A sus 45 años Iván había conseguido todo lo que quería.
Muchos no comprendían su filosofía pero eso le importaba más bien poco; por no
decir nada.
No es que
tuviese tanto dinero como para permitirse no volver a trabajar nunca más; para
nada. De hecho tenía un trabajo “normalito”, con un sueldo “normalito”; pero
que le dejaba mucho tiempo libre para disfrutar de la vida. De trabajar para
vivir, y no vivir para trabajar.
Nada lo
ataba a un lugar o cuidad en concreto; pues nada tenía. Vivía de alquiler en un
pequeño piso de poco más de treinta metros cuadrados; de los cuales le sobraban
la mitad. Usaba siempre un pequeño coche; que también era de alquiler por
meses. Nada tenía suyo salvo la libertad de saber que nada lo ataba a un
determinado sitio o lugar. Una sensación que pocas personas podían tener; la de
sentirse libre de todo y todos.
En tiempos tuvo una novia con la
cual se sentía bien; y creía que feliz, hasta que ella quiso dar un paso más en
la relación. Ese fue el momento en que Iván decidió cortar la relación;
apreciaba demasiado su libertad. No quería ataduras de ninguna clase ni nadie
que invadiese su espacio por más de dos o tres horas al día.
Era feliz viviendo de esta
manera. La soledad; el precio que debía pagar por ello, pero era un precio tan
pequeño en comparación con los beneficios que obtenía que no le importaba lo
más mínimo.
Sólo en situaciones puntuales:
como la de sentarse a tomar un refresco en una terraza abarrotada, echaba en
falta la compañía de otra persona. Pero no porque la necesitase de verdad, no,
sino por la cara de los camareros al verlo ocupar una mesa él solo, mientras
grupos de personas se tenían que marchar porque no tenían donde sentarse. Cosa
que le estaba sucediendo esa noche calurosa de agosto sentado en una de las
muchas terrazas de la Plaza de Santa Ana.
Desde detrás y asustándolo, le
llegó una voz femenina: << ¿Puedo
sentarme con usted en la mesa? >>. Iván volvió la mirada y se
encontró con una mujer un poco más joven que él: pelo negro largo y alborotado,
mirada hundida detrás de unas gafas de pasta; cara de alguien que en su mejor
momento debió ser muy guapa, pero que ahora estaba demacrada por una vida que
no debe ser muy buena: vestida con una vieja camiseta, un raído pantalón de
chándal y una viejas y rotas zapatillas de deporte. Era una de las muchas
mujeres y hombres que, aprovechando la multitud de gente en las terrazas de la
plaza, se dedicaban a ir pidiendo de mesa en mesa con la esperanza de poder
sacar algo de dinero con el que comprar una dosis de droga.
Algo mosqueado, ante tan extraña
petición, Iván tardo unos segundos en reaccionar hasta que accedió a que la
mujer se sentase con un gesto de su mano y sin dejar de mirarla. Ella tomó
asiento ante la mirada de desprecio de las personas de las mesas cercanas. Las
cuales enseguida pusieron a salvo todas sus pertenencias. La mujer les miraba
con aire triste mientras Iván sintió un poco de rabia hacia aquellas personas
que juzgaban antes de conocer. Aunque pensado bien, era normal esa reacción ya
que él mismo se había asegurado, de forma totalmente automática y mecánica de
poner la cartera y el móvil a buen recaudo mientras ella se sentaba. Y ahora
que se daba cuenta de ello.
No es que le hiciera mucha gracia
tener sentada a su mesa a aquella extraña; sólo lo hizo para dejar que los
camareros viesen a alguien más allí sentado y dejasen de echar esas miradas
“asesinas” sobre él. No tardó uno de ellos en acercarse a la mesa para ver si
quería tomar algo la recién llegada. Iván tampoco tenía pensado invitarla a
tomar algo; pero ya no quedaba más remedio.
