miércoles, 3 de mayo de 2017

VIVIR SOÑANDO

Vivir soñando

En un país muy lejano; tan lejano que únicamente se puede llegar a través de los sueños, vivía Carlos. Un hombre de mediana edad al que le gustaba mucho hacer toda clase de deportes. Viajar a lugares remotos y sin explorar de su gran País. Vivir cada día como si fuese el último. Exprimiendo cada segundo de cada minuto, de cada hora.
            Por suerte podía hacer todo aquello porque no necesitaba trabajar. En realidad, nadie trabajaba. Allí cada persona hacía siempre lo que quería, cuando quería y como deseaba. No existían leyes, reglas o imposiciones. El único requisito para poder habitar allí era ser feliz. No valía con intentarlo, había que serlo.
            La mayoría de sus habitantes se decantaban por ir en coches de gama alta o súper lujo. Incluso había quien únicamente se movía pilotando su avión. Pero él no era de esos a quienes el lujo les deslumbraba. Allí cada cual buscaba la felicidad de la forma que quería, siempre sin hacer mal a otras personas. Carlos sin embargo iba a todos lados corriendo o en bicicleta. Sentir el aire en la cara mientras montaba en bicicleta, el suelo pasar bajo sus pies mientras corría o volar para hacer un “mate” en un partido de baloncesto, era algo de lo que disfrutaba más que ninguna otra cosa.
            Y cuando no estaba practicando deporte, dándose largos paseos o bañándose en el mar, disfrutaba de hermosas veladas románticas con Elvira, su compañera infatigable; aquella que le colmaba de amor haciendo que su corazón estuviese rebosante de felicidad y a la que él correspondía del mismo modo. Era cierto que Elvira tenía unos gustos muy distintos al suyo a la hora de ser feliz. A ella le encantaba comer platos deliciosos, tomar los mejores licores, vivir en el lujo y la opulencia. Pero cuando estaban juntos, eso quedaba en un segundo plano. Entonces todo se olvidaba menos el dar y recibir amor el uno del otro. Aunque había sexo, eso no era lo más importante de la relación; lo realmente importante para ambos era sentirse amados y amar. 
             También estaba su familia y amigos con los que gustaba pasar largos ratos charlando de cosas banales. Contar historias, chistes, reír, jugar. Pero, sobre todo, abrazar a sus padres y hermanos durante interminables horas que siempre se le hacían pocas. Porque allí, en aquél País, nadie dormía ni necesitaba descansar. Todas las horas del día eran para disfrutar de lo que a uno le hacía feliz.  

            Pero nada en la vida es duradero, y menos la felicidad. Cuando más agusto y feliz se empezaba a encontrar Carlos en su lejano País, llegaba la maldita hora de despertar para devolverlo a la realidad de un puñetazo en la mandíbula. El sueño había terminado, comenzaba un nuevo día de su dura realidad. Esa realidad en la que no podía correr, montar en bicicleta o jugar al baloncesto, pues lo tenía postrado en cama o una silla de ruedas. Sin posibilidad de comunicarse con nadie. Dependiendo de lo que quisieran hacer con él. Incomunicado por completo desde que lo atropelló un coche cuando tenía dieciocho años. Carlos entendía todo lo que se hablaba y pasaba a su alrededor, pero no era capaz de hacerse entender. Todos pensaban que su cerebro había quedado afectado en el accidente, pero no. Quedó afectado todo su cuerpo pero su mente seguía tan activa como antes de que sucediera.
            Su vida, la real, consistía en ver a sus padres y sus tres hermanos desvivirse por él. Hacer todo lo posible porque se sintiese cómodo. Porque nada le faltase. Era igual que un muñeco en manos de un niño. Lo bañaban, duchaban, daban de comer, sacaban de paseo, ponían a mirar televisión sin saber si eso le entretenía, cambiaban los pañales y acostaban. Todo esto con gran cariño por parte de toda la familia. Lo que más le dolía era cuando su madre se sentaba junto a él y lo hablaba, el no poder contestarla lo mataba. Aquello era peor que una cárcel. El más cruel de los castigos.

            Una tarde, sin nada de especial con respecto al resto de sus tardes, de su vida, Carlos notó que algo extraño estaba sucediendo a su cuerpo. Por primera vez en veinticinco años sintió que podía mover sus brazos, sus piernas, su cuerpo. En un primer momento creyó que estaba en su País, ese tan lejano al que únicamente se puede llegar a través de los sueños. Pero no, estaba despierto porque veía en televisión a ese grupo de personas que se pasaban cuatro horas diarias gritando. Sin creer todavía lo que pasaba, se puso en pie y comenzó a caminar por el salón dando voces de alegría y gritando a sus padres para que lo viesen, pero ellos parecían ausentes pues no se estaban dando cuenta de aquel “milagro”. Carlos gritaba mientras se acercaba al sofá donde sus padres seguían sentados, hipnotizados por el televisor. Intentó dar un empujón a su madre para que reaccionase y lo viese de pie, pero sus brazos atravesaron el cuerpo de la mujer que ni siquiera pestañeó. Extrañado ante todo aquello volvió la vista hacia la silla de ruedas y allí vio su cuerpo inerte, con los ojos abiertos, pero sin vida en su mirada.
            No le hizo falta nada más para saber que Dios, por fin, había escuchado sus peticiones liberándolo por completo de aquél cuerpo que, durante tantos años, fue su cárcel y tortura. Le había concedido el deseo de ser libre y dejar libre a su familia. Lo suyo es que estuviese triste por dejar el mundo de los vivos, pero era todo lo contrario, y esperaba que su familia, sobre todo su madre, lo entendiesen así. Ahora empezaba su verdadera vida. Se marchaba al País de los sueños de forma definitiva; allí donde no hay dolor, ni pena, ni tristeza.
            Pero antes de ir en busca de su felicidad quería despedirse de su madre. Se sentó a su lado y comenzó a hablarle al oído con la esperanza de que algo pudiese oír.
- Por fin soy libre, madre. No quiero que estés triste por mí. Quiero que padre y tú aprovechéis para disfrutar de todo lo que no habéis podido por estar cuidándome. Quiero que seáis felices. Yo, desde allí donde voy, os estaré protegiendo a todos igual que vosotros me habéis protegido estos años. ¡Te quiero! - Terminó dándole un beso en la mejilla y seguro de que lo había escuchado porque dos lágrimas recorrían el rostro de su madre.
            Preparado para partir hacia su destino. Un destino lleno de felicidad y libre de su cuerpo físico. Expectante por lo que le deparaba. Así se encontraba Carlos cuando unas manos le acariciaron la cara con mucha ternura. Abrió los ojos y vio a su madre. Intentó abrazarla pero no pudo. Un sueño, eso había sido todo. Pero esta vez no había tenido lugar en su País. El despertar fue más duro que nunca pues le habían hecho creer en la liberación que tanto deseaba.
Por primera vez en veinticinco años, dos lágrimas salieron de sus ojos recorriendo el rostro igual que riachuelos. Su sufrimiento no había terminado todavía. Al menos aún le quedaba el País lejano al que únicamente se puede llegar a través de los sueños. No era de gran consuelo en aquellos momentos, pero sí todo lo que tenía y a lo que podía agarrarse.


