Los cuatro eran hombres divorciados o separados que se
conocían casi desde el colegio y que habían decidido alquilar un chalet entre
todos, para compartir gastos y evadir la soledad: más por lo segundo que por lo
primero.
El chalet
disponía de seis habitaciones grandes, tres cuartos de baño, salón comedor, una
amplia cocina y un patio enorme. Era perfecto para la convivencia de los
hombres y las de sus respectivos hijos cuando les tocaba tenerlos con ellos;
todas las semanas se juntaban los hijos de dos o tres de los hombres, y entre
los niños se había creado una amistad que se podía considerar hermandad.
Juan,
Pedro, Mario y David habían conseguido una convivencia perfecta entre ellos y
con los hijos de los otros; así como los hijos de cada uno lo pasaban en grande
cuando estaban allí porque no les faltaba diversión, juegos, salidas al cine o
al campo. Todos juntos y en armonía.
Eso también
tenía sus inconvenientes para los hombres pues debían renunciar a gran parte de
intimidad, sobre todo cuando tenían a los niños de los compañeros allí. Pero
cada uno solucionaba esas pequeñas pegas como mejor se le ocurría.
Aquél
sábado se había pasado volando ya que ese fin de semana estaban los dos hijos
de Pedro: Pedrito y Lucia de ocho y once años respectivamente. También estaban
las tres hijas de David: María de trece años, Sofía de diez años y Triana de
cinco años, y que al ser la más pequeña de los nueve niños; contando los tres
que tenía Juan y la niña de Mario, era la mimada de todos. Por la mañana estuvieron
en el parque de tracciones: por la tarde en el cine; y por la noche habían
cenado pizza antes de mandar a los niños a la cama y empezar a descansar los
padres. Porque, aunque eran hijos de dos de ellos, los otros dos también se
apuntaron a las actividades, como solían hacerlo siempre casi siempre, todo en
grupo: hoy por mis hijos, mañana por los tuyos. Ese era su lema y les iba muy
bien.
Ahora que
los niños estaban acostados y ellos tomando unos combinados al fresco de la
noche, en el patio, se encontraban sin nada que hacer para poder distraer al
aburrimiento que se abatía ante ellos. Ya habían agotado las conversaciones
sobre el día, el deporte y lo que les esperaba en la semana entrante.
Mario propuso jugar una partida
de póker, pero el resto no le secundó. Fue Juan quien propuso, medio en broma,
usar la tabla de Ouija que su hijo de 16 años, el mayor de los nueve niños, se
dejó la semana anterior. A todos les pareció bien la idea de echar unas risas
burlándose de los “poderes” que se
atribuía a un trozo de madera con unas letras escritas y que servía para
ponerse en contacto con fantasmas. A todos no, David se negó en rotundo pues él
si creía en esas cosa y no tuvo vergüenza en admitir que le daba reparo. El
resto de los hombres se rió de él. De que a su edad tuviese miedo de un juego
de niños.
- Haced lo que queráis, pero
conmigo no contéis. Yo me voy a acostar ahora mismo si decidís seguir con eso.
- No seas aguafiestas hombre – Le
dijo Mario – Si sólo vamos a divertirnos un rato.
- Haced lo que queráis – a David
se le notaba nervioso – pero yo no voy a participar.
Dicho esto se levantó de la mesa,
dio las buenas noches a sus compañeros y fue camino a su dormitorio mientras Juan
lo acompañaba un tramo del camino para buscar la tabla.
- ¿De verdad no quieres
divertirte un rato? – preguntó Juan a David mientras se alejaban de los otros
dos amigos.
- Sí, quiero divertirme un rato,
y más un sábado por la noche. Lo que no quiero es tentar la suerte jugando con
esa cosa.
Mientras David se preparaba para
acostarse escuchaba a los otros tres preparándose para “invocar a los espíritus” y recordaba el momento en que, de joven,
cogió pánico a la Ouija: no era cosa de niños ni supersticiones, él sabía muy
bien del poder de aquella cosa y por eso se negó a participar: Una y no más,
santo Tomás. Se quedó dormido escuchando las risas de sus compañeros y amigos.
Eran las once de la mañana cuando
David despertó ese domingo. Se quedó sorprendido de la hora; nunca dormía hasta
tan tarde. Intentó escuchar alguna señal que le indicase que los demás estaban
levantados, al menos los niños deberían estar ya jugando en el patio… pero no
escuchó el menor ruido y eso le extrañó.
Al salir de su dormitorio,
dirección a la cocina, creyó escuchar algo en el salón y se dirigió allí. Al
abrir la puerta se encontró con los cinco niños viendo la tele con el volumen
muy bajo. Fue María, su hija mayor, quien comenzó a hablar en cuanto lo vio
aparecer por la puerta.
