miércoles, 25 de mayo de 2016

LA NUEVA FAMILIA

Roberto estaba encantado con su nuevo piso; aunque toda la familia y amigos le habían aconsejado no comprarlo. Era cierto que allí habían matado a un matrimonio y su hija pequeña hacía poco más de dos años: fue un intento de robo frustrado; mataron al matrimonio para que no pudiesen reconocerles, y a la niña, de tres meses, porque la madre la tenía en brazos cuando le dispararon.
Pero de eso a pensar que los espíritus de la familia seguían estando en aquél piso y que por las noche todavía se los oía hablar y a la niña llorar, como decían todos en el barrio, iba un trecho muy grande, y más para alguien como Roberto; él no creía en todas esas cosas de fantasmas, reencarnación y supercherías similares: Él únicamente sabía de números.
Y, gracias a las creencias populares, se había hecho propietario de un piso con doscientos metros cuadrados: cuatro habitaciones, dos baños y una terraza de treinta metros cuadrados… y todo por el módico precio de sesenta mil euros cuando, en condiciones normales; por tamaño y zona donde estaba ubicado, no hubiese podido comprarlo ni en sueños.

En la semana que llevaba viviendo allí a los únicos que escuchó hablar eran sus amigos; los pocos que se atrevieron a visitarlo, pues la gran mayoría, familiares incluidos, no habían pisado el piso. Y lo más parecido a un llanto fue su amante ocasional cuando llegó al orgasmo, por lo demás; ni un solo ruido fuera de lo normal en los pisos  donde las paredes parecían de papel y podías escuchar por la noche hasta el pedo que se tiraba el vecino.
Estaba encantado con su adquisición y se reía de la suerte que tuvo al conseguirla tan barata. <<Gracias queridos ignorantes. Creyentes de espíritus, demonios, almas en pena y demás tonterías. Vosotros me habéis regalado este excelente piso. ¡Seguid con vuestras burdas tonterías mientras yo disfruto del mejor piso del barrio!>> pensaba mientras se reía a carcajadas esa noche; la primera en la que no había organizado una fiesta, ni llevado a ninguna mujer: quería descansar un poco; el cuerpo le pedía una noche de relax.
Después de una cena ligera; pedida por teléfono a un chino, ya que lo suyo no era la cocina, y ver una peli en su pantalla de cincuenta pulgadas, otra ventaja de tener un salón tan grande; decidió acostarse ya que tenía que madrugar. No tardó nada en caer en brazos de Morfeo.

Un golpe fuerte y sordo lo despertó; más bien lo hizo botar en la cama y quedarse un rato escuchando para intentar averiguar su procedencia. Miró al despertador que marcaba las 2:46 horas, llevaba tres horas dormido. No volvió a escuchar nada y pensó que habría sido algún vecino por lo que volvió a tumbarse y quedar dormido.
Otro golpe volvió a despertarle; ésta vez más fuerte, parecía que había sido en su propio dormitorio: el despertador marcaba las 3:05 horas. Encendió la luz y se puso a mirar hacia todos lados… nada, todo tal y como debía estar. <<¡¡Joder!! ¡¡Vaya nochecita!! A ver si me dejan dormir tranquilo de una vez>> Volvió a apagar la luz y disponerse a dormir cuando comenzó a escuchar a dos personas hablando; pero no despacio como era de esperar a aquellas horas, no; hablaban con un tono de voz normal.
Eso terminó de crispar los nervios de Roberto; se levantó he intentó averiguar quienes eran los que hablaban así a aquellas horas: Iba a ir a su piso y quitarles las ganas de volver a hacerlo. Puso atención para saber de donde venía la conversación y se quedó asombrado al intuir que era de su propio salón. Aunque eso era imposible ya que estaba solo; por lo que pensó que vendría del rellano de la escalera: alguna pareja que se estaba despidiendo, seguro, pues se disponía a hacer menos agradable la despedida.

Con paso firme salió del dormitorio en dirección a la puerta de entrada, con intención de armar bronca, pues estaba de muy mala leche ya. Mientras caminaba por el pasillo, dirección al salón (desde donde se accedía a la puerta de entrada) las voces se iban haciendo más audibles y se podía escuchar la conversación; cosa que lo hizo detenerse en seco y escuchar lo que se decían: definitivamente era la voz de un hombre y una mujer.
- No podemos hacer nada cariño – decía la mujer como queriendo tranquilizar a su interlocutor.
- ¡Claro que podemos! – respondió la voz masculina; una voz que parecía de alguien bastante enfadado.- Ese hombre ha entrado en nuestra casa y se ha apoderado de ella. Duerme en nuestro cuarto. Hace fiestas en nuestro salón y despierta a la niña cada dos por tres.
- Lo sé mi amor.- la mujer seguía intentando aplacar el cada vez mayor enfado del hombre.- A mí también me gustaría volver a estar los tres solos.
Roberto se asomó al salón con cuidado y al mirar en su interior se encontró a una pareja sentada en el sofá hablando.
- ¿Quién hay ahí? – Gritó – He llamado a la policía, así que más os vale salir corriendo.
Al escucharlo la pareja desapareció como por arte de magia. Entonces entró en el salón, no sin algo de miedo, y comprobó que allí no había nadie. Todo se encontraba tal y cómo lo dejó antes de acostarse: la lata de cerveza y el plato encima de la mesa y los envoltorios de comida tirados por el suelo. Nada hacía indicar que alguien hubiera estado allí; nada salvo el hecho de que él vio perfectamente al hombre y la mujer.
<< Me debe haber sentado mal la cena. Mira que siempre digo que nunca más voy  pedir comida china para cenar>>. Se volvió sobre sus pasos para regresar al dormitorio con la esperanza de que esa fuese la última vez que se despertase aquella noche.
            Pero a mitad de camino le pareció escuchar el llanto de un niño pequeño proveniente de una de las habitaciones. Se dirigió hacia ella, y al abrir la puerta… se encontró con una cuna donde una niña, de unos tres o cuatro meses, lloraba y pateaba sin parar. Roberto empezó a restregarse los ojos, para comprobar si lo que estaba viendo y oyendo era real, y cuando terminó y los volvió a abrir… se encontró con una habitación vacía, como debía estar, y no se escuchaba un solo ruido.

            Un poco enfadado consigo mismo, se encaminó de nuevo a su dormitorio, deseando quedarse dormido cuanto antes y jurando que ésta sí era la última vez que pedía comida china para cenar.
            Al entrar vio al hombre y la mujer del salón tumbados en la cama con la niña en medio de los dos. Su primer pensamiento fue el de salir corriendo de allí inmediatamente; y es lo que habría hecho si la puerta no se hubiese cerrado de golpe a sus espaldas, y si hubiese podido abrirla; pero le resultó imposible, era como si hubiesen cerrado desde fuera con algún cerrojo, por más fuerza que ponía la puerta no se abría ni un milímetro. Mientras, a su espalda, escuchaba cómo se reía la pareja viendo sus esfuerzos por salir de allí.
            Decidió echarle valor y darse la vuelta; hacer frente a lo que fuese que estaba en su cama. Al hacerlo la pareja dejó de reír y se quedaron mirando a Roberto antes de que el hombre comenzase a hablar en tono enfadado.
            - ¿No sabes que este es nuestro piso? ¿Qué estás invadiendo la intimidad de una familia?
            - Y tú… vosotros – sin saber el motivo Roberto estaba gritando; quizás con la esperanza de despertar al vecino de al lado y que este aporreara la pared y ese fuese el conjuro para deshacerse de aquella pesadilla: porque pensaba que todo se trataba de eso, una simple y puñetera pesadilla.- ¿No sabéis que éste es ahora MÍ piso, no el vuestro, quienes quiera que seáis? Porque si sois la familia a la que mataron, lo siento mucho pero este no es ya vuestro sitio.
            La pareja comenzó a levitar por el dormitorio con movimientos rápidos: rodeando a Roberto mientras este intentaba zafarse de ellos moviendo los brazos y manos de modo convulsivo; como si estuviese espantando moscas.
            En un momento dado, la pareja se detuvo en seco frente a Roberto; quedando caras contra cara. Unas caras que ahora eran borrosas, con extrañas muescas allí donde debían estar las caras; y unos horripilantes puntos de sangre en lugar de ojos.
            Las dos almas: hombre y mujer, se lanzaron directos a Roberto; al que solo le dio tiempo a lanzar un grito antes de sentir, dentro de su cuerpo, cómo se movían aquellas cosas produciendo un gran dolor en cada milímetro de su piel; en esos momentos cayó al suelo: derrotado.
           
