar una vuelta a ver si el frío de la noche despejaba su cabeza y pensamientos.
La calle estaba extrañamente solitaria a aquella hora. Era una de las calle más transitadas de la ciudad y en ella había varios locales de copas, por lo que a esa hora debía haber bastantes personas andando por allí. Pero no era así, estaba desierta. Al otro extremo por fin vio algo que se movía en su dirección. Al principio no supo que era. Pero según se acercaban pudo distinguir que se trataba de una silla de ruedas eléctrica lo que venía hacia ella. Le dio un vuelco al corazón al reconocer en ella al hombre con el que había pasado la tarde y que, supuestamente estaba muerto.
Paró en seco, sus piernas no la permitían dar un solo paso. Parecía tenerlas clavadas en el suelo. La silla se paró al llegar a su altura y el hombre le dedicó una amplia y sincera sonrisa, para después continuar su camino como si nada. Alejándose de Marie hasta que lo perdió de vista. Sólo entonces sintió que podía caminar de nuevo y guió sus pasos dirección a casa.
Al llegar se asustó al ver tres coches de Policía, uno de bomberos y una ambulancia en la entrada de su portal. Pasó sin problemas por el cordón de seguridad que habían levantado y entró al bloque sin que nadie se lo impidiese. Toda la actividad se centraba en su casa por lo que se puso a correr para ver qué sucedía.
Al entrar en el piso se encontró con su cuerpo tumbado en la cama, con un bote de pastillas a su lado y personal intentando reanimarla infructuosamente. Vio como un sanitario negaba con la cabeza mientras le ponía encima del cuerpo una sábana para taparlo.

-¡Nooooooooooooooooo! ¿Qué hacéis? No estoy muerta. ¿Es que no me veis? - Gritaba a pleno pulmón mientras zarandeaba al sanitario que la había puesto la sábana.
-Sí, estás muerta lo mismo que yo lo estoy. Y los dos lo hemos hecho por l misma razón; la soledad que sentíamos pese a estar rodeados de gente que nos quería y apreciaba.
Marie se dio la vuelta al escuchar a un hombre hablar a sus espaldas y se encontró con él. El hombre de la silla de ruedas con quien había quedado y pasado una estupenda tarde. La miraba con cara de tristeza y melancolía.
-Es una pena que no nos conociéramos antes de cometer la estupidez que ambos hemos cometido.- Continuó hablando el hombre con total tranquilidad. - Pero ya es tarde y estoy aquí para llevarte conmigo hacia un lugar donde seguro que seremos más felices. Agárrate a la silla que empieza nuestro viaje.
Marie, sin saber qué hacer o decir, se asió a la parte trasera de la silla que empezó a moverse, y sus figuras se fueron difuminando hasta desaparecer por completo.

FIN

© Francisco Javier Muñoz Hidalgo.

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