© Paco Muñoz
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martes, 14 de febrero de 2017

La Estrella


LA ESTRELLA 

Una simple llamada, en un día normal hasta ese momento, rondando el atardecer, puede hacer cambial las vidas de cualquier familia de un modo tan brusco que resulta difícil asumir en un primer momento. 
Eso fue lo que sucedió a Manuel aquél 14 de febrero cuando descolgó el teléfono al ver el nombre de Juani, con su hermosa sonrisa, en la pantalla. Ella creía que estaba en la oficina, pero en realidad se encontraba gestionando los últimos detalles para la sorpresa que pensaba dale aquella noche. Se reía al pensar en la cara de Juani por la mañana cuando se hizo el despistado mientras desayunaban para que pensase que no recordaba el día que era, y lo había conseguido a tenor de la brusquedad con que su mujer de despidió de él antes de salir para el trabajo. Pero no fue su dulce voz la que escuchó al otro lado de la línea, sino la de un hombre que decía se policía. 

Desde aquella llamada todo se precipitó y cambió, no sólo en la vida de Manuel, en la familia. La muerte de Juani en un accidente de tráfico resultó un duro golpe que la vida daba a todos los que la querían y apreciaban. Para Manuel los días que siguieron a la noticia pasaron  como si se tratase de algo que no iba con él, ni una lágrima recorrió su cara; ni cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su mujer en el hospital, ni cuando fue a la aseguradora para arreglar todo el tema del entierro, (incineración en el caso de Juani, porque ella siempre decía que cuando muriese no quería estar atrapada dentro de una caja, quería volar libre donde el viento llevase sus cenizas). Para Manuel, aquella persona que se encontraba en una caja en la sala número quince del tanatorio no era su mujer, o quería creer que no lo era. Que aquella urna, con unas cenizas, no era todo lo que quedaba de su amada. Era igual que ver una película en ese estado en que uno no se encuentra despierto ni dormido.  
Sólo tenía un pensamiento en la cabeza aquellos días, su hija Marta, que tenía cinco años y estaba ajena a todo aquello en casa de unos amigos de la familia. ¿Cómo le iba a decir que su madre no volvería nunca? ¿Qué ya no la bañaría por las noches? ¿Qué no la contaría el cuento antes de quedarse dormida? ¿Qué no volvería a besarla y abrazarla?. Aquello era lo que lo hacía llorar, sólo aquello. 

Días después de la incineración, Manuel sí que se empezó a dar cuenta del verdadero alcance de la muerte de Juani y cada segundo que pasaba le costaba más asumirlo. Tumbado en el sitio de ella, se sentía incapaz de moverse de allí, todavía no había tenido el valor para hablar con su hija, no sabía como decirle que su madre estaba muerta y le atormentaba el momento de tener que hacerlo. Escuchó como se abría la puerta del dormitorio, levantó un poco la cabeza para decir a su madre, que era quien se estaba ocupando de la niña y de él, que lo dejase tranquilo. Pero no era su madre quien entró. Marta se acercó a la cama despacio, intentando no hacer ruido, y se quedó mirando a su padre antes de subir a la cama, darle un beso y quitarle las lágrimas con sus pequeñas manitas. 

-Papi, ¿Porqué estás llorando? ¿Es porque no está mami? - Manuel miraba a su hija sin saber qué decir. La niña lo miraba con esos ojos de alegría que a su edad nunca se pierden, o jamás se deberían perder, mientras le daba besos y abrazaba. 
-Si mi niña, es porque mami no está con nosotros - contestó intentando frenar las lágrimas. 
-¡Va! Por eso no llores – La sorpresa del padre se hizo patente en el rostro al escuchar a su hija hablar tan alegremente, bendita inocencia. - Mami va a venir en cuanto encuentre mi estrella.   
-¿Tu estrella? - preguntó asombrado. 
-Sí, mami se ha ido al cielo a buscar la estrella más bonita de todas para traérmela¿No te acuerdas que siempre me decía que cualquier día me traería la estrella más bonita del cielo?- Le preguntó la niña con esa cara de enfado que siempre sacaba una sonrisa a sus padres - Pues la primera noche que dormí en casa de Pablo porque tú estabas trabajando, cuando vino mami a contarme el cuento, me dijo que se marchaba un tiempo para traerme la estrella ¡La más bonita de todas, para ponerla en mi habitación - Dijo riendo. - Pero que no me preocupe ni ponga triste porque no va a ser fácil y tardará mucho en volver y que mientras está buscando  nos ve y nos protege como una ¡Supermamá!. ¡Se me olvidaba!... mami me dijo que tampoco estuvieses triste porque eso la hará enfadar ¡Y ya sabes como se enfada! - terminó de decir mientras agitaba las manos 