            El despertador sonó a las 6:00 horas. Roberto se despertó sobresaltado y empapado en sudor. Se incorporó e intentó ubicarse; estaba en su cuarto, en su habitación, en su cama. Empezó a tocarse por todo el cuerpo pero no le dolía nada, al revés, se sentía mucho mejor que nunca; parecía haber tenido un sueño reparador, aunque no era eso lo que recordaba. << ¡La madre que me parió! ¡Menuda pesadilla! Como alguien me vuelva a hablar una sola vez de fantasmas, le meto una ostia que lo mando a Marte antes que la Nasa. >> pensó mientras se levantaba e iba al baño para darse una ducha.
            Listo para marchar a trabajar, y más tranquilo ya, se para salir… pero no pudo abrir la puerta que se negaba a abrirse por más fuerza que hacía. Un extraño miedo comenzó a apoderarse de él; temblaba y sudaba del mismo modo que cuando despertó hacía un rato. Se detuvo unos segundos e intentó relajarse; entonces se dio cuenta de que la llave seguía echada y un golpe de risa se apoderó de él: << ¡Serás imbecil! >>. Ahora la puerta si se abrió sin problemas; pero Roberto no fue a parar al rellano, como era normal que pasase: se encontró de pronto en un cuarto donde su familia lloraba desconsolada; al igual que amigos y conocidos permanecían en un silencio completo mientras miraban algo que había detrás de unos cristales.
            Nadie parecía haber notado su presencia. Se acercó a su amigo Juan para preguntar qué pasaba; aunque estaba frente a él, lo hablaba y su brazo tocaba en hombro de su amigo, este ni se inmutó; parecía no verle, no sentir su contacto. Lo intentó con tres personas más: el mismo resultado. Aquello comenzaba a darle miedo, mucho miedo… así que se propuso descubrir lo que había detrás de aquellos cristales sin ayuda de nadie. Según avanzaba se detuvo al escuchar la voz de su madre entre llantos:
            - Se lo dijimos. Le avisamos que no era buena idea comprar ese piso… ¡pero tan cabezota como siempre!, no hizo caso. Lo único que le importaba era lo barato y grande. “No pasa nada. Allí el único fantasma que va ha habitar soy yo” decía riéndose.
            - No se torture madre.- Era su hermana Carla quien hablaba mientras no dejaba de abrazar a la madre.- Ya le dijeron lo médicos y el informe forense que fue un infarto al corazón.
            - Pe… pero esa cara, esa cara es de alguien que…- La madre no pudo seguir hablando ya que el llanto se apoderó por completo de ella.
            Roberto quiso hablar con su hermana; pero obtuvo el mismo resultado que con sus amigos, así que siguió caminando hacia el cristal. Y al mirar detrás de ellos se vio a él mismo metido en un ataúd: vestido con un traje que no recordaba tener. Su cara era blanca como la nieve y, aún con los ojos cerrados, dejaba ver los rasgos de alguien que habían muerto a causa de un gran miedo o dolor repentino; o quizá, las dos cosas a la vez.

No pudo soportar verse allí metido durante mucho tiempo y salió corriendo; abrió la puerta por la que había entrado en aquel velatorio… y se encontró de nuevo en su piso donde todo se encontraba tranquilo. Se metió en la cama sin ser capaz de digerir lo que acababa de ver e intentó conciliar el sueño, pero el llanto de una niña en la habitación de al lado se lo impidió.

Dicen los vecinos del piso que por las noches se suele escuchar a dos hombres y una mujer; hablando cual si estuviesen jugando, o comentando algún partido de fútbol o película: mientras una niña pequeña llora en otra habitación.

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martes, 17 de mayo de 2016

EL VALOR DE UNA MUJER

Federica trabajaba en el servicio de limpieza de una empresa de ocho de la tarde a tres de la madrugada. Eso la permitía estar todo el día con sus dos hijos: Amancio de dos años y Vanesa de cuatro.
            Por las noches era la madre de Federica la encargada de cuidarlos. Jacinta, la madre de Federica, vivía con ellos; más bien eran ellos quienes vivían con Jacinta desde que Federica abandonase a su marido tras la última paliza que casi la dejó sin vista en el ojo derecho.
Ahora él estaba en libertad provisional, hasta que se celebrase el juicio, y tenía una orden de alejamiento que lo impedía acercarse a menos quinientos metros de su mujer e hijos. Pero se había quedado a vivir en su piso de siempre ya que no disponía de familiares ni recursos para vivir en otro lugar; trabajaba de seguridad en la misma empresa que su mujer y fue despedido en cuanto los jefes se enteraron de que era un maltratador. <Mala imagen para la empresa>, le dijeron.
Por lo que habían tenido que ser Federica y los niños quienes se fuesen, ya que ella tenía a su madre viviendo en el pueblo vecino. Y además, lo prefería así porque ¿Quién mejor que la abuela para cuidar de los niños mientras ella trabajaba?; aunque eso supusiese tener que conducir cada día cincuenta kilómetros para ir y venir a trabajar.

Aquella tarde, cuando aparcó para entrar a trabajar, la pareció ver a Amancio, su todavía marido aunque ya había comenzado los trámites del divorcio, tras unos setos. Eso la asustó un poco pues le tenía miedo; mucho miedo. Al salir del coche miró por todos lados, alerta, por si volvía a verlo, pero no fue así. De todas maneras caminó alerta los escasos cincuenta metros que separaban su coche de la puerta de entrada al trabajo. Al llegar preguntó al de seguridad si había estado allí Amancio. O si lo había visto rondar por el parking o la calle; pero el vigilante no lo había visto desde que le despidieran. Aunque aseguró a Federica que tendría los ojos abiertos por si le viese y avisaría al compañero de noche para que hiciese lo mismo y la acompañase hasta el coche cuando ella saliese de trabajar, cosa que le agradeció mucho y fue más tranquila a cambiarse para comenzar una nueva jornada.
La jornada transcurría normal, como cualquier día. Pero algo la inquietaba; la hacía estar intranquila. Las horas parecían pasar más lentas que de costumbre. Era como si algo en su interior la estuviese mandando una señal de peligro. Tres veces llamó a casa de su madre en dos horas para preguntar si todo iba bien; y todo marchaba de maravilla por allí. No sabía porqué pero ver a Amancio allí, no tenía dudas que era él aunque fuese la única que lo vio, alteró sus nervios. Lo conocía bastante bien y sabía que no estaría muy contento con el cambio que dio su vida cuando ella lo denunció después de seis años de maltrato; sabía que no se quedaría de brazos cruzados esperando el juicio o los papeles del divorcio. Muchas eran las veces que la había dicho en esos seis años que: < Como se te ocurra denunciarme o marcharte, no pararé hasta que te vea muerta. A mí me arruinarás la vida, pero no vivirás para disfrutarlo > Y le conocía bastante como para saber que no hablaba en broma.
A pesar de la orden de alejamiento, Federica seguía teniéndolo mucho miedo. Y vivía cada día pensando en lo que estaría preparando para llevar a cabo su amenaza. Ante su madre, sus amigos, sus hijos y sus conocidos hacía ver que estaba bien y era feliz de estar alejada de Amancio. Pero en su interior siempre se encontraba en guardia y con miedo: Aquella noche más que de costumbre. Tenía el presentimiento de que debía volver a casa de su madre cuanto antes; por ello fingió estar enferma y se marchó del trabajo a las diez de la noche.

