Aquella mañana Mariana volvió a despertar con la boca como un estropajo y la cabeza a punto de estallar de tanto como la dolía, su amiga la resaca se había vuelto a hacer presente. A pesar de que llevaba cerca de tres años despertando así cada mañana, no terminaba de gustarle nada esa sensación. Siempre juraba que sería la última vez… que lo dejaba. Pero ese juramento la duraba lo que tardaba en llegar a la cocina y servirse un trago de vodka en vez de un café.
Su afición al alcohol comenzó cuando una tarde su marido la dijo que se iba. Que no podía seguir viviendo una falsa. Que se había enamorado de otra. Y se marchó dejándola sin entender nada. Desde esa tarde la botella se había convertido en su gran y única amiga. Aquella que la hacía olvidar el dolor y no la juzgaba.
Ella siempre se había portado como una buena esposa. Le amaba y hacía todo lo que podía para que estuviese contento y feliz a su lado. En parte, para mitigar el dolor que su marido sentía por tener una mujer estéril, cuando su gran ilusión era tener hijos. A ella también la dolía que la naturaleza le hubiese privado de la posibilidad de ser madre y lo callaba. Pero en su mente lo tenía siempre presente y sufría por ello.
Ella siempre se había portado como una buena esposa. Le amaba y hacía todo lo que podía para que estuviese contento y feliz a su lado. En parte, para mitigar el dolor que su marido sentía por tener una mujer estéril, cuando su gran ilusión era tener hijos. A ella también la dolía que la naturaleza le hubiese privado de la posibilidad de ser madre y lo callaba. Pero en su mente lo tenía siempre presente y sufría por ello.
Cuando, por fin, consiguió moverse un poco para levantarse de la cama, se llevó un gran susto al ver que tenía las manos rojas. Lo que la hizo dar un gran salto para aterrizar de pie sobre la mullida alfombra del dormitorio y darse cuenta que estaba desnuda, lo que le sorprendió mucho ya que casi siempre amanecía vestida con la misma ropa del día anterior, y muchas veces hasta con las deportivas puestas.
A los pies de la cama vio un montón de ropa apelotonada, su ropa del día anterior. Toda ella cubierta de algo rojo, lo mismo que sus manos. Fijó la mirada en el espejo de cuerpo entero del armario. No solo sus manos y ropas estaban manchadas; también el pelo, la cara y parte del cuerpo que no cubría la camiseta que se puso el día de antes. Empezó a tocarse por todos lados para ver si aquello rojo era sangre suya, pero después de un minucioso examen la tranquilizó comprobar que no la pertenecía ya que ni siquiera se encontró un arañazo.
Al coger la ropa vio que estaba toda de color rojo y que era sangre. Unas grandes arcadas se apoderaron de ella y la hicieron salir corriendo hasta el baño donde no pudo echar más que un poco de alcohol que aún quedaba en su cuerpo. Se lavó las manos y luego la cara, para intentar refrescarse un poco, antes de regresar al dormitorio y sentarse en la cama, al lado de la ropa. “No tengo dudas. Esto es sangre, pero no mía. ¿Qué hiciste ayer Mariana? ¡Intenta recordar, coño!”. Recordaba haber comenzado a beber temprano. Salir a mediodía al bar de Pedro donde se tomó unos cuantos vinos y comió algo. Por la tarde se fue a una terraza en la calle Vespasiano, donde empezó con los cubatas de vodka. Ya anochecido recuerda, muy ligeramente, como el camarero la había invitado a irse ya que estaba metiéndose con otros clientes. Y a partir de ese momento… ¡Nada! Oscuridad total hasta que se despertó por la mañana en su cama y con el cuerpo y la ropa llenos de sangre.
Fue hasta la cocina con la intención de hacer un café para ver si podía recordar algo más de lo que había hecho esa noche, aunque lo que le apetecía era un trago de vodka y tuvo que hacer un esfuerzo para no caer en la tentación. Pero todo fue en vano pues no lograba recordar más allá del momento en que fue invitada a marcharse de la terraza.