Manuel estaba asombrado escuchando hablar a su hija tan tranquilla y alegre. Pero sobre todo porque cuando la niña decía que Juani le contó todo eso ella ya llevaba unas horas muerta. Dicen que los niños tienen un algo especial para ver cosas que los mayores no pueden. Y por la seguridad con que su hija le hablaba no dudó en que algo de verdad debía haber, o al menos eso quiso pensar. Abrazó a su hija lo más fuerte que pudo y comenzó a besarla sin poder dejar de llorar.  
-¡Me haces daño papi! Y estás llorando. 
-No lloro, es que se me ha metido algo en el ojo.- Dijo mientras se secaba las lágrimas e intentaba mostrar una sonrisa a su pequeña.- Vamos a hacer una cosa. 
-¿Qué papi? 
-Trae el cuento que más te guste. Te lo leeré y esta noche dormirás conmigo ¿Quieres? 
-Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Bien! 

La niña fue corriendo al salón para decir a la abuela que su padre la iba a leer un cuento y la dejaba dormir con él esa noche. Antes de que la abuela pudiese responder, Marta ya corría a su cuarto donde cogió su cuento favorito para salir rauda a la cama de sus padres donde se tumbó y espero a que Manuel comenzase la lectura. 

Al cabo de un rato de lectura, tanto niña como padre se quedaron dormidos plácidamente. Juani observaba a los dos amores de su vida desde el otro extremo de la habitación con una mezcla de tristeza y felicidad en su cara: Tristeza porque no volvería a disfrutar de ellos. Felicidad porque estaba segura de que ambos se apoyarían y se adorarían a lo largo de la vida. Ya se encargaría ella de que fuese así desde allí donde marchaba. 
Se acercó a la cama, besó a Marta en la frente, a Manuel le dio el último beso de amor y se marchó contenta por haber podido despedirse de ellos. 

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miércoles, 8 de febrero de 2017

La última cita


LA ÚLTIMA CITA

Era la primera vez, en sus cuarenta y siete años de edad, en la que Marie había hecho una locura como aquella. Y ahora empezaba a estar intranquila y algo asustada mientras su amigo iba camino de casa a tener un encuentro con ella.
Es cierto que ella era quien había entablado conversación con aquel desconocido a través del Messenger de Facebook. También lo era que fue ella, en un acto de locura, sólo atribuible a la soledad que sentía y necesitaba alejar, quien comenzó a calentar la charla con el desconocido, al que había pedido amistad unos segundos antes, hablando de temas muy personales. Ella fue quien lo convenció para hacer aquella cita en su casa y le dio la dirección… Pero empezaba a arrepentirse de todo aquello.
No podía llamarlo para suspender la cita, desconocía su número de teléfono. O quizás no quisiese hacerlo en el fondo, pues sabía que podía ponerse en contacto con él por el Messeger y anular todo. Pero la emoción a lo desconocido y la adrenalina podían más que ella, ya que mientras pensaba en cambiar de opinión se había duchado y ahora se estaba poniendo lo más sexy posible para recibir, de un momento a otro, a su amigo desconocido. Puede que en parte se debiese a que, después de quedar, había estado mirando su perfil y la gustó lo que allí vió y leyó. El hombre parecía buena gente por las cosas que escribía y los comentarios cariñosos que dejaba la gente lo seguía. Inspiraba tranquilidad y buena armonía. De todas maneras, Marie había llamado a una amiga para comunicarle lo que estaba a punto de hacer, quien era su cita y que si no la mandaba un whatsapp antes de las diez de la noche se pusiese en contacto con la policía, <<Más vale ser precavida, aunque no creo que un hombre que va en silla de ruedas y tiene tantos problemas de movilidad pueda conmigo.>> pensó mientras intentaba saber por qué se había decantado por aquel hombre que lo más seguro es que fuese incapaz de hacerla gozar de una tarde de sexo loca como la que ella necesitaba en esos momentos.