Tal cómo le había prometido el de seguridad, su compañero comentó que no había visto a Amancio en el rato que llevaba trabajando y se ofreció a acompañarla hasta el coche; cosa que ella agradeció sinceramente pues temía que la interceptase su marido en tan corto recorrido. Una vez dentro arrancó y dio las gracias al de seguridad antes de partir camino a casa. Cuando paró en el Stop, para incorporarse a la carretera, notó como algo la pinchaba en el costado derecho y al mirar vio una mano sujetando un cuchillo. De repente se vio con la boca tapada por otra mano y por el espejo retrovisor la cara de Amancio.
- No hagas nada raro o te mato aquí mismo – La voz de su marido intentaba ser calmada – Te voy a soltar la boca. Vas a arrancar como si no pasase nada y ya te diré donde vamos en cuanto nos alejemos un poco de aquí. ¿Has entendido?
Federica contestó afirmativamente con la cabeza. Amancio quitó su mano de la boca de ella, y con un gesto, la indicó que siguiese. De lo nerviosa que estaba casi se le para el coche. El cuchillo seguía en el mismo lugar; lo notaba en su piel a través de la camiseta de verano que llevaba puesta.
- ¡Que quieres! – Lo gritó, más por los nervios que por valor.
- A mi no me levantes la voz. – Contestó él como si estuviese teniendo una amigable conversación con ella. – O te clavo esto hasta que note el tope del cuchillo en tu carne.
- Perdón. No quería gritarte, son los nervios. ¿Qué quieres? – Volvió a preguntar pero esta vez haciendo un gran esfuerzo por parecer tranquila. Pensó que hablarle con dulzura podría ser mejor para ella que enfadarlo más de lo que seguro estaba.
- De momento quiero que conduzcas hasta casa de tu madre – Federica comenzó a temblar más y el miedo se fue convirtiendo en pánico según lo oía hablar. – Allí la llamas por teléfono y le dices que saque a los niños al coche… y cuando estén dentro sigues conduciendo. Y no intentes nada raro porque ya he perdido todo y me han dicho que en la cárcel no se vive tan mal. ¡Entendido!
Un sí con la cabeza fue todo lo que acertó a decir Federica ante aquella aterradora propuesta de su marido. <Bien está que me quiera matar a mí, pero no voy a permitir que les haga nada a los niños. Antes me mato y lo mato estrellando el coche contra un árbol. ¡Juro por Dios que lo hago! Piensa Fede (Así era como la llamaba todo el mundo para abreviar). Tienes que hacer algo antes de llegar a casa de madre. No permitas que los niños se suban al coche con este loco. Luego será más difícil intentar algo para escapar. ¡Vamos! ¡Piensa algo idiota!>.
Y entonces fue cuando se la ocurrió. Sacó el teléfono con cuidado, le lo puso entre las piernas y, muy nerviosa fue capaz de marcar el número de su madre sin que su marido se diese cuenta. Sólo esperaba que Amancio no se hubiese dado cuenta de la luz del teléfono y que no se escuchase la voz al otro lado cuando contestase. Por suerte no pasó ninguna de las dos cosas y cuando se aseguró que alguien estaba al otro lado de la línea, comenzó a hablar.
- Amancio por favor, no hagas nada a los niños. Yo llamaré a mi madre para que los baje al coche. Haré todo lo posible para que ella no se acerque ni se extrañe. Luego iré contigo y los niños donde quieras. Pero te ruego por Dios que no les hagas nada.
- ¿Quién te crees que soy? ¿Un puto sicópata asesino? – La voz de Amancio sonaba ahora enfadada. – Lo único que quiero es marcharme lejos de aquí con vosotros, mi familia, y comenzar de nuevo.

Jacinta estaba a punto de colgar el teléfono cuando comenzó a escuchar hablar a su hija con Amancio y comprender lo que pasaba. Colgó rápido y entre nervios logró llamar al 112 y explicar todo a la persona que la atendía. Se la hizo eterno los cinco minutos que tardó en explicar todo a su interlocutora: Los malos tratos, la orden de alejamiento y la inquietante llamada de su hija.
Desde el otro lado intentaban tranquilizarla mientras ponían los hechos en conocimiento de la Guardia Civil, que era la encargada de actuar en el pueblo. Antes de que colgase el teléfono llamaron a la puerta de casa. Era una patrulla que ya se había personado allí. Esta vez no hizo falta que contase nada pues la Guardia Civil conocía muy bien en caso de su hija.

Mientras tanto el coche estaba cada vez más cerca del pueblo y Federica solo tenía en mente la esperanza de que su madre hubiese escuchado algo; que pudiese haber avisado. Que los estuviese esperando la Guardia Civil al entrar al pueblo y la sacasen de aquél infierno. Pero tomó el desvío y allí no había ningún coche con luces ni nada que hiciese pensar que la iban a liberar antes de que sus pequeños montaran en el coche. Eso la desanimó e hizo que comenzase a planear otra cosa. Pero era difícil pensar con tu maltratador sentado detrás y un cuchillo pinchándote en el costado.
Se acercaban a la calle donde vivía con su madre y sus hijos; ni un solo coche de la Guardia civil; ni siquiera el de los municipales que a esas horas solía estar aparcado en la plaza. < Que raro, no está el coche de los municipales. A lo mejor mi madre sí ha escuchado y están colaborando con los civiles. ¡Que va! El coche no está aquí porque se lo habrá llevado el Sebas, como suele hacer algunas noches, para sus asuntos personales. Ya veo que estoy sola en esto y llegando a casa. ¡Piensa Fede, piensa! >.
Pero nada se la ocurrió en tan poco tiempo como había desde la plaza a la calle donde vivía y que ya había encarado. Al llegar a la altura de la casa de su madre Amancio la hizo señas para que detuviese el vehículo; lo que ella hizo al instante. Pero, para sorpresa de su marido, ella intentó abrir la puesta y saltar; y consiguió abrir, pero no salir. Se había olvidado que llevaba puesto el cinturón de seguridad hasta el momento en que intentó salir y este se lo impidió; dejándola clavada en el asiento. Amancio, recuperado pronto del susto inicial, la dio un bofetón desde atrás y presionó un poco más el arma contra la carne de su mujer.
- ¡Vaya, vaya! Con que intentando escapar ¿Eh? – su tono, que comenzó siendo de susto, se fue tornando duro y enfadado. – Eres inútil hasta para eso Fede. Espero que sea la última tontería que se te ocurre hacer, si es que quieres vivir para ver crecer a nuestros hijos. Ahora llama a tu madre y dile que saque a los niños. Pero que vengan ellos solos al coche. ¡VAMOS!
Fede tomó el teléfono con pavor a realizar esa llamada. La llamada que podría suponer meter a sus hijos en aquél infierno. Pero no tenía otro remedio. Marcó y esperó.

- Eres una pesada, hija. Los niños están ya acostados y bien. Así que quédate tranquila y termina de trabajar relajada.- Aunque la voz de Jacinta pretendía ser lo más normal posible, no podía evitar que la temblase un poco ya que todo su cuerpo estaba temblando mientras contestaba a su hija delante de dos agentes de la benemérita.- Yo voy a ver la tele un rato antes de acostarme.
- ¡Mamá, mamá! – Ella también intentaba ser lo más normal posible en su tono de voz. – No te llamo por eso. Es que hoy he terminado antes y me gustaría llevar a los niños a dar una vuelta para que vean los fuegos artificiales de Bablanca (Pueblo cercano en el que estaban de celebraciones por las fiestas patronales).
- Pero si ya están acostados y seguro que dormidos ¿Cómo quieres que los saque ahora de la cama? ¡Tú estás loca!
- Tienes razón mamá. No sé en qué estaría yo pensando. Aparco y estoy en casa en cinco minutos.

Dicho esto Federica colgó ante la incredulidad de su madre y los agentes allí presentes y los ojos inyectados en sangre de su marido que presionó un poco más el arma contra ella. Ahora sí, notó como el cuchillo penetraba un poco en su cuerpo mientras Amancio hacía un esfuerzo por contenerse y no clavárselo del todo.
- ¡Que coño acabas de hacer! ¡Tu quieres morir ahora mismo! – Amancio hablaba a gritos – Vuelve a llamar a tu madre o te mato aquí mismo.
- Mátame si quieres. – La voz de Federica era tranquila; como la de una persona que ha tomado una decisión y está tan segura de ella que se permite relajarse.- Pero no te vas a quedar con mis hijos ¡Desgraciado! Ya he sufrido mucho a contigo y no pienso seguir haciéndolo más. Prefiero estar muerta a tener que pasar un segundo más con miedo a tu lado. Y mis hijos tampoco tendrán que sufrirte porque vas a estar en la cárcel, esa donde dices que se vive tan bien. Ahora eli…
Federica no pudo terminar la frase porque sintió cómo de golpe se clavaba en ella el enorme cuchillo que la había estado pinchando aquella noche. Notó la sangre salir a borbotones de su cuerpo a la vez que se quedaba sin fuerzas y los ojos se le iban cerrando. El último pensamiento que tuvo, antes de caer en la oscuridad absoluta, fue el de cinco horas antes; viendo jugar a sus hijos en el parque, felices, mientras ella los miraba con la cara de orgullo que solo una madre puede tener a ver la felicidad de unos hijos.

Desde que Federica colgase a su madre, la cosa fue muy rápida pues los guardias sabían que era cuestión de segundo que Amancio hiciese algo contra ella. En un abrir y cerrar de ojos salieron de entre los coches cercanos seis agente corriendo en dirección al coche, golpearon los cristales de las ventanas para aprovechar el factor sorpresa, y esos pocos segundos que les daría, para abrir las puertas e interceptar a Amancio. Esperaban que, con suerte, no le diese tiempo para hacer nada a su esposa.
Pero llegaron únicamente unos segundos tarde; cuando tuvieron a Amancio neutralizado se dieron cuenta de la sangre que manaba del cuerpo de Federica. Enseguida la sacaron del coche e intentaron taponar la herida haciendo presión sobre ella con la chaqueta de uno de ellos. Por suerte tenían avisada a una ambulancia con su correspondiente equipo médico por si algo salía mal, como había salido, y en un minuto ya la estaban atendiendo en el suelo. Pero la herida era muy profunda y no había manera de parar la hemorragia.