A los pies de la cama vio un montón de ropa apelotonada, su ropa del día anterior. Toda ella cubierta de algo rojo, lo mismo que sus manos. Fijó la mirada en el espejo de cuerpo entero del armario. No solo sus manos y ropas estaban manchadas; también el pelo, la cara y parte del cuerpo que no cubría la camiseta que se puso el día de antes. Empezó a tocarse por todos lados para ver si aquello rojo era sangre suya, pero después de un minucioso examen la tranquilizó comprobar que no la pertenecía ya que ni siquiera se encontró un arañazo.
Al coger la ropa vio que estaba toda de color rojo y que era sangre. Unas grandes arcadas se apoderaron de ella y la hicieron salir corriendo hasta el baño donde no pudo echar más que un poco de alcohol que aún quedaba en su cuerpo. Se lavó las manos y luego la cara, para intentar refrescarse un poco, antes de regresar al dormitorio y sentarse en la cama, al lado de la ropa. “No tengo dudas. Esto es sangre, pero no mía. ¿Qué hiciste ayer Mariana? ¡Intenta recordar, coño!”. Recordaba haber comenzado a beber temprano. Salir a mediodía al bar de Pedro donde se tomó unos cuantos vinos y comió algo. Por la tarde se fue a una terraza en la calle Vespasiano, donde empezó con los cubatas de vodka. Ya anochecido recuerda, muy ligeramente, como el camarero la había invitado a irse ya que estaba metiéndose con otros clientes. Y a partir de ese momento… ¡Nada! Oscuridad total hasta que se despertó por la mañana en su cama y con el cuerpo y la ropa llenos de sangre.
Fue hasta la cocina con la intención de hacer un café para ver si podía recordar algo más de lo que había hecho esa noche, aunque lo que le apetecía era un trago de vodka y tuvo que hacer un esfuerzo para no caer en la tentación. Pero todo fue en vano pues no lograba recordar más allá del momento en que fue invitada a marcharse de la terraza.
Como en un acto reflejo encendió la radio con la esperanza de que las noticias locales le sacaran algún recuerdo y quedó petrificada cuando escuchó la voz de la locutora comentar un terrible suceso acaecido la noche anterior, a solo dos calles de su casa y en el cual habían aparecido muertos un matrimonio y sus dos hijos de corta edad. Al dar el nombre de la familia asesinada Mariana quedó blanca como la cera. Les conocía. Más bien les odiaba porque gracias a una denuncia que pusieron ella tuvo que pasar por un juicio, que no la llevó a la cárcel, pero la dejó marcada en el barrio.
Al parecer una tarde en la que iba muy bebida, como era costumbre, pegó a la niña pequeña en el parque solo porque esta se había acercado, al banco del parque donde Mariana se encontraba sentada, y Mariana la dio un bofetón porque la estaba molestando. Ella no se acordaba de nada cómo solía ser normal cuando llegaba a cierto punto en si embriaguez, pero los testigos sí y en el juicio fue acusada de maltrato a un menos y sentenciada a cumplir año y medio de cárcel (que no cumplió por ser su primer delito), una multa de tres mil euros y una orden de alejamiento de la niña y su familia de quinientos metros. Desde entonces se había convertido en la madrastra de Blancanieves en el barrio y todos la soportaban, pero nadie la quería cerca. Una paria en su barrio de toda la vida donde solo podía estar tranquila bebiendo en los bares… siempre que no molestase al resto de clientes.
Apagó la radio e intentó con más fuerzas recordar lo que había hecho la noche anterior. Estaba claro que se tuvo un enfrentamiento con alguien y que la otra persona no salió muy bien parada; pero era muy extraño que ella no tuviese ni un simple arañazo teniendo en cuenta que es una mujer bajita y delgada. Sin fuerzas ni para abrir un bote de mermelada.