- ¿Qué quiere tomar? – Preguntó a
la mujer que permanecía en silencio. Ella hizo un gesto negativo con la cabeza
– Sí mujer, toma algo, te invito.
- Bueno. Si no es mucho pedir y
aprovecharme de usted… - Hablaba con un susurro. Parecía temerosa a soltar las
palabras, y siempre con la mirada hacia la mesa – Tengo más hambre que sed.
¿Puedo pedir un bocadillo?
- Pida lo que apetezca, invito encantado.
La mujer pidió un montado de lomo
y una cerveza sin alcohol ante la atenta mirada de Iván que creyó reconocer ese
rostro; esos ojos que ahora miraba bien por primera vez desde que ella se
sentó; y ese dulce y relajante tono de voz. <<
Yo te conozco de algo, lo sé. Tus “pintas” me dicen que eres una vagabunda o
drogadicta; o las dos cosas a la vez; o quizás una puta barata de las que tanto
rondan por estas calles aledañas; o las tres cosas a la vez. Pero tu forma de
mirar y hablar; esa educación que emanas: eso me dice que en algún momento de
tu vida fuiste una mujer elegante. Seguro que con buen trabajo. Y me resultas
conocida. Aunque ahora no soy capaz de ubicarte. >> Esperó a que
marchase el camarero a por el pedido antes de comenzar a entablar conversación
con ella.
- Me llamo Iván. ¿Y tú?
- Si no lo recuerdas, prefiero
quedar en anonimato – contestó ella con ese mismo tono de voz casi susurrante.
– Siempre que no te importe.
- Eso quiere decir que me
conoces; que nos conocemos. – añadió Iván, algo extrañado con su respuesta, a
la vez que ponía más atención a la mujer; a la vez que su mente empezaba a
buscar en el rincón de los recuerdos olvidados con el propósito de intentar
localizar el nombre que darle a aquella mujer.
Mientras, ella comenzó a dar
cuenta del montado que acababa de traer el camarero y que le resultaba, en
aquellos momentos, el manjar más rico del mundo.
Eva si le reconoció en cuanto lo
vio, desde lo lejos, sentado en aquella mesa; solo, como siempre.
Era él, Iván. Aquel hombre con
quien en su otra vida: aquella en la que tenía un buen trabajo como secretaria;
un piso con hipoteca; una vida feliz y despreocupada; en aquella casi olvidada
vida, había tenido una relación amorosa. O ella al menos la había tenido. Él le
dio la patada cuando Eva propuso subir de nivel la relación. Y desde ese
momento su vida había ido de mal en peor.
Lo amaba tanto que la ruptura,
tan drástica como inesperada, con que la obsequió Iván fue un golpe tan duro
que acabó con ella como persona. Su debacle resultó tan rápida que en poco
tiempo se encontraba sin trabajo, sin familia y sin amigos; meses después, sin
casa por impago. Todo a raíz de la profunda depresión en la que se vio inmersa
y el descubrimiento, casual pero maldito, de la heroína: esa amiga que le daba
la paz necesaria para olvidar y volar lejos de los problemas.
Cinco años habían pasado de
aquello. Ahora vivía en la calle; alguna noche, con suerte, en el alberge
municipal. Pidiendo por la zona más turística de Madrid para poder pagar su
dosis diaria; que cada vez debía ser más grande para hacerla el mismo efecto.
Y, alguna que otra vez, vendiendo su cuerpo por quince míseros euros a algún
anciano o borracho: eso solo lo hacía cuando la necesidad apremiaba mucho y no
había conseguido el dinero suficiente pidiendo.
Sin pensarlo fue directa hacia él
y le pidió permiso para sentarse en su mesa. Para sorpresa de Eva la dejó
sentarse, e incluso, la había invitado a tomar algo: pensaba que la rechazaría
como sería lo normal al verla con ese aspecto. Pero no la reconocía y eso dolió
un poquito. Aunque no era de extrañar pues ni ella se reconocía cuando se
miraba en algún espejo o escaparate.