A las hora indicada sonó el timbre y al abrir se encontró con un hombre de su misma edad que la sonreía desde su silla mientras esperaba a que ella dijese algo: Tenía el cabello negro y corto, su rostro no es que fuese guapo ni feo, del montón, y vestía con un chándal de color negro. Sonrisa amplia y denotando también algo de nerviosismos.
Marie se agachó para saludarlo con dos besos y le dio paso para que entrase indicándole donde estaba el salón mientras lo seguía un paso atrás. Una vez allí él se bajó de la silla, cosa que pilló por sorpresa a Marie y la puso en alerta. Al ver su cara él se anticipó para decirla que sólo necesitaba la silla para la calle. De todas maneras a Marie se le quitó el miedo que la produjo verle levantarse cuando comprobó la dificultad que el hombre tenía para caminar los cuatro pasos necesarios para llegar al sofá donde le invitó a tomar asiento, y ver que su brazo derecho era como un ser muerto sin utilidad ninguna. Aquel hombre no representaba peligro ninguno, a no ser que estuviese fingiendo cosa que no parecía probable por lo que leyó e investigó por Facebook.
Después de ofrecerle una copa, que él declinó pues no tomaba alcohol, y servirse ella un vino, se sentó a su lado y comenzaron a charlar sin saber muy bien de qué.
El hombro le confesó que estaba muy sorprendido de que ella hubiese querido quedar para verse y que era la primera vez que le sucedía. Por lo general las mujeres huían de él para temas sexuales y ni mucho menos eran ellas las que le “entraban” para tener un encuentro.
Marie escuchaba atenta, como hipnotizada por sus palabras, mientras él hablaba sobre su vida. En aquel punto no sabía si lo había invitado a casa por pura necesidad de ella o como un acto de compasión. Su buena obra, con la que ya cumplía con la consciencia para el resto del año. Era muy extraño todo aquello. Él seguía hablando, más por nervios que por ganas; ella escuchaba más por no saber si esperar a que diese él el primer paso o darlo ella.
Al final, después de un buen trago a su copa, se decidió y fue ella quien dio el paso con un largo beso que fue correspondido de inmediato; sus lenguas jugaban como niños en el parque, sin prisa por terminar. El hombre rompió su miedo y la comenzó a acariciar los pechos por encima del fino suéter que llevaba puesto. Para su sorpresa los pezones comenzaron a crecer ante los estímulos de las leves caricias, y ella comenzó a sentir un agradable calor en la zona más íntima. Aquello se ponía cada vez mejor. El hombre, aunque se notaba su falta de experiencia, o su poca práctica, era como un alumno deseando demostrar que había estudiado bien el teórico y está confiado de aprobar el práctico.
Se desnudaron, le tuvo que ayudar, y se dieron placer mutuamente el uno al otro. Marie no pensó nunca que un relación sexual pudiese ser tan buena sin que llegase a haber nunca penetración. La forma de acariciar y de usar la lengua por todo su cuerpo de aquel desconocido la volvieron loca de pasión y deseo que él calmaba una y otra vez sin pedir nada a cambio, más que un beso o una caricia de vez en cuando. Era la primera vez que Marie no tenía que preocuparse por dar placer, solo por recibirlo.
Quedó exhausta sobre el sofá cuando terminó su cuarto orgasmo, la primera vez en su vida que tenía cuatro seguidos… Estaba alucinando. Y se quedó adormilada con su cuerpo aún junto al del hombre, que fumaba un pitillo tranquilamente como esperando a que ella se recuperase para volver a seguir complaciéndola.

Al despertar de ese sueño tan placentero, que únicamente proporciona el cansancio del placer, Marie tuvo la sensación de que su cuerpo estaba mojado. Se pasó la mano por la cara, que tenía apoyada en las piernas del hombre, y vio que la tenía llena de sangre. Se levantó de un salto y pudo ver que estaba cubierta de sangre. Comenzó a tocarse por todos lados para descubrir qué pasaba, pero no se encontró nada extraño que pudiese causar pérdida de sangre. Fue entonces cuando miró hacia el sofá y vio al hombre con unas tijeras clavadas en el corazón y cómo seguía manando sangre a borbotones de la herida.
Marie solto un grito aterrador al verlo. Su instinto fue el de sacar las tijeras clavadas en el corazón del hombre y presionar con fuerza la herida con la esperanza de que dejase de sangrar. Acto seguido, con la mano que tenía libre alcanzó su teléfono para llamar a urgencias. Pero se detuvo en seco. Soltó el teléfono y comprobó si tenía pulso, pero no lo encontró.
Aquel hombre se había desangrado, estaba muerto sobre su sofá. <<¿Pero qué ha hecho este hombre? … ¿Y ahora cómo lo soluciono?... Si llamo a urgencias o a la policía creerán que soy culpable porque mis huellas están en la tijera ¡Que tonta he sido tocándolas!. Pero no lo puedo dejar aquí. ¡Dios en qué hora se me ocurrió intentar tener sexo con un desconocido, y en mi casa!>>. Marie estaba totalmente sobrepasada. Tomó la botella de vino y empezó a beber directamente de ella hasta que el líquido dejó de regar su garganta, entonces la estampó contra el suelo. No era capaz de pensar en la mejor forma de salir del lío en el que estaba metida. Entonces se dio cuenta de que algo sobresalía del bolsillo del pantalón del hombre, era un papel.

Sonó el timbre sobresaltando a Marie que dio un bote que por poco la tira de la cama. << ¿Qué hago en la cama? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Habrá sido cosa de la botella de vino que me he bebido de golpe >>. Volvió a sonar el timbre. Salió corriendo hacia el salón con una manta de la cama para tapar el cuerpo antes de ir a ver quien llamaba. Al abrir la mirilla observó a dos policías esperando junto a la puerta. De forma instintiva miró el reloj de pared que tenía en el pasillo, eran las diez y media de la noche. << ¡Joder! Esto ha sido Enriqueta que ha llamado a la poli como la dije si no tenía noticias mías antes de las diez. ¿Y ahora qué hago? Pues abrir la puerta y que sea lo que tenga que ser. >>.
Los agentes le preguntaron si estaba bien en cuanto abrió la puerta. Ella los tranquilizó contanto que se había olvidado de avisar a su amiga, pero que todo estaba bien y no había ningún problema. <<Exceptuando que tengo a un hombre muerto en mi salón >> pensó mientras contestaba a las preguntas que le hacían.