Dos meses después la plaza del pueblo estaba abarrotada de vecinos y forasteros que se habían enterado de la noticia por medio de la prensa. Jamás se había visto la plaza tan llega como estaba esa tarde. Todo el mundo pendiente a que se abriese el balcón del ayuntamiento, expectantes.
En esos momentos se abrió la puerta que daba acceso al balcón y todo el ruido de voces cesó de forma repentina. Nadie hablaba. Todos miraban en aquella dirección.
La primera en salir fue Jacinta junto a sus dos nietos. La gente seguía en silencio, expectante.
A los pocos segundo asomó al balcón Federica; y la plaza estalló en un aplauso atronador ante su vecina más famosa y valiente: Aquella que estuvo muy cerca de la muerte por proteger a sus hijos de un marido maltratador, de una vida incierta. Aquella que luchó; como solo saben luchar los que saben que dejan mucho por hacer en esta vida. Y había conseguido vivir, aunque fueron algunas las veces que la dieron por muerta.
Allí estaba, recuperada por completo, Federica; recibiendo el homenaje de su pueblo por su valentía al hacer frente a Amancio y por haber ganado la pelea contra la muerte. Ella saludó y mandó besos a todos los allí presentes antes de coger a sus dos hijos en brazos y abandonar el balcón para dirigirse a casa junto con ellos y su madre para comenzar una nueva vida. Una vida llena de esperanzas e ilusiones donde no había cabida para el miedo o el dolor.

© Paco Muñoz Hidalgo
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jueves, 12 de mayo de 2016

ENCUENTRO FORTUITO

A sus 45 años Iván había conseguido todo lo que quería. Muchos no comprendían su filosofía pero eso le importaba más bien poco; por no decir nada.
            No es que tuviese tanto dinero como para permitirse no volver a trabajar nunca más; para nada. De hecho tenía un trabajo “normalito”, con un sueldo “normalito”; pero que le dejaba mucho tiempo libre para disfrutar de la vida. De trabajar para vivir, y no vivir para trabajar.
            Nada lo ataba a un lugar o cuidad en concreto; pues nada tenía. Vivía de alquiler en un pequeño piso de poco más de treinta metros cuadrados; de los cuales le sobraban la mitad. Usaba siempre un pequeño coche; que también era de alquiler por meses. Nada tenía suyo salvo la libertad de saber que nada lo ataba a un determinado sitio o lugar. Una sensación que pocas personas podían tener; la de sentirse libre de todo y todos.
En tiempos tuvo una novia con la cual se sentía bien; y creía que feliz, hasta que ella quiso dar un paso más en la relación. Ese fue el momento en que Iván decidió cortar la relación; apreciaba demasiado su libertad. No quería ataduras de ninguna clase ni nadie que invadiese su espacio por más de dos o tres horas al día.

Era feliz viviendo de esta manera. La soledad; el precio que debía pagar por ello, pero era un precio tan pequeño en comparación con los beneficios que obtenía que no le importaba lo más mínimo.
Sólo en situaciones puntuales: como la de sentarse a tomar un refresco en una terraza abarrotada, echaba en falta la compañía de otra persona. Pero no porque la necesitase de verdad, no, sino por la cara de los camareros al verlo ocupar una mesa él solo, mientras grupos de personas se tenían que marchar porque no tenían donde sentarse. Cosa que le estaba sucediendo esa noche calurosa de agosto sentado en una de las muchas terrazas de la Plaza de Santa Ana.
Desde detrás y asustándolo, le llegó una voz femenina: << ¿Puedo sentarme con usted en la mesa? >>. Iván volvió la mirada y se encontró con una mujer un poco más joven que él: pelo negro largo y alborotado, mirada hundida detrás de unas gafas de pasta; cara de alguien que en su mejor momento debió ser muy guapa, pero que ahora estaba demacrada por una vida que no debe ser muy buena: vestida con una vieja camiseta, un raído pantalón de chándal y una viejas y rotas zapatillas de deporte. Era una de las muchas mujeres y hombres que, aprovechando la multitud de gente en las terrazas de la plaza, se dedicaban a ir pidiendo de mesa en mesa con la esperanza de poder sacar algo de dinero con el que comprar una dosis de droga.
Algo mosqueado, ante tan extraña petición, Iván tardo unos segundos en reaccionar hasta que accedió a que la mujer se sentase con un gesto de su mano y sin dejar de mirarla. Ella tomó asiento ante la mirada de desprecio de las personas de las mesas cercanas. Las cuales enseguida pusieron a salvo todas sus pertenencias. La mujer les miraba con aire triste mientras Iván sintió un poco de rabia hacia aquellas personas que juzgaban antes de conocer. Aunque pensado bien, era normal esa reacción ya que él mismo se había asegurado, de forma totalmente automática y mecánica de poner la cartera y el móvil a buen recaudo mientras ella se sentaba. Y ahora que se daba cuenta de ello.
No es que le hiciera mucha gracia tener sentada a su mesa a aquella extraña; sólo lo hizo para dejar que los camareros viesen a alguien más allí sentado y dejasen de echar esas miradas “asesinas” sobre él. No tardó uno de ellos en acercarse a la mesa para ver si quería tomar algo la recién llegada. Iván tampoco tenía pensado invitarla a tomar algo; pero ya no quedaba más remedio.
- ¿Qué quiere tomar? – Preguntó a la mujer que permanecía en silencio. Ella hizo un gesto negativo con la cabeza – Sí mujer, toma algo, te invito.
- Bueno. Si no es mucho pedir y aprovecharme de usted… - Hablaba con un susurro. Parecía temerosa a soltar las palabras, y siempre con la mirada hacia la mesa – Tengo más hambre que sed. ¿Puedo pedir un bocadillo?
 - Pida lo que apetezca, invito encantado.
La mujer pidió un montado de lomo y una cerveza sin alcohol ante la atenta mirada de Iván que creyó reconocer ese rostro; esos ojos que ahora miraba bien por primera vez desde que ella se sentó; y ese dulce y relajante tono de voz. << Yo te conozco de algo, lo sé. Tus “pintas” me dicen que eres una vagabunda o drogadicta; o las dos cosas a la vez; o quizás una puta barata de las que tanto rondan por estas calles aledañas; o las tres cosas a la vez. Pero tu forma de mirar y hablar; esa educación que emanas: eso me dice que en algún momento de tu vida fuiste una mujer elegante. Seguro que con buen trabajo. Y me resultas conocida. Aunque ahora no soy capaz de ubicarte. >> Esperó a que marchase el camarero a por el pedido antes de comenzar a entablar conversación con ella.
- Me llamo Iván. ¿Y tú?
- Si no lo recuerdas, prefiero quedar en anonimato – contestó ella con ese mismo tono de voz casi susurrante. – Siempre que no te importe.
- Eso quiere decir que me conoces; que nos conocemos. – añadió Iván, algo extrañado con su respuesta, a la vez que ponía más atención a la mujer; a la vez que su mente empezaba a buscar en el rincón de los recuerdos olvidados con el propósito de intentar localizar el nombre que darle a aquella mujer.
Mientras, ella comenzó a dar cuenta del montado que acababa de traer el camarero y que le resultaba, en aquellos momentos, el manjar más rico del mundo.

Eva si le reconoció en cuanto lo vio, desde lo lejos, sentado en aquella mesa; solo, como siempre.
Era él, Iván. Aquel hombre con quien en su otra vida: aquella en la que tenía un buen trabajo como secretaria; un piso con hipoteca; una vida feliz y despreocupada; en aquella casi olvidada vida, había tenido una relación amorosa. O ella al menos la había tenido. Él le dio la patada cuando Eva propuso subir de nivel la relación. Y desde ese momento su vida había ido de mal en peor.
Lo amaba tanto que la ruptura, tan drástica como inesperada, con que la obsequió Iván fue un golpe tan duro que acabó con ella como persona. Su debacle resultó tan rápida que en poco tiempo se encontraba sin trabajo, sin familia y sin amigos; meses después, sin casa por impago. Todo a raíz de la profunda depresión en la que se vio inmersa y el descubrimiento, casual pero maldito, de la heroína: esa amiga que le daba la paz necesaria para olvidar y volar lejos de los problemas.
Cinco años habían pasado de aquello. Ahora vivía en la calle; alguna noche, con suerte, en el alberge municipal. Pidiendo por la zona más turística de Madrid para poder pagar su dosis diaria; que cada vez debía ser más grande para hacerla el mismo efecto. Y, alguna que otra vez, vendiendo su cuerpo por quince míseros euros a algún anciano o borracho: eso solo lo hacía cuando la necesidad apremiaba mucho y no había conseguido el dinero suficiente pidiendo.
Sin pensarlo fue directa hacia él y le pidió permiso para sentarse en su mesa. Para sorpresa de Eva la dejó sentarse, e incluso, la había invitado a tomar algo: pensaba que la rechazaría como sería lo normal al verla con ese aspecto. Pero no la reconocía y eso dolió un poquito. Aunque no era de extrañar pues ni ella se reconocía cuando se miraba en algún espejo o escaparate.