Ahora; sentada a su lado,
mientras comía el montado, Eva discutía con ella misma sobre si decirle quien
era en realidad, o dejarlo con la duda y pensando que había hecho la obra de
caridad mensual al invitar a un montado a una drogadicta desconocida.
Pero se daba cuenta a la vez de
que seguía muy enamorada de él. No había podido olvidarlo en todos esos años ¡Y
ahí lo tenía! ¡A menos de un metro! Su colonia seguía siendo la misma; y pensó
que todo lo demás también, que nada había cambiado en Iván en ese tiempo.
Cuando terminó de comer, levantó
la vista hacia él. La miraba pero como si no fuese a ella. Estaba absorto en
sus pensamientos: quizá intentando recordar su nombre. Seguro que si fuese con
el pelo limpio y cortado a lo garçon, con
su traje de falda y los zapatos de tacón, se acordaría de ella al momento. Pero
así le iba a resultar muy difícil, y aprovechó esa pequeña ventaja para
entablar conversación.
No pensaba Iván que aquella
mujer, a la que seguía sin poder poner nombre, pudiese tener una conversación
tan amena y fluida sobre cualquier tema que él quisiese tocar. Y eso le hizo
invitarla a otra cerveza; y otra, y otra, mientras hablaban cordialmente. Hacía
mucho tiempo que no se sentía tan a gusto en compañía de otra persona.
Tan a gusto que pensó, incluso,
en invitarla a pasar la noche juntos; a pesar de que sabía lo arriesgado de
aquello ya que la mujer le había confesado que era adicta a la heroína:
posibilidad de que le robase; posibilidad, y grande, de que le contagiase
alguna enfermedad de transmisión sexual. Eso le hizo replantearse la invitación
y desecharla por completo: tenía más problemas que beneficios.
Pero según pasaba la noche, y las
copas, en aquella terraza, los contras se fueron haciendo más pequeños;
mientras el pro, pues solo había uno; ganaba terreno. Tanto terreno terminó
ganando, sexo salvaje, que terminó por hacerse con la partida en la cabeza de
un Iván bastante “perjudicado” por el alcohol a esas alturas.
Y se lo propuso… y ella aceptó.
Cuando Eva despertó esa mañana,
se encontró con que estaba sola en la cama: pensó que Iván estaría en el baño,
por lo que se dio media vuelta para aprovechar mejor la oportunidad de estar
acostada en un sitio tan cómodo y blandito; en comparación de las camas del
alberge y del propio suelo de la ciudad.
Allí tumbada comenzó a recordar
la noche de amor y sexo de la que acababa de disfrutar junto a Iván. Una noche
mágica, mejor de lo que había soñado desde que él la dejase y ella comenzase a
pensar cómo sería su reencuentro: porque estaba segura de que iba a suceder mas
tarde o temprano. Volvió a excitarse solo pensando lo sucedido esa noche. Pero
algo hizo que el momento se empañase un poco; Iván no había sido capaz de
recordarla. << No pasa nada. En
cuanto salga del baño le diré quien soy >>
Tardaba mucho en salir y ella
decidió ir para darle una sorpresa. Pero no lo encontró en el baño, ni en la
cocina, ni en ninguna parte del pequeño piso. En su lugar había un sobre encima
de la mesa de la cocina: No
abrir hasta que estés fuera del piso.
Eso no es lo que ella esperaba,
pero se dio cuenta de la hora y pensó que no le quedó más remedio que ir a
trabajar. Y se sintió alagada porque le hubiese dado confianza para dormir en
su casa hasta que quisiese; sin miedo a encontrársela desvalijada a su regreso.