- ¡Jo, si que os tuvisteis que
acostar tarde anoche papá! Eres el primero al que se ve el pelo esta mañana… ¡Y
mira que hora es! – dijo señalando el reloj y con cara de enfado – Nos tenéis
muertos de hambre. – los otros cuatro niños asintieron ante aquellas palabras.
- ¡Vale, vale, no me peguéis!
Ahora mismo preparo el desayuno.- la contestó David mientras intentaba poner
una sonrisa fingida para que los niños no se diesen cuenta de aquella extraña
situación y los mandó ir con él a la cocina para ayudarle a poner la mesa y
servir los desayunos.
Mientras desayunaba acompañando a
los niños no dejaba de dar vueltas al motivo por el que no se había incorporado
ninguno de sus compañeros. Es cierto que él nunca se despertaba tan tarde y que
los otros se habían acostado después, y por tanto lo normal es que siguieran
durmiendo. Pero eso sería normal en otro lado, allí no lo era. Pedro se
levantaba siempre muy temprano, se acostase a la hora que se acostase, y más
cuando sus hijos estaban en el chalet; siempre se quejaban de lo temprano que
les hacía levantarse para poder apurar al máximo los dos días cada dos semanas
que tenía para estar con ellos. Y claro, al ruido que formaba, ya obligaba a
todos a ponerse en pie.
Cuando hubieron desayunado,
lavado los vasos y limpiado la cocina, David mandó a los niños a jugar un poco
en el patio aunque ellos regruñeron porque preferían quedarse viendo la tele, a
lo que accedió de mala gana pues hacía una mañana perfecta para jugar fuera.
Decidió ir cuarto por cuarto
despertando a los vagos de sus amigos, tenían planes antes de entregar a los
niños a las madres y se estaba retrasando todo, ya no creía que les diese
tiempo a hacer lo que tenían planeado para ese día.
En su recorrido el primer cuarto
era el de Juan, llamó a la puerta pero no consiguió respuesta ninguna desde
dentro; insistió, pero ésta vez con más fuerzas aunque con los mismos
resultados. Sin respuesta. Una de las reglas que se habían puesto era la de no
entrar ni abrir nunca el cuarto de otro compañero hasta que este les diera
permiso. Pero David estaba empezando a pensar en romper esa regla y entrar ya
que no era normal que Juan no le contestase a esas alturas y con los golpes que
había dado a la puerta. ¿Le habría pasado algo? Se decidió y abrió la puerta a
la vez que lo llamaba… vacío, en el cuarto no había nadie. La cama estaba hecha;
eso quería decir que, o se había levantado muy temprano y no estaba en casa, o
que no se había acostado todavía. Cualquiera de las respuestas era muy extraña.
El siguiente cuarto era el de
Pedro, y los resultados fueron los mismos. Igual que lo fueron en el cuarto de
Mario. Ahora sí que estaba empezando a preocuparse David. Era imposible que los
tres decidieran salir después de su sesión de Ouija. Y más imposible que no
hubieran vuelto ya, sobre todo Pedro. Fue corriendo a su cuarto, cogió el
teléfono y marcó en número de Pedro, estaba apagado o fuera de cobertura, según
le informaba una voz femenina, lo intentó con los otros dos compañeros: uno de
los casos saltó el buzón de voz y en el otro la locución femenina… David estaba
empezando a ponerse de los nervios. No sabía que más hacer para localizarles,
no tenía ni idea de qué estaba sucediendo… pero, de lo que sí estaba seguro es
que algo malo les había sucedido. Sentado en su cama intentando buscar una
respuesta lógica a aquella situación fue cuando escuchó un grito que lo hizo
votar de la cama y salir corriendo pues había reconocido que era Lucia, la hija
mayor de Pedro, la propietaria de ese grito tan intenso.
Al llegar al salón se encontró
con la niña padeciendo un ataque de pánico extremo y cómo los otros niños
estaban absortos mirando hacia el patio. En cuanto llegó a ellos y pudo ver la
escena cerró las cortinas rápidamente y les alejó de la puerta y ventanas que
daban al mismo. Aunque ya era tarde y lo habían visto todo, y todos.
- No pasa nada niños – intentó
calmarles mientras abrazaba a la pequeña Lucia que era quien peor estaba,
quizás llegó a tiempo para que el resto no pudiese ver bien la escena del patio
porque no parecían tan asustados. – seguro que os están gastando una broma los
muy tontos. Quedaros aquí que los voy a regañar por el susto que han dado a
Lucia. María quiero que te encargues, como la mayor de todos, de que ninguno se
asome fuera mientras voy a regañarles ¿Me entiendes? – La niña hizo un
movimiento de cabeza confirmando que sabía lo que su padre quería de ella en
ese momento. – Enseguida vuelvo con los tres de las orejas y os dejaré que les
hagáis cosquilla como castigo por en susto que os han dado.