- La noto algo nerviosa. ¿Seguro que está todo bien?
-Sí, sí, claro. Solo que me he pasado con el vino, estaba durmiendo y me he asustado al escuchar el timbre - Contestó Marie con voz temblorosa.
-¿La importa si pasamos un segundo y comprobamos que está todo bien? - Insistió uno de los policías.
-Pues mire, sí que me importa. Estoy borracha y medio dormida. De lo único que tengo ganas es de volver a la cama y seguir durmiendo.
-No se enfade con nosotros señora, sólo estamos haciendo nuestro trabajo.
-Perdonen, no quería ser grosera. Les estoy muy agradecida por acudir para ver si me encontraba bien. Pero, la verdad, la cita ha sido un fiasco y eso me tiene enfadada y frustrada. Pero pasen si así se quedan más tranquilos. - Por dentro Marie ansiaba que los hombres no entrasen y viesen el cuerpo en el sofá, pero mejor que lo hiciesen y se terminase todo de una vez.
-No hace falta. Nos fiamos de su palabra. Hemos visto que usted se encuentra bien… O, al menos, todo lo bien que se puede estar en sus condiciones. Nos marchamos. Descanse.
Los dos policías se dieron la vuelta para irse y ella cerró la puerta. <<Eres idiota, dilos que vuelvan y se lleven a ese muerto de tu casa >>. Se iba a volver para llamar a los agentes cuando contempló atónita que en el sofá únicamente se encontraba la manta. No había ningún cuerpo. No había sangre. Y, al mirar a sus espaldas, no estaba la silla de ruedas. Había desaparecido todo. El único resquicio que había de lo que allí pasó fue la copa de vino vacía en la mesa, la botella rota en el suelo y su cuerpo aún agotado por los orgasmos que había tenido. << Puede que lo haya soñado todo. Pero es imposible… Lo de la copa y la botella sí puede ser cosa que no recuerde por los efectos del alcohol. Pero mi cuerpo y mi sexo solo pueden estar así después de un sexo espectacular como el que he tenido esta tarde. A no ser que me haya pasado con el consolador >>. Corrió hasta el cajón de la mesilla donde guardaba su “juguete” y lo encontró tal como lo dejó la última vez que lo usó hacía dos noches. Lo que había sentido, y notaba aún en su sexo, no lo provocó el consolador… Al menos esa tarde.

Fue corriendo al ordenador para conectar a Facebook y entrar en el muro del hombre que, supuestamente, se había suicidado en su casa y del que no quedaba rastro alguno. Allí se sorprendió al ver una nota de su familia dando las gracias por las muestras de cariño y apoyo ante la muerte, de forma voluntaria, de su ser querido tres días antes. << Esto no es posible. Yo acabo de pasar unas gloriosas horas con él. Hemos estado hablando. Cuando entré para fisgonear su perfil esa nota no estaba. ¿Cómo iba a estar si estuvimos hablando por el messenger? >>. Al recordar eso abrió de inmediato el chat para buscar la conversación que tuvo con él, pero no encontró ni rastro.

Mareada, por el efecto del vino, y desconcertada por los acontecimientos, decidió vestirse y salir a dar una vuelta a ver si el frío de la noche despejaba su cabeza y pensamientos.
La calle estaba extrañamente solitaria a aquella hora. Era una de las calle más transitadas de la ciudad y en ella había varios locales de copas, por lo que a esa hora debía haber bastantes personas andando por allí. Pero no era así, estaba desierta. Al otro extremo por fin vio algo que se movía en su dirección. Al principio no supo que era. Pero según se acercaban pudo distinguir que se trataba de una silla de ruedas eléctrica lo que venía hacia ella. Le dio un vuelco al corazón al reconocer en ella al hombre con el que había pasado la tarde y que, supuestamente estaba muerto.
Paró en seco, sus piernas no la permitían dar un solo paso. Parecía tenerlas clavadas en el suelo. La silla se paró al llegar a su altura y el hombre le dedicó una amplia y sincera sonrisa, para después continuar su camino como si nada. Alejándose de Marie hasta que lo perdió de vista. Sólo entonces sintió que podía caminar de nuevo y guió sus pasos dirección a casa.
Al llegar se asustó al ver tres coches de Policía, uno de bomberos y una ambulancia en la entrada de su portal. Pasó sin problemas por el cordón de seguridad que habían levantado y entró al bloque sin que nadie se lo impidiese. Toda la actividad se centraba en su casa por lo que se puso a correr para ver qué sucedía.
Al entrar en el piso se encontró con su cuerpo tumbado en la cama, con un bote de pastillas a su lado y personal intentando reanimarla infructuosamente. Vio como un sanitario negaba con la cabeza mientras le ponía encima del cuerpo una sábana para taparlo.

-¡Nooooooooooooooooo! ¿Qué hacéis? No estoy muerta. ¿Es que no me veis? - Gritaba a pleno pulmón mientras zarandeaba al sanitario que la había puesto la sábana.
-Sí, estás muerta lo mismo que yo lo estoy. Y los dos lo hemos hecho por l misma razón; la soledad que sentíamos pese a estar rodeados de gente que nos quería y apreciaba.
Marie se dio la vuelta al escuchar a un hombre hablar a sus espaldas y se encontró con él. El hombre de la silla de ruedas con quien había quedado y pasado una estupenda tarde. La miraba con cara de tristeza y melancolía.
-Es una pena que no nos conociéramos antes de cometer la estupidez que ambos hemos cometido.- Continuó hablando el hombre con total tranquilidad. - Pero ya es tarde y estoy aquí para llevarte conmigo hacia un lugar donde seguro que seremos más felices. Agárrate a la silla que empieza nuestro viaje.
Marie, sin saber qué hacer o decir, se asió a la parte trasera de la silla que empezó a moverse, y sus figuras se fueron difuminando hasta desaparecer por completo.

FIN

© Francisco Javier Muñoz Hidalgo.

