Roberto estaba encantado con su nuevo piso; aunque toda la
familia y amigos le habían aconsejado no comprarlo. Era cierto que allí habían
matado a un matrimonio y su hija pequeña hacía poco más de dos años: fue un
intento de robo frustrado; mataron al matrimonio para que no pudiesen reconocerles,
y a la niña, de tres meses, porque la madre la tenía en brazos cuando le
dispararon.
Pero de eso a pensar que los
espíritus de la familia seguían estando en aquél piso y que por las noche
todavía se los oía hablar y a la niña llorar, como decían todos en el barrio,
iba un trecho muy grande, y más para alguien como Roberto; él no creía en todas
esas cosas de fantasmas, reencarnación y supercherías similares: Él únicamente
sabía de números.
Y, gracias a las creencias
populares, se había hecho propietario de un piso con doscientos metros
cuadrados: cuatro habitaciones, dos baños y una terraza de treinta metros
cuadrados… y todo por el módico precio de sesenta mil euros cuando, en
condiciones normales; por tamaño y zona donde estaba ubicado, no hubiese podido
comprarlo ni en sueños.
En la semana que llevaba viviendo
allí a los únicos que escuchó hablar eran sus amigos; los pocos que se
atrevieron a visitarlo, pues la gran mayoría, familiares incluidos, no habían
pisado el piso. Y lo más parecido a un llanto fue su amante ocasional cuando
llegó al orgasmo, por lo demás; ni un solo ruido fuera de lo normal en los
pisos donde las paredes parecían de
papel y podías escuchar por la noche hasta el pedo que se tiraba el vecino.
Estaba encantado con su
adquisición y se reía de la suerte que tuvo al conseguirla tan barata. <<Gracias queridos ignorantes.
Creyentes de espíritus, demonios, almas en pena y demás tonterías. Vosotros me
habéis regalado este excelente piso. ¡Seguid con vuestras burdas tonterías
mientras yo disfruto del mejor piso del barrio!>> pensaba mientras se
reía a carcajadas esa noche; la primera en la que no había organizado una
fiesta, ni llevado a ninguna mujer: quería descansar un poco; el cuerpo le
pedía una noche de relax.
Después de una cena ligera;
pedida por teléfono a un chino, ya que lo suyo no era la cocina, y ver una peli
en su pantalla de cincuenta pulgadas, otra ventaja de tener un salón tan
grande; decidió acostarse ya que tenía que madrugar. No tardó nada en caer en
brazos de Morfeo.
Un golpe fuerte y sordo lo
despertó; más bien lo hizo botar en la cama y quedarse un rato escuchando para
intentar averiguar su procedencia. Miró al despertador que marcaba las 2:46
horas, llevaba tres horas dormido. No volvió a escuchar nada y pensó que habría
sido algún vecino por lo que volvió a tumbarse y quedar dormido.
Otro golpe volvió a despertarle;
ésta vez más fuerte, parecía que había sido en su propio dormitorio: el
despertador marcaba las 3:05 horas. Encendió la luz y se puso a mirar hacia
todos lados… nada, todo tal y como debía estar. <<¡¡Joder!! ¡¡Vaya nochecita!! A ver si me dejan dormir tranquilo
de una vez>> Volvió a apagar la luz y disponerse a dormir cuando
comenzó a escuchar a dos personas hablando; pero no despacio como era de
esperar a aquellas horas, no; hablaban con un tono de voz normal.
Eso terminó de crispar los
nervios de Roberto; se levantó he intentó averiguar quienes eran los que
hablaban así a aquellas horas: Iba a ir a su piso y quitarles las ganas de
volver a hacerlo. Puso atención para saber de donde venía la conversación y se
quedó asombrado al intuir que era de su propio salón. Aunque eso era imposible
ya que estaba solo; por lo que pensó que vendría del rellano de la escalera:
alguna pareja que se estaba despidiendo, seguro, pues se disponía a hacer menos
agradable la despedida.
Con paso firme salió del
dormitorio en dirección a la puerta de entrada, con intención de armar bronca,
pues estaba de muy mala leche ya. Mientras caminaba por el pasillo, dirección
al salón (desde donde se accedía a la puerta de entrada) las voces se iban
haciendo más audibles y se podía escuchar la conversación; cosa que lo hizo
detenerse en seco y escuchar lo que se decían: definitivamente era la voz de un
hombre y una mujer.