Cuando David estuvo seguro que
todo estaba en orden en el salón y María se había adueñado de la situación,
dentro de lo que cabría esperar que se hiciese de la situación una niña de
trece años, salió al patio cerrando la puerta tras él.
Sentados alrededor de la mesa se
encontraban los tres amigos, parecían dormidos si no fuese por la posición tan
extraña que tenían sus cuerpos sentados en las sillas. Parecían muñecos de goma
dejados allí sin orden ni concierto: una pierna rodeando en cuello a modo de
bufanda, un brazo atado a la pierna contraria como el nudo que se hace un niño
que está aprendiendo a atarse los cordones, la cabeza puesta en el asiento
mientras el cuerpo retorcido se apoyaba en el respaldo de la silla… pero con
todo eso, lo peor era las cara de sus tres amigos. Tenían los ojos muy abiertos
y a punto de saltar de sus globos oculares y las bocas tan abiertas que sólo
era posible si se hubiesen dislocado las mandíbulas… y esa expresión de
autentico miedo y dolor. Al mirar a la mesa, vio la tabla. Alguien o algo
habían escrito encima de ella con lo que parecía ser sangre aunque ninguno de
sus amigos parecía sangrar o haberlo hecho:
Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir
sus consecuencias
Aterrado
David salió corriendo hacia el chalet para sacar a los niños cuanto antes de
allí. Pero al entrar se encontró con que los niños no estaban solos. Una figura
espectral se movía con rapidez por todo el salón ante los gritos de miedo de
los niños a los cuales fue cogiendo y lanzando contra las paredes y el suelo
con una fuerza tal que solo necesitaba lanzarlos una vez para acabar con sus
vidas.
Cuando David quiso reaccionar ya
era demasiado tarde, los cinco niños yacían muertos por todo el salón y la
figura iba a por él. Intentó escapar pero no le dio tiempo. Sintió algo
gelatinoso asirle del pie derecho y acto seguido salir lanzado con fuerza
contra la puerta de cristal que daba al patio. Cayó de golpe al suelo mientras
escuchaba el estruendo de los cristales al romperse. Le dolía todo el cuerpo
pero estaba vivo, aunque sabía que por poco tiempo; ya que aquello, fuese lo
que fuese, volvería para rematar la faena. Y él deseaba que fuese cuanto antes
pues no quería ser el único superviviente de aquello. Pero no hizo falta que lo
matase la figura espectral. Un gran trozo de crista cayó sobre él a modo de guillotina
partiendo su cuerpo en dos.
David despertó bruscamente
empapado en sudor frío y agitando los brazos como si quisiera espantar a algo o
alguien de su lado. Cuando fue capaz de reaccionar y estabilizar un poco su
cuerpo y su mente se vio rodeado de sus tres compañeros que le miraban
asustados mientras le sujetaban los brazos para que no les hiciese daño en
alguno de esos guantazos que soltaba al aire.
- ¡Estáis todos bien! – Fue lo
primero que pudo hablar al verles - ¡Y los niños, dónde están los niños! ¿Están
bien?
- Tranquilo David. Todos estamos
bien; los niños también. Y tú estabas teniendo una pesadilla ¡Y de las grandes
por lo que se ve!
- ¡Joder! Si que lo ha sido –
habló ya algo más tranquilo, pero todavía notando su corazón acelerado – no lo
sabéis bien – se abrazó a sus amigos con fuerza – os he visto muertos a todos,
incluso a mí.
- ¡Ostia puta! – Soltó Mario – sí
que ha sido fuerte esta vez entonces.
- Sí, y todo por vuestra bromita
de anoche con la puta tabla de Ouija de los cojones.
- ¿De qué estás hablando?
¿Todavía estás con la pesadilla? – Era Juan quien hablaba ahora con cara de
sorpresa y preocupación por su amigo – Anoche estuvimos tomando unos cubatas
los cuatro en el patio y luego nos fuimos a acostar ¿No lo recuerdas?
- No, eso no es así. Tu mismo –
dijo señalando a Juan – fuiste quien lo propusiste aprovechando que tu hijo se
dejó una tabla aquí la semana pasada.
Los tres amigos le miraron
extrañados y todos aseguraron que eso debía ser parte de su pesadilla pues pasó
lo que dijo Juan. Además le aseguraron que allí nuca había entrado un trasto de
ese tipo; y menos traído por el hijo mayor de Juan ya que era la persona más
miedosa que conocían.