Ahora; sentada a su lado, mientras comía el montado, Eva discutía con ella misma sobre si decirle quien era en realidad, o dejarlo con la duda y pensando que había hecho la obra de caridad mensual al invitar a un montado a una drogadicta desconocida.
Pero se daba cuenta a la vez de que seguía muy enamorada de él. No había podido olvidarlo en todos esos años ¡Y ahí lo tenía! ¡A menos de un metro! Su colonia seguía siendo la misma; y pensó que todo lo demás también, que nada había cambiado en Iván en ese tiempo.
Cuando terminó de comer, levantó la vista hacia él. La miraba pero como si no fuese a ella. Estaba absorto en sus pensamientos: quizá intentando recordar su nombre. Seguro que si fuese con el pelo limpio y cortado a lo garçon, con su traje de falda y los zapatos de tacón, se acordaría de ella al momento. Pero así le iba a resultar muy difícil, y aprovechó esa pequeña ventaja para entablar conversación.

No pensaba Iván que aquella mujer, a la que seguía sin poder poner nombre, pudiese tener una conversación tan amena y fluida sobre cualquier tema que él quisiese tocar. Y eso le hizo invitarla a otra cerveza; y otra, y otra, mientras hablaban cordialmente. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan a gusto en compañía de otra persona.
Tan a gusto que pensó, incluso, en invitarla a pasar la noche juntos; a pesar de que sabía lo arriesgado de aquello ya que la mujer le había confesado que era adicta a la heroína: posibilidad de que le robase; posibilidad, y grande, de que le contagiase alguna enfermedad de transmisión sexual. Eso le hizo replantearse la invitación y desecharla por completo: tenía más problemas que beneficios.
Pero según pasaba la noche, y las copas, en aquella terraza, los contras se fueron haciendo más pequeños; mientras el pro, pues solo había uno; ganaba terreno. Tanto terreno terminó ganando, sexo salvaje, que terminó por hacerse con la partida en la cabeza de un Iván bastante “perjudicado” por el alcohol a esas alturas.
Y se lo propuso… y ella aceptó.

Cuando Eva despertó esa mañana, se encontró con que estaba sola en la cama: pensó que Iván estaría en el baño, por lo que se dio media vuelta para aprovechar mejor la oportunidad de estar acostada en un sitio tan cómodo y blandito; en comparación de las camas del alberge y del propio suelo de la ciudad.
Allí tumbada comenzó a recordar la noche de amor y sexo de la que acababa de disfrutar junto a Iván. Una noche mágica, mejor de lo que había soñado desde que él la dejase y ella comenzase a pensar cómo sería su reencuentro: porque estaba segura de que iba a suceder mas tarde o temprano. Volvió a excitarse solo pensando lo sucedido esa noche. Pero algo hizo que el momento se empañase un poco; Iván no había sido capaz de recordarla. << No pasa nada. En cuanto salga del baño le diré quien soy >>
Tardaba mucho en salir y ella decidió ir para darle una sorpresa. Pero no lo encontró en el baño, ni en la cocina, ni en ninguna parte del pequeño piso. En su lugar había un sobre encima de la mesa de la cocina: No abrir hasta que estés fuera del piso.  
Eso no es lo que ella esperaba, pero se dio cuenta de la hora y pensó que no le quedó más remedio que ir a trabajar. Y se sintió alagada porque le hubiese dado confianza para dormir en su casa hasta que quisiese; sin miedo a encontrársela desvalijada a su regreso. Aprovechó que estaba sola para darse un largo y placentero baño; hacía siglos que no disfrutaba de uno ya que lo máximo que conseguía era una ducha de diez minutos, y eso cuando tenía suerte. Así que lo disfrutó hasta que el agua comenzó a quedarse fría. Al ir a vestirse comprobó sorprendida que su andrajosa vestimenta se encontraba lavada y doblada en una silla. Fue a prepararse un desayuno antes de marcharse y volvió a encontrar el sobre. Aunque se prometió cumplir sus deseos, no pudo aguantar más, soltó la taza de café y las magdalenas en la mesa; para coger la carta y abrirla. Lo primero que vio fueron los cien euros en billetes de veinte y eso la enfadó pensando que Iván hubiese creído pasar la noche con una puta. Pero antes de enfadarse del todo decidió leer el contenido del sobre mientras iba dando pequeños tragos de café y grandes mordiscos de magdalenas:

Hola Eva:
Como ves, sé perfectamente tu nombre; te reconocí en el mismo momento en que me pediste permiso para sentarte conmigo. Por eso te dejé hacerlo y no te mandé a la mierda que era lo que se esperaba en aquella situación.
Sé de ti por terceras personas. Lamento mucho ser el culpable de tu actual situación. Pero no me arrepiento de lo que hice en su momento; lo volvería a hacer, porque ya lo he hecho con otras mujeres. Sabes que no soy hombre de ataduras.
Te dejo cien euros porque seguro que te levantas con la necesidad de inyectarte esa mierda. Pero no quiero volver a saber nada más de tu persona en mi vida. Lo de anoche fue genial, una de las mejores noche de sexo que he tenido en los últimos tiempos: pero solo eso, una noche de sexo. ¡Sólo espero que no tengas nada que me hayas infectado!... pero si lo has hecho, es porque yo tenía ganas de jugar a la ruleta rusa una vez en mi vida, para salir de la monotonía. Y tú me has servido de pistola; ahora tengo que esperar para ver que no has hecho las veces de bala.
Que todo te vaya bien y olvídate de mí.

Estas palabras escritas de puño y letra por Iván fueron como puñaladas en pleno corazón de Eva; un gran jarro de agua fría. Ella, que ya estaba haciendo planes para desintoxicarse y volver a intentar conquistar a su amor. No podía ser cierto lo que acababa de leer, no. Algo cierto había; ya empezaba a notar los temblores que indicaban que se le estaba pasando el efecto del “chute” que se había metido poco antes de verle en la terraza. Necesitaba salir a comprar cuanto antes. Pero esas palabras se las tendría que decir Iván a la cara. No pensaba moverse de allí hasta que regresase y la dijese eso que había escrito, pero mirándola a los ojos.
Llamó por el teléfono fijo del piso a una amiga que estuvo conforme con ir a por el dinero y comprarla una dosis a cambio de dinero para conseguir la suya propia. Y sobre el único sillón que habían en el cuarto de la tele del piso; se prepasó su “pico” y se lo inyectó. Cayendo en ese fabuloso mundo que solo se alcanza al notar como va entrando el veneno en su cuerpo: un mundo donde flota en una nube de algodón y se olvida de esta vida. Pero hoy era distinto; el veneno quemaba más de lo normal y su efecto era demoledoramente bueno. << No sé donde habrá comprado “La jurado” esta mierda, pero es muy buena >> Pensaba mientras iba cayendo en el sopor conocido y deseado por ella cada vez que se pinchaba.

Despertó cuando escucho las llaves en la cerradura. De un salto se puso a esconder todas las pruebas de lo que había hecho; y así la pilló Iván cuando cerró la puerta.
- ¿Qué coño haces todavía aquí? – Preguntó con evidente tono de enfado. - ¡Y encima te has drogado aquí!
- Yo… Bueno… - Eva no sabía donde meterse por ser descubierta habiéndose drogado allí. Pero se recompuso al recordar el motivo por el que permanecía en el piso y habló calmadamente; como solo lo hace un drogadicto aún bajo el fuerte “subidón” de la heroína.- No quería marcharme sin que me dijeses a la cara lo que has escrito en esa carta.
- Creo que está todo muy claro – el tono de voz de Iván era cada vez más fuerte y su enfado mayor ante aquella situación. – Tenía que haberte echado de casa antes de irme. Pero tonto de mí, pensé que agradecerías un baño caliente y un buen desayuno. Pero mira, – Su tono ahora era sarcástico – al menos no me he encontrado el piso desvalijado. Algo bueno al menos. – volvió a su tono enfadado. – Ahora mismo coge tus cosa y vete de aquí – la agarró con fuerza del brazo derecho mientras la empujaba hacia la puerta con rabia – y no vuelvas más. ¿Me oyes?
El pánico se apoderó de Eva según hablaba él. Cada vez más alto y más enfadado. Eso hizo, que de forma refleja, sacase de la mochila un viejo y mellado cuchillo que tenía para defenderse y que más de una vez la sacó de un apuro. Cuando Iván le agarró el brazo pensó que iba a pegarla; y sin darse cuenta, como un acto instintivo de defensa; se volvió hacia él empuñando el cuchillo y comenzó a atacarlo compulsivamente. Notaba el cuchillo clavarse una y otra vez en el cuerpo del hombre.
Escuchaba sus gritos; primero de sorpresa, después de dolor. Pero no podía dejar de clavarlo una y otra vez en el cuerpo. Ni después de tenerlo tumbado en el suelo pudo parar. Y se detuvo únicamente cuando el arma se clavó en el suelo de madera. Ese fue el momento en que sintió como un “chip” en su mente que la hizo parar y darse cuenta de lo que acababa de hacer. Había matado a Iván. Y no sabía si por el miedo a que la hiciese daño; o por venganza por todo lo que él la había robado el día que decidió romper su relación hacía cinco años: O quizás, por todo ello junto.