Aprovechó que estaba sola para darse un largo y placentero baño; hacía siglos
que no disfrutaba de uno ya que lo máximo que conseguía era una ducha de diez
minutos, y eso cuando tenía suerte. Así que lo disfrutó hasta que el agua
comenzó a quedarse fría. Al ir a vestirse comprobó sorprendida que su andrajosa
vestimenta se encontraba lavada y doblada en una silla. Fue a prepararse un
desayuno antes de marcharse y volvió a encontrar el sobre. Aunque se prometió
cumplir sus deseos, no pudo aguantar más, soltó la taza de café y las
magdalenas en la mesa; para coger la carta y abrirla. Lo primero que vio fueron
los cien euros en billetes de veinte y eso la enfadó pensando que Iván hubiese creído
pasar la noche con una puta. Pero antes de enfadarse del todo decidió leer el
contenido del sobre mientras iba dando pequeños tragos de café y grandes
mordiscos de magdalenas:
Hola Eva:
Como ves, sé perfectamente tu nombre; te reconocí
en el mismo momento en que me pediste permiso para sentarte conmigo. Por eso te
dejé hacerlo y no te mandé a la mierda que era lo que se esperaba en aquella
situación.
Sé de ti por terceras personas. Lamento mucho ser
el culpable de tu actual situación. Pero no me arrepiento de lo que hice en su
momento; lo volvería a hacer, porque ya lo he hecho con otras mujeres. Sabes
que no soy hombre de ataduras.
Te dejo cien euros porque seguro que te levantas
con la necesidad de inyectarte esa mierda. Pero no quiero volver a saber nada
más de tu persona en mi vida. Lo de anoche fue genial, una de las mejores noche
de sexo que he tenido en los últimos tiempos: pero solo eso, una noche de sexo.
¡Sólo espero que no tengas nada que me hayas infectado!... pero si lo has
hecho, es porque yo tenía ganas de jugar a la ruleta rusa una vez en mi vida,
para salir de la monotonía. Y tú me has servido de pistola; ahora tengo que
esperar para ver que no has hecho las veces de bala.
Que todo te vaya bien y olvídate de mí.
Estas palabras escritas de puño y
letra por Iván fueron como puñaladas en pleno corazón de Eva; un gran jarro de
agua fría. Ella, que ya estaba haciendo planes para desintoxicarse y volver a
intentar conquistar a su amor. No podía ser cierto lo que acababa de leer, no.
Algo cierto había; ya empezaba a notar los temblores que indicaban que se le
estaba pasando el efecto del “chute” que se había metido poco antes de verle en
la terraza. Necesitaba salir a comprar cuanto antes. Pero esas palabras se las
tendría que decir Iván a la cara. No pensaba moverse de allí hasta que
regresase y la dijese eso que había escrito, pero mirándola a los ojos.
Llamó por el teléfono fijo del
piso a una amiga que estuvo conforme con ir a por el dinero y comprarla una
dosis a cambio de dinero para conseguir la suya propia. Y sobre el único sillón
que habían en el cuarto de la tele del piso; se prepasó su “pico” y se lo
inyectó. Cayendo en ese fabuloso mundo que solo se alcanza al notar como va
entrando el veneno en su cuerpo: un mundo donde flota en una nube de algodón y
se olvida de esta vida. Pero hoy era distinto; el veneno quemaba más de lo
normal y su efecto era demoledoramente bueno. << No sé donde habrá comprado “La jurado” esta mierda, pero es
muy buena >> Pensaba mientras iba cayendo en el sopor conocido y
deseado por ella cada vez que se pinchaba.
Despertó cuando escucho las
llaves en la cerradura. De un salto se puso a esconder todas las pruebas de lo
que había hecho; y así la pilló Iván cuando cerró la puerta.
- ¿Qué coño haces todavía aquí? –
Preguntó con evidente tono de enfado. - ¡Y encima te has drogado aquí!
- Yo… Bueno… - Eva no sabía donde
meterse por ser descubierta habiéndose drogado allí. Pero se recompuso al
recordar el motivo por el que permanecía en el piso y habló calmadamente; como
solo lo hace un drogadicto aún bajo el fuerte “subidón” de la heroína.- No
quería marcharme sin que me dijeses a la cara lo que has escrito en esa carta.