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jueves, 11 de agosto de 2016

LA TABLA OUIJA

Los cuatro eran hombres divorciados o separados que se conocían casi desde el colegio y que habían decidido alquilar un chalet entre todos, para compartir gastos y evadir la soledad: más por lo segundo que por lo primero.
            El chalet disponía de seis habitaciones grandes, tres cuartos de baño, salón comedor, una amplia cocina y un patio enorme. Era perfecto para la convivencia de los hombres y las de sus respectivos hijos cuando les tocaba tenerlos con ellos; todas las semanas se juntaban los hijos de dos o tres de los hombres, y entre los niños se había creado una amistad que se podía considerar hermandad.
            Juan, Pedro, Mario y David habían conseguido una convivencia perfecta entre ellos y con los hijos de los otros; así como los hijos de cada uno lo pasaban en grande cuando estaban allí porque no les faltaba diversión, juegos, salidas al cine o al campo. Todos juntos y en armonía.
            Eso también tenía sus inconvenientes para los hombres pues debían renunciar a gran parte de intimidad, sobre todo cuando tenían a los niños de los compañeros allí. Pero cada uno solucionaba esas pequeñas pegas como mejor se le ocurría.
            Aquél sábado se había pasado volando ya que ese fin de semana estaban los dos hijos de Pedro: Pedrito y Lucia de ocho y once años respectivamente. También estaban las tres hijas de David: María de trece años, Sofía de diez años y Triana de cinco años, y que al ser la más pequeña de los nueve niños; contando los tres que tenía Juan y la niña de Mario, era la mimada de todos. Por la mañana estuvieron en el parque de tracciones: por la tarde en el cine; y por la noche habían cenado pizza antes de mandar a los niños a la cama y empezar a descansar los padres. Porque, aunque eran hijos de dos de ellos, los otros dos también se apuntaron a las actividades, como solían hacerlo siempre casi siempre, todo en grupo: hoy por mis hijos, mañana por los tuyos. Ese era su lema y les iba muy bien.

            Ahora que los niños estaban acostados y ellos tomando unos combinados al fresco de la noche, en el patio, se encontraban sin nada que hacer para poder distraer al aburrimiento que se abatía ante ellos. Ya habían agotado las conversaciones sobre el día, el deporte y lo que les esperaba en la semana entrante.
Mario propuso jugar una partida de póker, pero el resto no le secundó. Fue Juan quien propuso, medio en broma, usar la tabla de Ouija que su hijo de 16 años, el mayor de los nueve niños, se dejó la semana anterior. A todos les pareció bien la idea de echar unas risas burlándose de los “poderes” que se atribuía a un trozo de madera con unas letras escritas y que servía para ponerse en contacto con fantasmas. A todos no, David se negó en rotundo pues él si creía en esas cosa y no tuvo vergüenza en admitir que le daba reparo. El resto de los hombres se rió de él. De que a su edad tuviese miedo de un juego de niños.
- Haced lo que queráis, pero conmigo no contéis. Yo me voy a acostar ahora mismo si decidís seguir con eso.
- No seas aguafiestas hombre – Le dijo Mario – Si sólo vamos a divertirnos un rato.
- Haced lo que queráis – a David se le notaba nervioso – pero yo no voy a participar.
Dicho esto se levantó de la mesa, dio las buenas noches a sus compañeros y fue camino a su dormitorio mientras Juan lo acompañaba un tramo del camino para buscar la tabla.
- ¿De verdad no quieres divertirte un rato? – preguntó Juan a David mientras se alejaban de los otros dos amigos.
- Sí, quiero divertirme un rato, y más un sábado por la noche. Lo que no quiero es tentar la suerte jugando con esa cosa.
Mientras David se preparaba para acostarse escuchaba a los otros tres preparándose para “invocar a los espíritus” y recordaba el momento en que, de joven, cogió pánico a la Ouija: no era cosa de niños ni supersticiones, él sabía muy bien del poder de aquella cosa y por eso se negó a participar: Una y no más, santo Tomás. Se quedó dormido escuchando las risas de sus compañeros y amigos.

Eran las once de la mañana cuando David despertó ese domingo. Se quedó sorprendido de la hora; nunca dormía hasta tan tarde. Intentó escuchar alguna señal que le indicase que los demás estaban levantados, al menos los niños deberían estar ya jugando en el patio… pero no escuchó el menor ruido y eso le extrañó.
Al salir de su dormitorio, dirección a la cocina, creyó escuchar algo en el salón y se dirigió allí. Al abrir la puerta se encontró con los cinco niños viendo la tele con el volumen muy bajo. Fue María, su hija mayor, quien comenzó a hablar en cuanto lo vio aparecer por la puerta.
- ¡Jo, si que os tuvisteis que acostar tarde anoche papá! Eres el primero al que se ve el pelo esta mañana… ¡Y mira que hora es! – dijo señalando el reloj y con cara de enfado – Nos tenéis muertos de hambre. – los otros cuatro niños asintieron ante aquellas palabras.
- ¡Vale, vale, no me peguéis! Ahora mismo preparo el desayuno.- la contestó David mientras intentaba poner una sonrisa fingida para que los niños no se diesen cuenta de aquella extraña situación y los mandó ir con él a la cocina para ayudarle a poner la mesa y servir los desayunos.
Mientras desayunaba acompañando a los niños no dejaba de dar vueltas al motivo por el que no se había incorporado ninguno de sus compañeros. Es cierto que él nunca se despertaba tan tarde y que los otros se habían acostado después, y por tanto lo normal es que siguieran durmiendo. Pero eso sería normal en otro lado, allí no lo era. Pedro se levantaba siempre muy temprano, se acostase a la hora que se acostase, y más cuando sus hijos estaban en el chalet; siempre se quejaban de lo temprano que les hacía levantarse para poder apurar al máximo los dos días cada dos semanas que tenía para estar con ellos. Y claro, al ruido que formaba, ya obligaba a todos a ponerse en pie.
Cuando hubieron desayunado, lavado los vasos y limpiado la cocina, David mandó a los niños a jugar un poco en el patio aunque ellos regruñeron porque preferían quedarse viendo la tele, a lo que accedió de mala gana pues hacía una mañana perfecta para jugar fuera.