Dejó el cuerpo de Iván tendido en el suelo y salió corriendo de allí; y siguió corriendo por la calle a pesar del tremendo calor; y continuó corriendo mientras atravesaba el parque donde los niños jugaban ajenos a lo que acababa de suceder. Y corrió hasta que llegó al lugar donde le vendían las drogas.
Sólo allí se detuvo para comprar dos dosis con el dinero que la quedaba de lo que Iván le había dejado en el sobre. Se fue debajo del puente del diablo, así es como llamaban al puente donde todos iban a consumir la droga recién comprada.
Al ir a prepararse el “chute” se dio cuenta que no llevaba consigo la mochila donde guardaba todo lo necesario. Así que pidió prestadas las herramientas y la jeringuilla a una chica que terminaba de usarlas.
Al principio únicamente tenía intención de meterse una dosis y dejar la otra para la noche. Pero al recordar lo que había hecho, decidió poner las dos, a ver si con un poco de suerte podía poner fin también a su vida.
Y tuvo suerte… Esa suerte que le resultara tan esquiva durante sus últimos años de vida, la acompañó en aquel momento. Se quedó plácidamente dormida con la jeringuilla colgando del brazo izquierdo. No la dio tiempo a disfrutar de su último “viaje”.

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miércoles, 11 de mayo de 2016

PENSAMIENTOS MORTALES

Aquella mañana Mariana volvió a despertar con la boca como un estropajo y la cabeza a punto de estallar de tanto como la dolía, su amiga la resaca se había vuelto a hacer presente. A pesar de que llevaba cerca de tres años despertando así cada mañana, no terminaba de gustarle nada esa sensación. Siempre juraba que sería la última vez… que lo dejaba. Pero ese juramento la duraba lo que tardaba en llegar a la cocina y servirse un trago de vodka en vez de un café.
Su afición al alcohol comenzó cuando una tarde su marido la dijo que se iba. Que no podía seguir viviendo una falsa. Que se había enamorado de otra. Y se marchó dejándola sin entender nada. Desde esa tarde la botella se había convertido en su gran y única amiga. Aquella que la hacía olvidar el dolor y no la juzgaba.
Ella siempre se había portado como una buena esposa. Le amaba y hacía todo lo que podía para que estuviese contento y feliz a su lado. En parte, para mitigar el dolor que su marido sentía por tener una mujer estéril, cuando su gran ilusión era tener hijos. A ella también la dolía que la naturaleza le hubiese privado de la posibilidad de ser madre y lo callaba. Pero en su mente lo tenía siempre presente y sufría por ello.
Cuando, por fin, consiguió moverse un poco para levantarse de la cama, se llevó un gran susto al ver que tenía las manos rojas. Lo que la hizo dar un gran salto para aterrizar de pie sobre la mullida alfombra del dormitorio y darse cuenta que estaba desnuda, lo que le sorprendió mucho ya que casi siempre amanecía vestida con la misma ropa del día anterior, y muchas veces hasta con las deportivas puestas.
A los pies de la cama vio un montón de ropa apelotonada, su ropa del día anterior. Toda ella cubierta de algo rojo, lo mismo que sus manos. Fijó la mirada en el espejo de cuerpo entero del armario. No solo sus manos y ropas estaban manchadas; también el pelo, la cara y parte del cuerpo que no cubría la camiseta que se puso el día de antes. Empezó a tocarse por todos lados para ver si aquello rojo era sangre suya, pero después de un minucioso examen la tranquilizó comprobar que no la pertenecía ya que ni siquiera se encontró un arañazo.
Al coger la ropa vio que estaba toda de color rojo y que era sangre. Unas grandes arcadas se apoderaron de ella y la hicieron salir corriendo hasta el baño donde no pudo echar más que un poco de alcohol que aún quedaba en su cuerpo. Se lavó las manos y luego la cara, para intentar refrescarse un poco, antes de regresar al dormitorio y sentarse en la cama, al lado de la ropa. “No tengo dudas. Esto es sangre, pero no mía. ¿Qué hiciste ayer Mariana? ¡Intenta recordar, coño!”. Recordaba haber comenzado a beber temprano. Salir a mediodía al bar de Pedro donde se tomó unos cuantos vinos y comió algo. Por la tarde se fue a una terraza en la calle Vespasiano, donde empezó con los cubatas de vodka. Ya anochecido recuerda, muy ligeramente, como el camarero la había invitado a irse ya que estaba metiéndose con otros clientes. Y a partir de ese momento… ¡Nada! Oscuridad total hasta que se despertó por la mañana en su cama y con el cuerpo y la ropa llenos de sangre.
Fue hasta la cocina con la intención de hacer un café para ver si podía recordar algo más de lo que había hecho esa noche, aunque lo que le apetecía era un trago de vodka y tuvo que hacer un esfuerzo para no caer en la tentación. Pero todo fue en vano pues no lograba recordar más allá del momento en que fue invitada a marcharse de la terraza.
Como en un acto reflejo encendió la radio con la esperanza de que las noticias locales le sacaran algún recuerdo y quedó petrificada cuando escuchó la voz de la locutora comentar un terrible suceso acaecido la noche anterior, a solo dos calles de su casa y en el cual habían aparecido muertos un matrimonio y sus dos hijos de corta edad. Al dar el nombre de la familia asesinada Mariana quedó blanca como la cera. Les conocía. Más bien les odiaba porque gracias a una denuncia que pusieron ella tuvo que pasar por un juicio, que no la llevó a la cárcel, pero la dejó marcada en el barrio.
Al parecer una tarde en la que iba muy bebida, como era costumbre, pegó a la niña pequeña en el parque solo porque esta se había acercado, al banco del parque donde Mariana se encontraba sentada, y Mariana la dio un bofetón porque la estaba molestando. Ella no se acordaba de nada cómo solía ser normal cuando llegaba a cierto punto en si embriaguez, pero los testigos sí y en el juicio fue acusada de maltrato a un menos y sentenciada a cumplir año y medio de cárcel (que no cumplió por ser su primer delito), una multa de tres mil euros y una orden de alejamiento de la niña y su familia de quinientos metros. Desde entonces se había convertido en la madrastra de Blancanieves en el barrio y todos la soportaban, pero nadie la quería cerca. Una paria en su barrio de toda la vida donde solo podía estar tranquila bebiendo en los bares… siempre que no molestase al resto de clientes.
Apagó la radio e intentó con más fuerzas recordar lo que había hecho la noche anterior. Estaba claro que se tuvo un enfrentamiento con alguien y que la otra persona no salió muy bien parada; pero era muy extraño que ella no tuviese ni un simple arañazo teniendo en cuenta que es una mujer bajita y delgada. Sin fuerzas ni para abrir un bote de mermelada.
Cómo la fastidiaba, en ocasiones, no recordar nada. Es cierto que su alcoholismo era precisamente para no recordar los felices años junto a su exmarido y la forma tan dura en que la dejó para irse con otra mujer que sí podía darle hijos; de hecho ya tiene dos con su nueva mujer, y si no recuerda mal, está esperando al tercero. “Puto conejo, tres hijos, en tres años. Ahora si estarás contento ¡cabrón!
Al ir al fregadero para lavar un vaso, en el que servirse su primera copa, se encontró que había en el lugar un gran cuchillo lleno de sangre que había salpicado al resto de vasos y platos que allí había acumulados a la espera de ser fregados. “¿Qué coño hace aquí este cuchillo tan grande? Desde luego mío no es, o eso creo. ¿Y toda esa sangre? ¡Joder qué hiciste anoche puta borracha! O empiezas a recordar, o voy a empezar a creer que el alcohol me vuelve una puta heroína capaz de matar a cuatro personas yo solita”.
Después de lavar el cuchillo, y todo lo que había en el fregadero, se llenó de vodka un vaso y lo bebió de un solo trago sentada en el sofá intentando recordar. La tristeza y depresión que empezaba a sentir se fue diluyendo al mismo ritmo que el vodka empezaba a entrar en su sangre. “Soy una puta yonki, cualquier día de esto me pongo un gotero directo en vena, pero en vez de contener suero y esas mierdas que te meten en el hospital, contendrá una botella de vodka.” Se sirvió otro vaso y este empezó a tomarlo a sorbos, mientras intentaba recordar y empezaba a sentir el efecto del alcohol en su cuerpo.
Cuando despertó eran las seis de la tarde. Seguía en el sillón y a su lado el vaso volcado sobre el mismo había dejado una gran mancha de vodka. Tenía hambre, pero no la apetecía salir y en casa no tenía nada que comer, así que optó por calmar a su estómago sirviéndose otro vaso antes de ponerse en pie y encender la radio para ver si había nuevas noticias…. Y ¡vaya si las había!
La familia Martínez había sido asesinada mientras dormían con un arma blanca de grandes dimensiones, al parecer, un cuchillo de grandes dimensiones con la empuñadura color marfil que faltaba de su cocina y no habían podido localizar los investigadores. Por la crueldad y la saña empleados, se pensaba que podía ser un ajuste de cuentas. Aunque la policía no descartaba aún ninguna causa y tenían varios frente de investigación abiertos.
“¡No me jodas! Ese es el cuchillo que me he encontrado en el fregadero. La puta que te parió Mariana ¿Qué has hecho? Yo nada ¡ostias! Si no soy capaz de abrir una lata de sardinas ¿Cómo coño voy a ser capaz de tener fuerza para matar a cuatro personas, una de ella un armario empotrado que de un manotazo me manda al otro lado de Madrid? Pero estaban durmiendo, indefensos. Sí pero, digo yo que al menos mientras mataba a uno del matrimonio el otro se habría despertado. No soy una puta bruja que puede matar a cuchillazos a dos personas a la vez. ¿O quizás sí?
Mariana fue corriendo al PC y se puso a buscar información sobre las lagunas mentales causadas por el consumo de alcohol para saber si había alguna manera de poder recuperar ese tiempo borrado de la mente, pero no encontró nada que la fuese útil. Empezó a buscar entonces sobre la fuerza que puede llegar a tener una persona bajo los efectos de una subida de adrenalina y esto si la asustó y más al leer un artículo sobre un borracho en Inglaterra que con una borrachera de las grandes había tenido una pelea con dos guardas de seguridad en un Pub. Dos tíos más altos y fuerte que él, en circunstancias normales, a los cuales había mandado al hospital en un ataque de histeria que le dio cuando le quisieron echar del local. Y de cómo habían sido necesarias cinco personas para conseguir reducirle. “¿Y si me a pasado a mí algo parecido? Yo odio a esa familia desde la denuncia y muchas veces he pensado en el placer que sería verlos muertos. Se me pudo cruzar un cable ayer cuando me fui cabreada de la terraza. Pude ir y descargar en ellos toda la rabia. Sé que esconden una llave en una baldosa desprendida del segundo escalón de la entrada, los vi cogerla, por casualidad, y volver a dejarla en el mismo sitio. De esto hace unos meses, pero no creo que cambiasen el escondite.”
Con cada trago que daba, más segura estaba que ella era la asesina y que de un momento a otro entrarían para detenerla. Tanto es así que su cabeza empezó a fantasear con el modo en que pudo hacerlo… y lo que empezó como una fantasía terminó siendo asimilado como una realidad por una mente ya muy perjudicada por el litro de vodka que llevaba encima a aquella hora de la noche.
El terror y pánico por haber podido ser la culpable cada vez se hacían más fuertes en la mente de Mariana. Y más doloroso en su corazón el pensar que había podido matar a dos niños inocente y puros. Eso si que era superior a ella. Una cosa era dar un empujón a la niña en el parque, o un tortazo, y otra muy distinta matarla. Pero en su, ya formada realidad, no tenía ninguna duda. “Soy una hija puta asesina de niños y no merezco seguir viva”. Con ese pensamiento sacó un frasco de medicación para combatir el síndrome de abstinencia que la habían receta cuando lo del juicio, y que nunca llegó a abrir siquiera, cogió otra botella de vodka y se fue al dormitorio.
Abrió el frasco y se tomó todas las pastillas acompañadas con tragos de licor para que pasasen mejor. Se tumbó en la cama y mientras recordaba su vida de niña, la época más feliz que recordaba en esos momentos, fue cayendo en un profundo sueño a la par que las lágrimas dejaban de brotar de sus ojos.
El asesinato de los Martínez resultó ser un robo. Su muerte no se debió a armas blancas, como se decía en los medios al principio, sino armas de fuego con silenciador y los asesinos fueron cogidos a los tres días cuando intentaban vender unas joyas robadas del adosado.
Mariana fue encontrada cuando los vecinos llamaron a los bomberos por el mal olor que salía de su piso. Llevaba tres meses muerta y nadie la había echado de menos en todo aquél tiempo. La ropa encontrada a los pies de su cama estaba llena de restos de barro, cómo si se hubiese caído en la zona de tierra roja del parque cuando lo se estaba regando por la noche, donde los niños jugaban a hacer castillos y muñecos de arena con sus cubos
Como nadie quiso hacerse cargo del cuerpo de Marina este fue enterrado en una fosa común junto al de vagabundos, ilegales y drogadictos sin identificar.
© Paco Muñoz Hidalgo.