Cuando vieron que encontraba
mejor y más calmado, lo dejaron solo para que se vistiese y bajase a desayunar con
todos antes de ir al centro a pasar la mañana con los niños.
Al llegar al patio, donde niños y
mayores se encontraban sentados degustando en desayuno, David soltó un suspiro
de alivio al ver a sus hijas riendo y sanas. No pudo evitar ir, una por una,
abrazándolas y diciendo que las quería mucho. Mientras el resto lo miraba con
cara de sorpresa y sin entender nada.
El día se desarrolló con
normalidad y de nuevo estaban los cuatro amigos solos en el chalet, después de
que los niños hubiesen regresado con sus madres. Se encontraban tomando unas
cervezas en el patio antes de cenar. Con la excusa de ir al baño David entró y
se dirigió al cuarto donde dormía el hijo de Juan los fines de semana que
estaba con ellos. Allí se puso a buscar hasta que, en el cajón de la mesa de
escritorio, encontró lo que buscaba… la tabla de Ouija. La sacó, y después de
mirarla, la dejó caer al suelo cuando leyó lo que había escrito en ella:
Nadie juega y se ríe de los muertos sin sufrir
sus consecuencias
Regresó corriendo para pedir explicaciones pero no encontró
a nadie en el patio, ni en el salón, ni en la cocina, ni en ninguno de los
cuartos… estaba únicamente él en el chalet. Sintió pánico, de nuevo ese fin de
semana, y fue corriendo para salir de aquél sitio cuanto antes.
Al abrir la
puerta que comunicaba con la calle se vio rodeado de una luz cegadora que le
daba de lleno en los ojos y no permitía que viese nada a la vez que escucha lo
que parecía el martillear de armas de fuego listas para ser disparadas y unas
voces que ordenaban salir con las manos en alto y sin oponer resistencia. Él
continuó camino a la luz sin detenerse y esperando recibir un disparo en
cualquier momento, pero nada de eso sucedió. Dejó atrás el foco que lo
deslumbraba y se dio media vuelta para ver que estaba pasando.
No era a él
a quién apuntaban los focos y las armas, aunque sí era en dirección al chalet. Un
enjambre de policías entraba en tropel al mismo. Al instante empezaron a oírse
sirenas de ambulancias llegar, y al personal que venía en ellas salir a la
carrera dentro. David estaba tan impresionado que no se dio cuenta de que su
presencia había pasado desapercibida a pesar de que cruzó por medio de los
agentes. Incluso ahora nadie reparaba en su presencia. Pero él no hizo nada
para que le viesen y siguió contemplando la escena, de película, que tenía ante
sus ojos.
A los pocos
minutos de entrar, la policía salió con Mario esposado y forcejeando con ellos
mientras gritaba; <<Juro por Dios
que no he sido yo. Soy incapaz de hacer eso a mis amigos y a los niños. Ha sido
el espíritu que despertamos jugando a la Ouija. ¡Lo juro! El los ha matado a
todos. No estoy loco. Búsquenlo, todavía debe andar por la casa. Es malo.
Ustedes están en peligro también>>. Lo introdujeron en un coche
patrulla que arrancó a toda velocidad haciendo sonar la sirena.
David
volvió corriendo a entrar, seguían sin poder verlo, y recorrer todas las
estancias del chalet… donde encontró la escena que había soñado la noche
anterior: sus amigos muertos en el patio, excepto Mario y los cuerpos de los
niños esparcidos sin vida por todo el salón, todo igual menos en una ligera
diferencia. En su cuarto estaba él sentado a la mesa del ordenador… pero
muerto. Le habían cortado el cuello de oreja a oreja.
En esos momento
fue cuando notó una presencia extraña y fría a sus espaldas. Se dio la vuelta y
vio a Pepe, su compañero de colegio, que murió en extrañas circunstancias hacía
veinte años, después de haber realizado una sesión de Ouija que había salido
mal, junto a otros amigos, entre los que se encontraba David… y entonces
comprendió todo.
Pepe había estado esperando todos
aquellos años a que cualquiera de los que estaban presentes el día que murió, o
algún allegado a ellos lo hiciese, para vengarse por no ayudarlo cuando
suplicaba mientras moría a manos del espíritu de una mujer en aquella sesión
maldita.
Se acercó a Pepe, se saludaron y
le preguntó por qué había dejado con vida a uno de ellos, a lo que él le
contestó <<Alguien tiene que quedar
con vida para contar lo sucedido e impedir más muertes>>.
Después de esto ambos fueron
dirección a la tabla Ouija donde los esperaba una puerta de luz en la cual se
introdujeron desapareciendo hasta… quién sabe cuando.
LA TABLA OUIJA by
Paco Muñoz Hidalgo is licensed under a
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