- Creo que está todo muy claro –
el tono de voz de Iván era cada vez más fuerte y su enfado mayor ante aquella
situación. – Tenía que haberte echado de casa antes de irme. Pero tonto de mí,
pensé que agradecerías un baño caliente y un buen desayuno. Pero mira, – Su
tono ahora era sarcástico – al menos no me he encontrado el piso desvalijado.
Algo bueno al menos. – volvió a su tono enfadado. – Ahora mismo coge tus cosa y
vete de aquí – la agarró con fuerza del brazo derecho mientras la empujaba
hacia la puerta con rabia – y no vuelvas más. ¿Me oyes?
El pánico se apoderó de Eva según
hablaba él. Cada vez más alto y más enfadado. Eso hizo, que de forma refleja,
sacase de la mochila un viejo y mellado cuchillo que tenía para defenderse y
que más de una vez la sacó de un apuro. Cuando Iván le agarró el brazo pensó
que iba a pegarla; y sin darse cuenta, como un acto instintivo de defensa; se
volvió hacia él empuñando el cuchillo y comenzó a atacarlo compulsivamente.
Notaba el cuchillo clavarse una y otra vez en el cuerpo del hombre.
Escuchaba sus gritos; primero de
sorpresa, después de dolor. Pero no podía dejar de clavarlo una y otra vez en
el cuerpo. Ni después de tenerlo tumbado en el suelo pudo parar. Y se detuvo
únicamente cuando el arma se clavó en el suelo de madera. Ese fue el momento en
que sintió como un “chip” en su mente que la hizo parar y darse cuenta de lo
que acababa de hacer. Había matado a Iván. Y no sabía si por el miedo a que la
hiciese daño; o por venganza por todo lo que él la había robado el día que
decidió romper su relación hacía cinco años: O quizás, por todo ello junto.
Dejó el cuerpo de Iván tendido en
el suelo y salió corriendo de allí; y siguió corriendo por la calle a pesar del
tremendo calor; y continuó corriendo mientras atravesaba el parque donde los
niños jugaban ajenos a lo que acababa de suceder. Y corrió hasta que llegó al
lugar donde le vendían las drogas.
Sólo allí se detuvo para comprar
dos dosis con el dinero que la quedaba de lo que Iván le había dejado en el
sobre. Se fue debajo del puente del diablo, así es como llamaban al puente
donde todos iban a consumir la droga recién comprada.
Al ir a prepararse el “chute” se
dio cuenta que no llevaba consigo la mochila donde guardaba todo lo necesario.
Así que pidió prestadas las herramientas y la jeringuilla a una chica que
terminaba de usarlas.
Al principio únicamente tenía
intención de meterse una dosis y dejar la otra para la noche. Pero al recordar
lo que había hecho, decidió poner las dos, a ver si con un poco de suerte podía
poner fin también a su vida.
Y tuvo suerte… Esa suerte que le
resultara tan esquiva durante sus últimos años de vida, la acompañó en aquel
momento. Se quedó plácidamente dormida con la jeringuilla colgando del brazo
izquierdo. No la dio tiempo a disfrutar de su último “viaje”.
© Paco Muñoz Hidalgo.

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Impresionante, sigue asi Paco
ResponderEliminarMuchas gracias Pilar. Prometo intentar seguir así. Solo espero conseguirlo jejeje.
EliminarBesitos
Ufffff Paco que fuerte, magistral relato,¡te superas cada vez!! gracias por estos relatos, un abrazo...
ResponderEliminarGracias a tí por ser mi fan número 1. Y me alegro de haber vuelto a sorprenderte.
EliminarUn gran abrazo.
No sé si por mi torpeza todavía en esto he podido borrar algún comentario. Espero que no. Pero si ha sido así pido perdón y os ruego lo volváis a poner.
ResponderEliminarSaludos y abrazos.
Hola Paco, como siempre genial amigo
ResponderEliminarMuchas gracias Sonia Patricia. Espero seguir escribiendo relatos que os gusten.
EliminarUn abrazo.