Una simple llamada, en un día normal hasta ese momento, rondando el atardecer, puede hacer cambial las vidas de cualquier familia de un modo tan brusco que resulta difícil asumir en un primer momento.
Eso fue lo que sucedió a Manuel aquél 14 de febrero cuando descolgó el teléfono al ver el nombre de Juani, con su hermosa sonrisa, en la pantalla. Ella creía que estaba en la oficina, pero en realidad se encontraba gestionando los últimos detalles para la sorpresa que pensaba dale aquella noche. Se reía al pensar en la cara de Juani por la mañana cuando se hizo el despistado mientras desayunaban para que pensase que no recordaba el día que era, y lo había conseguido a tenor de la brusquedad con que su mujer de despidió de él antes de salir para el trabajo. Pero no fue su dulce voz la que escuchó al otro lado de la línea, sino la de un hombre que decía se policía.
Desde aquella llamada todo se precipitó y cambió, no sólo en la vida de Manuel, en la familia. La muerte de Juani en un accidente de tráfico resultó un duro golpe que la vida daba a todos los que la querían y apreciaban. Para Manuel los días que siguieron a la noticia pasaron como si se tratase de algo que no iba con él, ni una lágrima recorrió su cara; ni cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su mujer en el hospital, ni cuando fue a la aseguradora para arreglar todo el tema del entierro, (incineración en el caso de Juani, porque ella siempre decía que cuando muriese no quería estar atrapada dentro de una caja, quería volar libre donde el viento llevase sus cenizas). Para Manuel, aquella persona que se encontraba en una caja en la sala número quince del tanatorio no era su mujer, o quería creer que no lo era. Que aquella urna, con unas cenizas, no era todo lo que quedaba de su amada. Era igual que ver una película en ese estado en que uno no se encuentra despierto ni dormido.
Sólo tenía un pensamiento en la cabeza aquellos días, su hija Marta, que tenía cinco años y estaba ajena a todo aquello en casa de unos amigos de la familia. ¿Cómo le iba a decir que su madre no volvería nunca? ¿Qué ya no la bañaría por las noches? ¿Qué no la contaría el cuento antes de quedarse dormida? ¿Qué no volvería a besarla y abrazarla?. Aquello era lo que lo hacía llorar, sólo aquello.
Días después de la incineración, Manuel sí que se empezó a dar cuenta del verdadero alcance de la muerte de Juani y cada segundo que pasaba le costaba más asumirlo. Tumbado en el sitio de ella, se sentía incapaz de moverse de allí, todavía no había tenido el valor para hablar con su hija, no sabía como decirle que su madre estaba muerta y le atormentaba el momento de tener que hacerlo. Escuchó como se abría la puerta del dormitorio, levantó un poco la cabeza para decir a su madre, que era quien se estaba ocupando de la niña y de él, que lo dejase tranquilo. Pero no era su madre quien entró. Marta se acercó a la cama despacio, intentando no hacer ruido, y se quedó mirando a su padre antes de subir a la cama, darle un beso y quitarle las lágrimas con sus pequeñas manitas.
-Papi, ¿Porqué estás llorando? ¿Es porque no está mami? - Manuel miraba a su hija sin saber qué decir. La niña lo miraba con esos ojos de alegría que a su edad nunca se pierden, o jamás se deberían perder, mientras le daba besos y abrazaba.
-Si mi niña, es porque mami no está con nosotros - contestó intentando frenar las lágrimas.
-¡Va! Por eso no llores – La sorpresa del padre se hizo patente en el rostro al escuchar a su hija hablar tan alegremente, bendita inocencia. - Mami va a venir en cuanto encuentre mi estrella.
-¿Tu estrella? - preguntó asombrado.
-Sí, mami se ha ido al cielo a buscar la estrella más bonita de todas para traérmela. ¿No te acuerdas que siempre me decía que cualquier día me traería la estrella más bonita del cielo?- Le preguntó la niña con esa cara de enfado que siempre sacaba una sonrisa a sus padres - Pues la primera noche que dormí en casa de Pablo porque tú estabas trabajando, cuando vino mami a contarme el cuento, me dijo que se marchaba un tiempo para traerme la estrella ¡La más bonita de todas, para ponerla en mi habitación - Dijo riendo. - Pero que no me preocupe ni ponga triste porque no va a ser fácil y tardará mucho en volver y que mientras está buscando nos ve y nos protege como una ¡Supermamá!. ¡Se me olvidaba!... mami me dijo que tampoco estuvieses triste porque eso la hará enfadar ¡Y ya sabes como se enfada! - terminó de decir mientras agitaba las manos
Manuel estaba asombrado escuchando hablar a su hija tan tranquilla y alegre. Pero sobre todo porque cuando la niña decía que Juani le contó todo eso ella ya llevaba unas horas muerta. Dicen que los niños tienen un algo especial para ver cosas que los mayores no pueden. Y por la seguridad con que su hija le hablaba no dudó en que algo de verdad debía haber, o al menos eso quiso pensar. Abrazó a su hija lo más fuerte que pudo y comenzó a besarla sin poder dejar de llorar.
-¡Me haces daño papi! Y estás llorando.
-No lloro, es que se me ha metido algo en el ojo.- Dijo mientras se secaba las lágrimas e intentaba mostrar una sonrisa a su pequeña.- Vamos a hacer una cosa.
-¿Qué papi?
-Trae el cuento que más te guste. Te lo leeré y esta noche dormirás conmigo ¿Quieres?
-Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Bien!
La niña fue corriendo al salón para decir a la abuela que su padre la iba a leer un cuento y la dejaba dormir con él esa noche. Antes de que la abuela pudiese responder, Marta ya corría a su cuarto donde cogió su cuento favorito para salir rauda a la cama de sus padres donde se tumbó y espero a que Manuel comenzase la lectura.
Al cabo de un rato de lectura, tanto niña como padre se quedaron dormidos plácidamente. Juani observaba a los dos amores de su vida desde el otro extremo de la habitación con una mezcla de tristeza y felicidad en su cara: Tristeza porque no volvería a disfrutar de ellos. Felicidad porque estaba segura de que ambos se apoyarían y se adorarían a lo largo de la vida. Ya se encargaría ella de que fuese así desde allí donde marchaba.
Se acercó a la cama, besó a Marta en la frente, a Manuel le dio el último beso de amor y se marchó contenta por haber podido despedirse de ellos.
© Paco Hidalgo

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