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martes, 10 de mayo de 2016

FRIALDAD

La noche parecía haber hecho un pacto con ella poniendo todo a su favor. La calle solitaria a aquellas horas, las farolas apagadas, como solía ser normal en aquel barrio de la periferia donde ni las ratas se atrevían a salir en cuanto caía el sol, y unas nubes que escondían la luna. Era perfecto para que su plan saliese bien.

Un hombre encaró la calle camino a su casa. Era alto, gordo y, por la manera de caminar, estaba bastante borracho. De repente le salieron al paso tres individuos con las cabezas tapadas por pasamontañas y portando barras de hierro en sus manos. No parecía que estuviesen en mejores condiciones que el nombre; ellos también se movían y caminaban de un modo raro.
La emprendieron a golpes con el hombre. Éste intentó defenderse, pero era imposible zafarse de la oleada de palos que venían de todos lados. Cayó al suelo pero los tres individuos parecían no tener bastante… y siguieron golpeando con fuerza y saña al hombre centrándose ahora en su cabeza. No lo dejaron hasta que estuvieron bien convencidos de que no se movía. Uno de ellos lo registró hasta encontrar su cartera, que guardó en uno de los bolsillos de la maltrecha chaqueta de chándal que llevaba puesta. Después, los tres enmascarados empezaron a correr hasta perderse por las callejuelas aledañas. Dejando el cuerpo inerte del hombre tendido en la acera.
Sólo una mujer vio lo sucedido desde la oscuridad de su cuarto. Aunque más que verlo, lo intuyó, pues la oscuridad de la calle no la permitió observarlo con la claridad que la hubiese gustado. No se la notaba asustada, no hizo el más mínimo gesto de llamar a la policía. Simplemente miró lo sucedido y un rato después de alejarse los asaltantes, volvió a su humilde cama y quedó dormida. Tranquila por primera noche en quince años.

Poco pudo dormir la mujer ya que dos horas después de lo ocurrido, sonó el timbre de la puerta. Aunque lo esperaba desde el momento en que cerró los ojos, se sintió enfadada por que hubiesen identificado tan rápido el cuerpo y la hubiese dado tan poco tiempo para dormir sin miedo.
Al abrir la puerta se encontró con dos oficiales de la policía preguntando si aquella ella la casa de Juan Moreno, y si ella era su mujer. A lo cual contestó con un sí mientras intentaba despertarse del todo y poniendo cara de sorpresa.
- Señora ¿Podemos pasar? – Preguntó uno de los policías mientras ya se encaminaba hacia el interior del pequeño y humilde piso – Tenemos que darla una mala noticia.
- Sí, claro… pasen – Contentó la mujer poniendo todo su afán en intentar tener unos ojos y cara que reflejasen preocupación y nerviosismo por la visita de aquellos hombres uniformados a aquellas tempranas hora. - ¿Qué pasa? ¿Mi marido?... ¿Le ha sucedido algo malo?
- Será mejor que se siente usted, señora – le dijo uno de los agente indicándola con la mano una silla en la que ella se sentó mientras el agente ponía cara seria antes de continuar – Su marido ha sido encontrado muerto hace media hora, justo a veinte metros de casa.
Al oír eso la mujer rompió en un terrible llanto, capaz de despertar a todo el bloque, cayendo de rodillas mientras lágrimas de dolor corrían por sus mejillas (o eso al menos era lo que pretendía conseguir y pensaba que lo estaba consiguiendo por la cara que tenían los dos agentes) y daba puñetazos a las rotas baldosas del suelo (alguna rota por ella cuando caía tras un puñetazo o empujón de su marido).
Al momento llegó un equipo médico, que parecía estar esperando detrás de la puerta a que pasara esto, que la estuvo examinando y le dieron una pastilla para calmar su estado de ansiedad por la noticia recibida.
Tres largos días después de aquella noticia Adriana por fin pudo estar sola en su piso. Sin policías que interrogasen y la hiciesen reconocer el cuerpo de su marido. Sin las noches de tanatorio donde debía disimular una pena y dolor que no sentía en absoluto; en los que la única pena que tenía era la de no poder estar durmiendo tranquila en su cama, alejada de familiares y amigos alabando las “bondades” del difunto. Y eso que todos, o la gran mayoría, era conocedor o había sufrido la maldad del hombre al que ahora elogiaban, como si la muerte hiciese buena a las más crueles y malvadas personas.