Decidió ir cuarto por cuarto despertando a los vagos de sus amigos, tenían planes antes de entregar a los niños a las madres y se estaba retrasando todo, ya no creía que les diese tiempo a hacer lo que tenían planeado para ese día.
En su recorrido el primer cuarto era el de Juan, llamó a la puerta pero no consiguió respuesta ninguna desde dentro; insistió, pero ésta vez con más fuerzas aunque con los mismos resultados. Sin respuesta. Una de las reglas que se habían puesto era la de no entrar ni abrir nunca el cuarto de otro compañero hasta que este les diera permiso. Pero David estaba empezando a pensar en romper esa regla y entrar ya que no era normal que Juan no le contestase a esas alturas y con los golpes que había dado a la puerta. ¿Le habría pasado algo? Se decidió y abrió la puerta a la vez que lo llamaba… vacío, en el cuarto no había nadie. La cama estaba hecha; eso quería decir que, o se había levantado muy temprano y no estaba en casa, o que no se había acostado todavía. Cualquiera de las respuestas era muy extraña.
El siguiente cuarto era el de Pedro, y los resultados fueron los mismos. Igual que lo fueron en el cuarto de Mario. Ahora sí que estaba empezando a preocuparse David. Era imposible que los tres decidieran salir después de su sesión de Ouija. Y más imposible que no hubieran vuelto ya, sobre todo Pedro. Fue corriendo a su cuarto, cogió el teléfono y marcó en número de Pedro, estaba apagado o fuera de cobertura, según le informaba una voz femenina, lo intentó con los otros dos compañeros: uno de los casos saltó el buzón de voz y en el otro la locución femenina… David estaba empezando a ponerse de los nervios. No sabía que más hacer para localizarles, no tenía ni idea de qué estaba sucediendo… pero, de lo que sí estaba seguro es que algo malo les había sucedido. Sentado en su cama intentando buscar una respuesta lógica a aquella situación fue cuando escuchó un grito que lo hizo votar de la cama y salir corriendo pues había reconocido que era Lucia, la hija mayor de Pedro, la propietaria de ese grito tan intenso.

Al llegar al salón se encontró con la niña padeciendo un ataque de pánico extremo y cómo los otros niños estaban absortos mirando hacia el patio. En cuanto llegó a ellos y pudo ver la escena cerró las cortinas rápidamente y les alejó de la puerta y ventanas que daban al mismo. Aunque ya era tarde y lo habían visto todo, y todos.
- No pasa nada niños – intentó calmarles mientras abrazaba a la pequeña Lucia que era quien peor estaba, quizás llegó a tiempo para que el resto no pudiese ver bien la escena del patio porque no parecían tan asustados. – seguro que os están gastando una broma los muy tontos. Quedaros aquí que los voy a regañar por el susto que han dado a Lucia. María quiero que te encargues, como la mayor de todos, de que ninguno se asome fuera mientras voy a regañarles ¿Me entiendes? – La niña hizo un movimiento de cabeza confirmando que sabía lo que su padre quería de ella en ese momento. – Enseguida vuelvo con los tres de las orejas y os dejaré que les hagáis cosquilla como castigo por en susto que os han dado.

Cuando David estuvo seguro que todo estaba en orden en el salón y María se había adueñado de la situación, dentro de lo que cabría esperar que se hiciese de la situación una niña de trece años, salió al patio cerrando la puerta tras él.
Sentados alrededor de la mesa se encontraban los tres amigos, parecían dormidos si no fuese por la posición tan extraña que tenían sus cuerpos sentados en las sillas. Parecían muñecos de goma dejados allí sin orden ni concierto: una pierna rodeando en cuello a modo de bufanda, un brazo atado a la pierna contraria como el nudo que se hace un niño que está aprendiendo a atarse los cordones, la cabeza puesta en el asiento mientras el cuerpo retorcido se apoyaba en el respaldo de la silla… pero con todo eso, lo peor era las cara de sus tres amigos. Tenían los ojos muy abiertos y a punto de saltar de sus globos oculares y las bocas tan abiertas que sólo era posible si se hubiesen dislocado las mandíbulas… y esa expresión de autentico miedo y dolor. Al mirar a la mesa, vio la tabla. Alguien o algo habían escrito encima de ella con lo que parecía ser sangre aunque ninguno de sus amigos parecía sangrar o haberlo hecho:

Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir sus consecuencias
           
            Aterrado David salió corriendo hacia el chalet para sacar a los niños cuanto antes de allí. Pero al entrar se encontró con que los niños no estaban solos. Una figura espectral se movía con rapidez por todo el salón ante los gritos de miedo de los niños a los cuales fue cogiendo y lanzando contra las paredes y el suelo con una fuerza tal que solo necesitaba lanzarlos una vez para acabar con sus vidas.
Cuando David quiso reaccionar ya era demasiado tarde, los cinco niños yacían muertos por todo el salón y la figura iba a por él. Intentó escapar pero no le dio tiempo. Sintió algo gelatinoso asirle del pie derecho y acto seguido salir lanzado con fuerza contra la puerta de cristal que daba al patio. Cayó de golpe al suelo mientras escuchaba el estruendo de los cristales al romperse. Le dolía todo el cuerpo pero estaba vivo, aunque sabía que por poco tiempo; ya que aquello, fuese lo que fuese, volvería para rematar la faena. Y él deseaba que fuese cuanto antes pues no quería ser el único superviviente de aquello. Pero no hizo falta que lo matase la figura espectral. Un gran trozo de crista cayó sobre él a modo de guillotina partiendo su cuerpo en dos.