Cómo la fastidiaba, en ocasiones, no recordar nada. Es cierto que su alcoholismo era precisamente para no recordar los felices años junto a su exmarido y la forma tan dura en que la dejó para irse con otra mujer que sí podía darle hijos; de hecho ya tiene dos con su nueva mujer, y si no recuerda mal, está esperando al tercero. “Puto conejo, tres hijos, en tres años. Ahora si estarás contento ¡cabrón!
Al parecer una tarde en la que iba muy bebida, como era costumbre, pegó a la niña pequeña en el parque solo porque esta se había acercado, al banco del parque donde Mariana se encontraba sentada, y Mariana la dio un bofetón porque la estaba molestando. Ella no se acordaba de nada cómo solía ser normal cuando llegaba a cierto punto en si embriaguez, pero los testigos sí y en el juicio fue acusada de maltrato a un menos y sentenciada a cumplir año y medio de cárcel (que no cumplió por ser su primer delito), una multa de tres mil euros y una orden de alejamiento de la niña y su familia de quinientos metros. Desde entonces se había convertido en la madrastra de Blancanieves en el barrio y todos la soportaban, pero nadie la quería cerca. Una paria en su barrio de toda la vida donde solo podía estar tranquila bebiendo en los bares… siempre que no molestase al resto de clientes.
Apagó la radio e intentó con más fuerzas recordar lo que había hecho la noche anterior. Estaba claro que se tuvo un enfrentamiento con alguien y que la otra persona no salió muy bien parada; pero era muy extraño que ella no tuviese ni un simple arañazo teniendo en cuenta que es una mujer bajita y delgada. Sin fuerzas ni para abrir un bote de mermelada.
Cómo la fastidiaba, en ocasiones, no recordar nada. Es cierto que su alcoholismo era precisamente para no recordar los felices años junto a su exmarido y la forma tan dura en que la dejó para irse con otra mujer que sí podía darle hijos; de hecho ya tiene dos con su nueva mujer, y si no recuerda mal, está esperando al tercero. “Puto conejo, tres hijos, en tres años. Ahora si estarás contento ¡cabrón!
Al ir al fregadero para lavar un vaso, en el que servirse su primera copa, se encontró que había en el lugar un gran cuchillo lleno de sangre que había salpicado al resto de vasos y platos que allí había acumulados a la espera de ser fregados. “¿Qué coño hace aquí este cuchillo tan grande? Desde luego mío no es, o eso creo. ¿Y toda esa sangre? ¡Joder qué hiciste anoche puta borracha! O empiezas a recordar, o voy a empezar a creer que el alcohol me vuelve una puta heroína capaz de matar a cuatro personas yo solita”.
Después de lavar el cuchillo, y todo lo que había en el fregadero, se llenó de vodka un vaso y lo bebió de un solo trago sentada en el sofá intentando recordar. La tristeza y depresión que empezaba a sentir se fue diluyendo al mismo ritmo que el vodka empezaba a entrar en su sangre. “Soy una puta yonki, cualquier día de esto me pongo un gotero directo en vena, pero en vez de contener suero y esas mierdas que te meten en el hospital, contendrá una botella de vodka.” Se sirvió otro vaso y este empezó a tomarlo a sorbos, mientras intentaba recordar y empezaba a sentir el efecto del alcohol en su cuerpo.
Cuando despertó eran las seis de la tarde. Seguía en el sillón y a su lado el vaso volcado sobre el mismo había dejado una gran mancha de vodka. Tenía hambre, pero no la apetecía salir y en casa no tenía nada que comer, así que optó por calmar a su estómago sirviéndose otro vaso antes de ponerse en pie y encender la radio para ver si había nuevas noticias…. Y ¡vaya si las había!
La familia Martínez había sido asesinada mientras dormían con un arma blanca de grandes dimensiones, al parecer, un cuchillo de grandes dimensiones con la empuñadura color marfil que faltaba de su cocina y no habían podido localizar los investigadores. Por la crueldad y la saña empleados, se pensaba que podía ser un ajuste de cuentas. Aunque la policía no descartaba aún ninguna causa y tenían varios frente de investigación abiertos.