- No podemos hacer nada cariño – decía
la mujer como queriendo tranquilizar a su interlocutor.
- ¡Claro que podemos! – respondió
la voz masculina; una voz que parecía de alguien bastante enfadado.- Ese hombre
ha entrado en nuestra casa y se ha apoderado de ella. Duerme en nuestro cuarto.
Hace fiestas en nuestro salón y despierta a la niña cada dos por tres.
- Lo sé mi amor.- la mujer seguía
intentando aplacar el cada vez mayor enfado del hombre.- A mí también me
gustaría volver a estar los tres solos.
Roberto se asomó al salón con
cuidado y al mirar en su interior se encontró a una pareja sentada en el sofá
hablando.
- ¿Quién hay ahí? – Gritó – He
llamado a la policía, así que más os vale salir corriendo.
Al escucharlo la pareja
desapareció como por arte de magia. Entonces entró en el salón, no sin algo de
miedo, y comprobó que allí no había nadie. Todo se encontraba tal y cómo lo
dejó antes de acostarse: la lata de cerveza y el plato encima de la mesa y los
envoltorios de comida tirados por el suelo. Nada hacía indicar que alguien
hubiera estado allí; nada salvo el hecho de que él vio perfectamente al hombre
y la mujer.
<< Me debe haber
sentado mal la cena. Mira que siempre digo que nunca más voy pedir comida china para cenar>>. Se
volvió sobre sus pasos para regresar al dormitorio con la esperanza de que esa
fuese la última vez que se despertase aquella noche.
Pero a mitad de camino le pareció escuchar el llanto de un niño pequeño proveniente de una de las habitaciones. Se dirigió hacia ella, y al abrir la puerta… se encontró con una cuna donde una niña, de unos tres o cuatro meses, lloraba y pateaba sin parar. Roberto empezó a restregarse los ojos, para comprobar si lo que estaba viendo y oyendo era real, y cuando terminó y los volvió a abrir… se encontró con una habitación vacía, como debía estar, y no se escuchaba un solo ruido.
Pero a mitad de camino le pareció escuchar el llanto de un niño pequeño proveniente de una de las habitaciones. Se dirigió hacia ella, y al abrir la puerta… se encontró con una cuna donde una niña, de unos tres o cuatro meses, lloraba y pateaba sin parar. Roberto empezó a restregarse los ojos, para comprobar si lo que estaba viendo y oyendo era real, y cuando terminó y los volvió a abrir… se encontró con una habitación vacía, como debía estar, y no se escuchaba un solo ruido.
Un poco
enfadado consigo mismo, se encaminó de nuevo a su dormitorio, deseando quedarse
dormido cuanto antes y jurando que ésta sí era la última vez que pedía comida
china para cenar.
Al entrar
vio al hombre y la mujer del salón tumbados en la cama con la niña en medio de
los dos. Su primer pensamiento fue el de salir corriendo de allí
inmediatamente; y es lo que habría hecho si la puerta no se hubiese cerrado de
golpe a sus espaldas, y si hubiese podido abrirla; pero le resultó imposible,
era como si hubiesen cerrado desde fuera con algún cerrojo, por más fuerza que
ponía la puerta no se abría ni un milímetro. Mientras, a su espalda, escuchaba
cómo se reía la pareja viendo sus esfuerzos por salir de allí.
Decidió
echarle valor y darse la vuelta; hacer frente a lo que fuese que estaba en su
cama. Al hacerlo la pareja dejó de reír y se quedaron mirando a Roberto antes
de que el hombre comenzase a hablar en tono enfadado.
- ¿No sabes
que este es nuestro piso? ¿Qué estás invadiendo la intimidad de una familia?
- Y tú…
vosotros – sin saber el motivo Roberto estaba gritando; quizás con la esperanza
de despertar al vecino de al lado y que este aporreara la pared y ese fuese el
conjuro para deshacerse de aquella pesadilla: porque pensaba que todo se
trataba de eso, una simple y puñetera pesadilla.- ¿No sabéis que éste es ahora
MÍ piso, no el vuestro, quienes quiera que seáis? Porque si sois la familia a
la que mataron, lo siento mucho pero este no es ya vuestro sitio.
La pareja
comenzó a levitar por el dormitorio con movimientos rápidos: rodeando a Roberto
mientras este intentaba zafarse de ellos moviendo los brazos y manos de modo
convulsivo; como si estuviese espantando moscas.