David despertó bruscamente empapado en sudor frío y agitando los brazos como si quisiera espantar a algo o alguien de su lado. Cuando fue capaz de reaccionar y estabilizar un poco su cuerpo y su mente se vio rodeado de sus tres compañeros que le miraban asustados mientras le sujetaban los brazos para que no les hiciese daño en alguno de esos guantazos que soltaba al aire.
- ¡Estáis todos bien! – Fue lo primero que pudo hablar al verles - ¡Y los niños, dónde están los niños! ¿Están bien?
- Tranquilo David. Todos estamos bien; los niños también. Y tú estabas teniendo una pesadilla ¡Y de las grandes por lo que se ve!
- ¡Joder! Si que lo ha sido – habló ya algo más tranquilo, pero todavía notando su corazón acelerado – no lo sabéis bien – se abrazó a sus amigos con fuerza – os he visto muertos a todos, incluso a mí.
- ¡Ostia puta! – Soltó Mario – sí que ha sido fuerte esta vez entonces.
- Sí, y todo por vuestra bromita de anoche con la puta tabla de Ouija de los cojones.
- ¿De qué estás hablando? ¿Todavía estás con la pesadilla? – Era Juan quien hablaba ahora con cara de sorpresa y preocupación por su amigo – Anoche estuvimos tomando unos cubatas los cuatro en el patio y luego nos fuimos a acostar ¿No lo recuerdas?
- No, eso no es así. Tu mismo – dijo señalando a Juan – fuiste quien lo propusiste aprovechando que tu hijo se dejó una tabla aquí la semana pasada.
Los tres amigos le miraron extrañados y todos aseguraron que eso debía ser parte de su pesadilla pues pasó lo que dijo Juan. Además le aseguraron que allí nuca había entrado un trasto de ese tipo; y menos traído por el hijo mayor de Juan ya que era la persona más miedosa que conocían.
Cuando vieron que encontraba mejor y más calmado, lo dejaron solo para que se vistiese y bajase a desayunar con todos antes de ir al centro a pasar la mañana con los niños.
Al llegar al patio, donde niños y mayores se encontraban sentados degustando en desayuno, David soltó un suspiro de alivio al ver a sus hijas riendo y sanas. No pudo evitar ir, una por una, abrazándolas y diciendo que las quería mucho. Mientras el resto lo miraba con cara de sorpresa y sin entender nada.

El día se desarrolló con normalidad y de nuevo estaban los cuatro amigos solos en el chalet, después de que los niños hubiesen regresado con sus madres. Se encontraban tomando unas cervezas en el patio antes de cenar. Con la excusa de ir al baño David entró y se dirigió al cuarto donde dormía el hijo de Juan los fines de semana que estaba con ellos. Allí se puso a buscar hasta que, en el cajón de la mesa de escritorio, encontró lo que buscaba… la tabla de Ouija. La sacó, y después de mirarla, la dejó caer al suelo cuando leyó lo que había escrito en ella:
Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir sus consecuencias
Regresó corriendo para pedir explicaciones pero no encontró a nadie en el patio, ni en el salón, ni en la cocina, ni en ninguno de los cuartos… estaba únicamente él en el chalet. Sintió pánico, de nuevo ese fin de semana, y fue corriendo para salir de aquél sitio cuanto antes.
            Al abrir la puerta que comunicaba con la calle se vio rodeado de una luz cegadora que le daba de lleno en los ojos y no permitía que viese nada a la vez que escucha lo que parecía el martillear de armas de fuego listas para ser disparadas y unas voces que ordenaban salir con las manos en alto y sin oponer resistencia. Él continuó camino a la luz sin detenerse y esperando recibir un disparo en cualquier momento, pero nada de eso sucedió. Dejó atrás el foco que lo deslumbraba y se dio media vuelta para ver que estaba pasando.
            No era a él a quién apuntaban los focos y las armas, aunque sí era en dirección al chalet. Un enjambre de policías entraba en tropel al mismo. Al instante empezaron a oírse sirenas de ambulancias llegar, y al personal que venía en ellas salir a la carrera dentro. David estaba tan impresionado que no se dio cuenta de que su presencia había pasado desapercibida a pesar de que cruzó por medio de los agentes. Incluso ahora nadie reparaba en su presencia. Pero él no hizo nada para que le viesen y siguió contemplando la escena, de película, que tenía ante sus ojos.
            A los pocos minutos de entrar, la policía salió con Mario esposado y forcejeando con ellos mientras gritaba; <<Juro por Dios que no he sido yo. Soy incapaz de hacer eso a mis amigos y a los niños. Ha sido el espíritu que despertamos jugando a la Ouija. ¡Lo juro! El los ha matado a todos. No estoy loco. Búsquenlo, todavía debe andar por la casa. Es malo. Ustedes están en peligro también>>. Lo introdujeron en un coche patrulla que arrancó a toda velocidad haciendo sonar la sirena.
            David volvió corriendo a entrar, seguían sin poder verlo, y recorrer todas las estancias del chalet… donde encontró la escena que había soñado la noche anterior: sus amigos muertos en el patio, excepto Mario y los cuerpos de los niños esparcidos sin vida por todo el salón, todo igual menos en una ligera diferencia. En su cuarto estaba él sentado a la mesa del ordenador… pero muerto. Le habían cortado el cuello de oreja a oreja.

            En esos momento fue cuando notó una presencia extraña y fría a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio a Pepe, su compañero de colegio, que murió en extrañas circunstancias hacía veinte años, después de haber realizado una sesión de Ouija que había salido mal, junto a otros amigos, entre los que se encontraba David… y entonces comprendió todo.
Pepe había estado esperando todos aquellos años a que cualquiera de los que estaban presentes el día que murió, o algún allegado a ellos lo hiciese, para vengarse por no ayudarlo cuando suplicaba mientras moría a manos del espíritu de una mujer en aquella sesión maldita.
Se acercó a Pepe, se saludaron y le preguntó por qué había dejado con vida a uno de ellos, a lo que él le contestó <<Alguien tiene que quedar con vida para contar lo sucedido e impedir más muertes>>. 
Después de esto ambos fueron dirección a la tabla Ouija donde los esperaba una puerta de luz en la cual se introdujeron desapareciendo hasta… quién sabe cuando.


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