“¡No me jodas! Ese es el cuchillo que me he encontrado en el fregadero. La puta que te parió Mariana ¿Qué has hecho? Yo nada ¡ostias! Si no soy capaz de abrir una lata de sardinas ¿Cómo coño voy a ser capaz de tener fuerza para matar a cuatro personas, una de ella un armario empotrado que de un manotazo me manda al otro lado de Madrid? Pero estaban durmiendo, indefensos. Sí pero, digo yo que al menos mientras mataba a uno del matrimonio el otro se habría despertado. No soy una puta bruja que puede matar a cuchillazos a dos personas a la vez. ¿O quizás sí?
Después de lavar el cuchillo, y todo lo que había en el fregadero, se llenó de vodka un vaso y lo bebió de un solo trago sentada en el sofá intentando recordar. La tristeza y depresión que empezaba a sentir se fue diluyendo al mismo ritmo que el vodka empezaba a entrar en su sangre. “Soy una puta yonki, cualquier día de esto me pongo un gotero directo en vena, pero en vez de contener suero y esas mierdas que te meten en el hospital, contendrá una botella de vodka.” Se sirvió otro vaso y este empezó a tomarlo a sorbos, mientras intentaba recordar y empezaba a sentir el efecto del alcohol en su cuerpo.
Cuando despertó eran las seis de la tarde. Seguía en el sillón y a su lado el vaso volcado sobre el mismo había dejado una gran mancha de vodka. Tenía hambre, pero no la apetecía salir y en casa no tenía nada que comer, así que optó por calmar a su estómago sirviéndose otro vaso antes de ponerse en pie y encender la radio para ver si había nuevas noticias…. Y ¡vaya si las había!
La familia Martínez había sido asesinada mientras dormían con un arma blanca de grandes dimensiones, al parecer, un cuchillo de grandes dimensiones con la empuñadura color marfil que faltaba de su cocina y no habían podido localizar los investigadores. Por la crueldad y la saña empleados, se pensaba que podía ser un ajuste de cuentas. Aunque la policía no descartaba aún ninguna causa y tenían varios frente de investigación abiertos.
“¡No me jodas! Ese es el cuchillo que me he encontrado en el fregadero. La puta que te parió Mariana ¿Qué has hecho? Yo nada ¡ostias! Si no soy capaz de abrir una lata de sardinas ¿Cómo coño voy a ser capaz de tener fuerza para matar a cuatro personas, una de ella un armario empotrado que de un manotazo me manda al otro lado de Madrid? Pero estaban durmiendo, indefensos. Sí pero, digo yo que al menos mientras mataba a uno del matrimonio el otro se habría despertado. No soy una puta bruja que puede matar a cuchillazos a dos personas a la vez. ¿O quizás sí?
Mariana fue corriendo al PC y se puso a buscar información sobre las lagunas mentales causadas por el consumo de alcohol para saber si había alguna manera de poder recuperar ese tiempo borrado de la mente, pero no encontró nada que la fuese útil. Empezó a buscar entonces sobre la fuerza que puede llegar a tener una persona bajo los efectos de una subida de adrenalina y esto si la asustó y más al leer un artículo sobre un borracho en Inglaterra que con una borrachera de las grandes había tenido una pelea con dos guardas de seguridad en un Pub. Dos tíos más altos y fuerte que él, en circunstancias normales, a los cuales había mandado al hospital en un ataque de histeria que le dio cuando le quisieron echar del local. Y de cómo habían sido necesarias cinco personas para conseguir reducirle. “¿Y si me a pasado a mí algo parecido? Yo odio a esa familia desde la denuncia y muchas veces he pensado en el placer que sería verlos muertos. Se me pudo cruzar un cable ayer cuando me fui cabreada de la terraza. Pude ir y descargar en ellos toda la rabia. Sé que esconden una llave en una baldosa desprendida del segundo escalón de la entrada, los vi cogerla, por casualidad, y volver a dejarla en el mismo sitio. De esto hace unos meses, pero no creo que cambiasen el escondite.”