Ahora que, por fin, estaba enterrado y las investigaciones sobre su muerte parecían muy lejos de apuntar a Adriana como sospechosa ya que todo hacía apuntar a un robo cometido por drogadictos para sacar dinero con el que pagarse una dosis. Ahora que por fin podía estar sola en casa, dejó salir todo lo que llevaba reprimiendo desde el momento en que vio como aquellos yonkis lo apaleaban y mataban por solo quinientos euros. Era cierto que sería sospechoso que pusiese música a todo volumen o que se pusiese a gritar de alegría como si su equipo de toda la vida hubiese ganado la Champions. Pero todo eso era lo que sentía por dentro en aquellos momentos. Y lo disfrutaba para sus adentros sentada en el sillón donde su marido se había pasado horas y horas sentado bebiendo y viendo malditos partidos de fútbol. <<Por fin soy libre. Ya no habrás más miedo al escuchar abrirse la puerta, ni palizas, ni voces a grito para que le traiga otra cerveza. Ni más gordo seboso y borracho encima mío en la cama intentando, sin éxito, mantener una relación sexual. Se acabó todo eso. Me ha costado quince años atreverme a ponerle fin. Pero ya está hecho, ya ¡¡soy libre!!>>. Disfrutando de su fiesta particular Adriana se quedó dormida en el sillón con una enorme sonrisa en su cara.

Dos meses después Adriana era una mujer nueva, a la que nadie hubiese reconocido si aún viviese en el barrio. Pero no, vendió el piso y con el dinero sacado se marchó a vivir a una de las llamadas ciudades dormitorios. Si vida ahora era todo lo contrario a hacía dos meses. Iba a la peluquería cada semana para ponerse “guapa” de cara al fin de semana. Salía a salas de baile donde hizo amistad con otras mujeres con las cuales quedaba a diario para tomar café y los fines de semana para ir de copas a los locales de moda de su nueva ciudad. No estaba atada a nadie ni a nada por lo que se permitía acostarse con los hombres que quería y cuando le daba la gana. Por fin había descubierto qué era eso tan famoso que las mujeres llamaban orgasmo y que le parecía algo de ciencia ficción durante los años que estuvo casada. Aún era joven a sus 41 años y tenía un cuerpo que “quitaba el hipo” según los hombres, así que se aprovechaba de ello todo lo que podía, como si quisiese recuperar los años perdidos entre malos tratos y palizas que nunca se atrevió a denunciar.

Su vida no podía ser más feliz hasta aquel fatídico día en que se encontró por la calle a uno de los drogadictos que contrató para matar a su marido <<Ya es mala suerte que uno de estos cabrones viva aquí ¡¡Joder!! No me va a dejar ser feliz nunca>> y comenzó a intentar chantajearla para conseguir dinero a cambio de seguir callado. Adriana sabía que tenía que solucionar aquello lo antes posible porque no se conformaría con que le diese dinero una vez, iría a buscarla cada vez que al tipo se le antojase. Por eso quedó en darle una cantidad considerable de dinero al día siguiente. Pero en un lugar apartado del centro. Un pequeño descampado rodeado de árboles, casi escondido donde no iba nadie y se había convertido casi en el vertedero extraoficial de la ciudad.

El tío ya estaba allí, sentado en una lata de pintura, cuando apareció Adriana. Se levantó al verla y comenzó a caminar en dirección suya hasta que estuvieron cara a cara.
- Hola jefa – soltó en hombre con tono de recochineo - ¿No te da miedo venir hasta aquí a ti solita?
- Pues no, nada de miedo – la voz de Adriana era calmada – Después de vivir quince años en el infierno. No me da miedo un medio hombre como tú – su tono se fue endureciendo ante la cara de sorpresa y enfado que iba poniendo el hombre – que eres una escoria, un parásito de la sociedad cuyo único oficio es poder encontrar la vena donde “chutarse”.
- Vienes tú muy subidita - la voz era ahora amenazante pero no la intimidaba – Más te vale traer el dinero para que yo pueda seguir ejerciendo mi “oficio”.
- Aquí lo tengo – dijo señalando el bolso que la colgaba en el hombro derecho – Pero antes quiero una respuesta.- El yonki hizo un gesto que indicaba que le hiciese la pregunta. - ¿Alguno de tus compañeros sabe esto? – Él hizo un gesto rotundo de no con la cabeza. - ¿sabe alguien más que has venido hoy aquí y el motivo? – De nuevo la misma respuesta con la cabeza.
Adriana sabía que los drogadictos eran mentiros por naturaleza, pero algo en su interior, quizás la experiencia de vivir tantos años con un adicto al alcohol, la dijo que no le estaba mintiendo y eso la dio más fuerzas para seguir con su plan.
- Déjate de tantas preguntas y suelta el dinero.
- Ya voy, veo que tienes prisa.
Adriana metió la mano en el bolso para sacar algo. Pero no fue un sobre con dinero como el hombre pensaba. Sacó una pequeña pistola y descargó todo el contenido en el cuerpo de drogadicto. Asegurándose de dejar una bala que usó para darle un último tiro en la cabeza mientras él no dejaba de mirarla con cara de miedo, como implorando su perdón. Perdón que no llegó pues la última bala fue a incrustarse justamente en su frente haciendo que su muerte fuera instantánea.

Aún la temblaban las manos cuando sintió como alguien la agarraba por detrás y le quitaba la pistola.
- Ya está, ya pasó todo mi amor – dijo la voz de un hombre detrás de ella mientras le quitaba el arma de la mano. – Ahora tranquilízate mientras yo escondo el cuerpo de este miserable que no volverá a molestarte más. Seguro que nadie le echa  de menos y muchos vivirán más tranquilos a partir de ahora.
Quien hablaba era Gabriel, un policía municipal con el que Adriana había estado un par de veces y que sabía que estaba totalmente enamorado de ella. Por eso cuando le contó que un yonki la tenía aterrorizada, él se ofreció a ayudarla a solucionar el problema para siempre.
Cuando Gabriel se dio la vuelta para llevarse al muerto y esconderlo, en el hoyo que ya había excavado previamente, Adriana lo siguió mientras arrastraba el cuerpo y lo introducía en su nuevo, y esperaban que definitivo, hogar. En ese momento ella sacó otra arma del bolso, y antes de que Gabriel se diese la vuelta, descerrajó dos tiros en la cabeza del hombre, haciendo que cayese de golpe dentro de la fosa.
- Lo lleváis claro si pensáis que va a volver a mandar en mí otro hombre – iba hablando mientras con una pala echaba tierra en la fosa donde yacían los dos hombres.- A vosotros ya os quiero lo mismo que a un pañuelo de papel, para usar y tirar. Es para lo único que me valéis ya.

Tres meses después Adriana había vuelto a vender el piso y se mudó a una ciudad grande en otra Comunidad Autónoma, la más lejana que pudo a su antigua vida. Allí volvió a hacer buenas amigas. Pero además disfrutaba de la playa y el buen tiempo eterno mientras seguía saliendo por las noches a divertirse. Y si caía, que solía caer cada vez que ella quería, a darse un homenaje a su cuerpo.


© Paco Muñoz Hidalgo.


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BIENVENIDOS

No sé lo que pretendo creando este blog; quizás solo tranquilizar mi mente. Tener un lugar donde poder poner blanco sobre negro todo lo que en ella tengo acumulado.
   
Pretendo crear un espacio donde soltar tantas cosas que tengo y no puedo deshacerme de ellas de otro modo. Para eso creo este pequeño rincón: sin más pretensiones que dar a conocer parte de mí.

Aquí podrá encontrar desde relatos, a pensamientos; pasando por todo los puntos intermedios que existen entre ambos.