En un
momento dado, la pareja se detuvo en seco frente a Roberto; quedando caras
contra cara. Unas caras que ahora eran borrosas, con extrañas muescas allí
donde debían estar las caras; y unos horripilantes puntos de sangre en lugar de
ojos.
Las dos
almas: hombre y mujer, se lanzaron directos a Roberto; al que solo le dio
tiempo a lanzar un grito antes de sentir, dentro de su cuerpo, cómo se movían
aquellas cosas produciendo un gran dolor en cada milímetro de su piel; en esos
momentos cayó al suelo: derrotado.
El
despertador sonó a las 6:00 horas. Roberto se despertó sobresaltado y empapado
en sudor. Se incorporó e intentó ubicarse; estaba en su cuarto, en su
habitación, en su cama. Empezó a tocarse por todo el cuerpo pero no le dolía
nada, al revés, se sentía mucho mejor que nunca; parecía haber tenido un sueño
reparador, aunque no era eso lo que recordaba. << ¡La madre que me parió! ¡Menuda pesadilla! Como alguien me
vuelva a hablar una sola vez de fantasmas, le meto una ostia que lo mando a
Marte antes que la Nasa. >> pensó mientras se levantaba e iba al baño
para darse una ducha.
Listo para
marchar a trabajar, y más tranquilo ya, se para salir… pero no pudo abrir la
puerta que se negaba a abrirse por más fuerza que hacía. Un extraño miedo
comenzó a apoderarse de él; temblaba y sudaba del mismo modo que cuando
despertó hacía un rato. Se detuvo unos segundos e intentó relajarse; entonces
se dio cuenta de que la llave seguía echada y un golpe de risa se apoderó de
él: << ¡Serás imbecil! >>.
Ahora la puerta si se abrió sin problemas; pero Roberto no fue a parar al
rellano, como era normal que pasase: se encontró de pronto en un cuarto donde
su familia lloraba desconsolada; al igual que amigos y conocidos permanecían en
un silencio completo mientras miraban algo que había detrás de unos cristales.
Nadie
parecía haber notado su presencia. Se acercó a su amigo Juan para preguntar qué
pasaba; aunque estaba frente a él, lo hablaba y su brazo tocaba en hombro de su
amigo, este ni se inmutó; parecía no verle, no sentir su contacto. Lo intentó
con tres personas más: el mismo resultado. Aquello comenzaba a darle miedo,
mucho miedo… así que se propuso descubrir lo que había detrás de aquellos
cristales sin ayuda de nadie. Según avanzaba se detuvo al escuchar la voz de su
madre entre llantos:
- Se lo
dijimos. Le avisamos que no era buena idea comprar ese piso… ¡pero tan cabezota
como siempre!, no hizo caso. Lo único que le importaba era lo barato y grande.
“No pasa nada. Allí el único fantasma que va ha habitar soy yo” decía riéndose.
- No se
torture madre.- Era su hermana Carla quien hablaba mientras no dejaba de abrazar
a la madre.- Ya le dijeron lo médicos y el informe forense que fue un infarto
al corazón.
- Pe… pero
esa cara, esa cara es de alguien que…- La madre no pudo seguir hablando ya que
el llanto se apoderó por completo de ella.
Roberto
quiso hablar con su hermana; pero obtuvo el mismo resultado que con sus amigos,
así que siguió caminando hacia el cristal. Y al mirar detrás de ellos se vio a
él mismo metido en un ataúd: vestido con un traje que no recordaba tener. Su
cara era blanca como la nieve y, aún con los ojos cerrados, dejaba ver los
rasgos de alguien que habían muerto a causa de un gran miedo o dolor repentino;
o quizá, las dos cosas a la vez.
No pudo soportar verse allí
metido durante mucho tiempo y salió corriendo; abrió la puerta por la que había
entrado en aquel velatorio… y se encontró de nuevo en su piso donde todo se
encontraba tranquilo. Se metió en la cama sin ser capaz de digerir lo que
acababa de ver e intentó conciliar el sueño, pero el llanto de una niña en la
habitación de al lado se lo impidió.
Dicen los vecinos del piso que
por las noches se suele escuchar a dos hombres y una mujer; hablando cual si estuviesen jugando, o
comentando algún partido de fútbol o película: mientras una niña pequeña
llora en otra habitación.
© Paco Muñoz Hidalgo.
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