Con cada trago que daba, más segura estaba que ella era la asesina y que de un momento a otro entrarían para detenerla. Tanto es así que su cabeza empezó a fantasear con el modo en que pudo hacerlo… y lo que empezó como una fantasía terminó siendo asimilado como una realidad por una mente ya muy perjudicada por el litro de vodka que llevaba encima a aquella hora de la noche.
El terror y pánico por haber podido ser la culpable cada vez se hacían más fuertes en la mente de Mariana. Y más doloroso en su corazón el pensar que había podido matar a dos niños inocente y puros. Eso si que era superior a ella. Una cosa era dar un empujón a la niña en el parque, o un tortazo, y otra muy distinta matarla. Pero en su, ya formada realidad, no tenía ninguna duda. “Soy una hija puta asesina de niños y no merezco seguir viva”. Con ese pensamiento sacó un frasco de medicación para combatir el síndrome de abstinencia que la habían receta cuando lo del juicio, y que nunca llegó a abrir siquiera, cogió otra botella de vodka y se fue al dormitorio.
Abrió el frasco y se tomó todas las pastillas acompañadas con tragos de licor para que pasasen mejor. Se tumbó en la cama y mientras recordaba su vida de niña, la época más feliz que recordaba en esos momentos, fue cayendo en un profundo sueño a la par que las lágrimas dejaban de brotar de sus ojos.
El terror y pánico por haber podido ser la culpable cada vez se hacían más fuertes en la mente de Mariana. Y más doloroso en su corazón el pensar que había podido matar a dos niños inocente y puros. Eso si que era superior a ella. Una cosa era dar un empujón a la niña en el parque, o un tortazo, y otra muy distinta matarla. Pero en su, ya formada realidad, no tenía ninguna duda. “Soy una hija puta asesina de niños y no merezco seguir viva”. Con ese pensamiento sacó un frasco de medicación para combatir el síndrome de abstinencia que la habían receta cuando lo del juicio, y que nunca llegó a abrir siquiera, cogió otra botella de vodka y se fue al dormitorio.
Abrió el frasco y se tomó todas las pastillas acompañadas con tragos de licor para que pasasen mejor. Se tumbó en la cama y mientras recordaba su vida de niña, la época más feliz que recordaba en esos momentos, fue cayendo en un profundo sueño a la par que las lágrimas dejaban de brotar de sus ojos.
El asesinato de los Martínez resultó ser un robo. Su muerte no se debió a armas blancas, como se decía en los medios al principio, sino armas de fuego con silenciador y los asesinos fueron cogidos a los tres días cuando intentaban vender unas joyas robadas del adosado.
Mariana fue encontrada cuando los vecinos llamaron a los bomberos por el mal olor que salía de su piso. Llevaba tres meses muerta y nadie la había echado de menos en todo aquél tiempo. La ropa encontrada a los pies de su cama estaba llena de restos de barro, cómo si se hubiese caído en la zona de tierra roja del parque cuando lo se estaba regando por la noche, donde los niños jugaban a hacer castillos y muñecos de arena con sus cubos
Como nadie quiso hacerse cargo del cuerpo de Marina este fue enterrado en una fosa común junto al de vagabundos, ilegales y drogadictos sin identificar.
Como nadie quiso hacerse cargo del cuerpo de Marina este fue enterrado en una fosa común junto al de vagabundos, ilegales y drogadictos sin identificar.
© Paco Muñoz Hidalgo.

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Me encanto y lo vuelvo a leer, gracias Paco....
ResponderEliminarGracias a tí por seguir creyendo en mí. Espero poder seguir dándote buenos ratos de lectura.
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