Los niños de: once meses, dos y cuatro años, estaban ya
despiertos. Y fue el mayor quien entró corriendo en el cuarto de sus padres y
saltó encima de ellos con una sonrisa en su cara.
- ¿Qué es este bicho que se nos
ha metido en la cama, Lucia? – Dijo en padre.
- No lo sé Pedro pero me da mucho
miedo. Hazle cosquillas a ver si se asusta y se va.
- Yo solo no. Tú también tienes
que ayudarme porque es muy grande.
Los padres se pusieron a hacer
cosquillas y jugar con el niño que no paraba de reír y decir que no era ningún
bicho. La niña, de dos años, entró también en el cuarto y se quedo mirando lo
que pasaba. Hasta que su madre la cogió, subió a la cama y empezaron a jugar y
reír los cuatro; hasta que el llanto de la más pequeña hizo que Lucia se
levantase para ir a por ella, quedando los dos pequeños jugando con su padre un
rato más.
Así despertó ese domingo la
familia: entre alegría y felicidad. Desayunaron y los padres se pusieron a
bañar y vestir a los niños porque habían quedado en la casa de los abuelos para
pasar el día y celebrar el cumpleaños de la abuela.
La jornada se presentaba
formidable, con un sol espléndido, y calor de primavera, cuando Lucia y Pedro
montaron a los niños en el coche. Sentaron en sus sillitas a los dos mayores.
Lucia iba también en la parte trasera con la pequeña acostada en el capazo de
su silla. Partieron entre risas y la algarabía de los niños cada vez que
montaban en el coche.
La casa de los abuelos estaba a
unos cincuenta kilómetros y era una parcela donde habían construido una pequeña
casa y el resto del terreno lo dedicaron a césped y juegos para sus ocho
nietos, el mayor de solo siete años. Eran felices cada vez que conseguían
congregar a toda la familia. Disfrutaban de sus hijos; pero más viendo jugar a
sus nietos en el patio o haciendo tonterías a los más pequeños. Para ellos este
día iba a ser toda una bendición.
Pedro y Lucia se encontraban ya a
mitad de camino, con el coche rebosando alegría: su gran sueño era el de formar
una familia numerosa y no dejarían la cosa en tres hijos. Ambos adoraban a los
niños y por eso querían tener lo máximo que Dios los diera.
A la niña de dos años se le cayó
su juguete al suelo y empezó a llorar. Por más que Lucia intentaba calmarla,
sus llantos iban en aumento. Pedro, a instancias de su mujer, soltó una mano
del volante para intentar buscar a tientas el juguete, pero no lograba dar con
el. Dio media vuelta a su cabeza para poder comprobar si veía el juguete y
cogerlo. Al segundo de hacer esto el coche daba trompos por la carretera sin
control y de repente todo fue silencio.
Pedro despertó en la cama del
hospital con gran parte de su cuerpo dolorido y enyesado. Tardó unos segundos
en ver a su madre sentada en una butaca con los ojos hinchados y llorando…
Entonces recordó que tenía que estar buscando el juguete de su hija y no en una
cama de hospital. Llamó entre susurros a su madre que lo miró y fue veloz a su
lado intentando abrazarlo entre tanto lío de tubos y aparatos que Pedro tenía
en su cuerpo.
- ¿Qué ha pasado madre? ¿Qué hago
aquí? ¿Dónde esta Lucia y los niño?
La madre solo lo miraba con cara
de tristeza infinita mientras le decía que se calmara hasta que los médicos le
viesen. Y dicho eso salió de la estancia para avisar que su hijo había
despertado; después de tres meses en coma.
La recuperación de Pedro, desde
que despertó, fue rápida y muy favorable. Pero ya llevaba una semana y seguía
sin conseguir saber nada de su mujer e hijos: por más que preguntaba. Todo eran
evasivas y cambio de conversación. Le visitaron sus hermanos, familiares y
hasta amigos, pero nadie le decía nada de su mujer ni de los niños.
Pedro no era tonto y sabía que
algo muy malo había pasado. Un día se plantó en la visita del médico y le dijo
que contase donde estaba Lucia y sus hijos o se volvería loco y haría polvo el
hospital.
El médico, después de pensarlo
unos segundos, dijo a los internos y enfermeras que saliesen de allí. Había
llegado el momento de contarle todo, ya se encontraba con fuerzas para que la
noticia no volviera a poner su vida en peligro y era mejor que se enterase.
-
Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Ese espantoso y doloroso grito
llegó al último lugar del hospital cuando el médico le dijo a Pedro los meses
que había estado en coma; que sus tres hijos habían muerto en el accidente; y
que su mujer estaba en coma desde entonces, con graves secuelas en el cerebro
que no la permitirían nunca salir del mismo.
Desde entonces Pedro no volvió a
ser la misma persona. Siempre llorando y sin ganas de seguir con vida. Y, encima,
no le permitían visitar a su mujer hasta que no estuviese más recuperado. Por
ella, y solo por ella, aceptó el tratamiento psicológico y psiquiátrico que le
propusieron los médicos. Aunque por dentro seguía roto de dolor; de cara a todo
el mundo Pedro mejoró tanto que decidieron llegado el momento de darle el alta
del hospital.
Cuando salía, después de muchos
meses en aquella habitación, preguntó si podían llevarle a ver a su mujer antes
de irse a casa, <<así me ahorro un
viaje>>, comentó al celador que le llevaba en la silla de ruedas.
Este le dijo que se lo preguntaría al doctor antes. Le dejó en una esquina y
fue a la consulta a preguntar volviendo con un sí como respuesta.
Cuando llegaron a la habitación
de su mujer Pedro pidió al celador que le dejase solo con su esposa unos
minutos a lo que éste hizo un gesto afirmativo y salió cerrando la puerta tras
él.
Se levantó de la silla y pudo ver
a alguien en la cama que se parecía a su mujer, pero que no lo era. Solo era un
cuerpo enganchado a un montón de máquinas que lo mantenían con vida. Acercó su
mano a la de ella y al cogérsela, notó el frío helador de su mujer, la besó una
y otra vez. Pidiéndola perdón, entre lágrimas, por lo sucedido. <<No tenía que haber apartado la vista
de la carretera, todo es culpa mía y nunca me lo voy a perdonar. >>
Las lágrimas de Pedro rodaban por
las frías manos de su amada… Y fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no volvería
a ver a sus hijos en esta vida y a su mujer tampoco sabía cuanto tiempo la
vería así antes de que marchase a cuidar de ellos y le dejaran solo: no quería
vivir sin ellos.
Fue cuestión de segundos; tomo la
decisión y la ejecutó, sin más, no sin antes dar un beso en los labios a su
esposa y murmurar un simple, nos vemos en un rato….
La pradera era enorme y el césped
inundaba todo lo que sus vistas alcanzaban. Hacía una ligera brisa que
contrarrestaba el calor del sol haciendo que la temperatura fuese ideal para
que Pedro retozara con sus hijos mayores en la hierba; Lucia daba de comer a la
pequeña de la familia mientras los miraba y reía viéndolos disfrutar, hasta que
se unió a ellos en el juego dejando a la pequeña queriendo levantarse y empezar
a dar sus primeros pasos.
Los dos padres se miraron
orgullosos y se dieron un beso. Todo era felicidad y armonía.
Por fin volvía a estar la familia
unida y feliz……
© Paco Muñoz Hidalgo.

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Increible relato Paco, no lo habia leido es muy emotivo y me a gustado mucho gracias amigo...Un gran abrazo
ResponderEliminarMe alegro que no lo hubieses leído querida amiga. Pero mucho más el que te haya gustado.
EliminarUn beso.