martes, 17 de mayo de 2016

EL VALOR DE UNA MUJER

Federica trabajaba en el servicio de limpieza de una empresa de ocho de la tarde a tres de la madrugada. Eso la permitía estar todo el día con sus dos hijos: Amancio de dos años y Vanesa de cuatro.
            Por las noches era la madre de Federica la encargada de cuidarlos. Jacinta, la madre de Federica, vivía con ellos; más bien eran ellos quienes vivían con Jacinta desde que Federica abandonase a su marido tras la última paliza que casi la dejó sin vista en el ojo derecho.
Ahora él estaba en libertad provisional, hasta que se celebrase el juicio, y tenía una orden de alejamiento que lo impedía acercarse a menos quinientos metros de su mujer e hijos. Pero se había quedado a vivir en su piso de siempre ya que no disponía de familiares ni recursos para vivir en otro lugar; trabajaba de seguridad en la misma empresa que su mujer y fue despedido en cuanto los jefes se enteraron de que era un maltratador. <Mala imagen para la empresa>, le dijeron.
Por lo que habían tenido que ser Federica y los niños quienes se fuesen, ya que ella tenía a su madre viviendo en el pueblo vecino. Y además, lo prefería así porque ¿Quién mejor que la abuela para cuidar de los niños mientras ella trabajaba?; aunque eso supusiese tener que conducir cada día cincuenta kilómetros para ir y venir a trabajar.

Aquella tarde, cuando aparcó para entrar a trabajar, la pareció ver a Amancio, su todavía marido aunque ya había comenzado los trámites del divorcio, tras unos setos. Eso la asustó un poco pues le tenía miedo; mucho miedo. Al salir del coche miró por todos lados, alerta, por si volvía a verlo, pero no fue así. De todas maneras caminó alerta los escasos cincuenta metros que separaban su coche de la puerta de entrada al trabajo. Al llegar preguntó al de seguridad si había estado allí Amancio. O si lo había visto rondar por el parking o la calle; pero el vigilante no lo había visto desde que le despidieran. Aunque aseguró a Federica que tendría los ojos abiertos por si le viese y avisaría al compañero de noche para que hiciese lo mismo y la acompañase hasta el coche cuando ella saliese de trabajar, cosa que le agradeció mucho y fue más tranquila a cambiarse para comenzar una nueva jornada.
La jornada transcurría normal, como cualquier día. Pero algo la inquietaba; la hacía estar intranquila. Las horas parecían pasar más lentas que de costumbre. Era como si algo en su interior la estuviese mandando una señal de peligro. Tres veces llamó a casa de su madre en dos horas para preguntar si todo iba bien; y todo marchaba de maravilla por allí. No sabía porqué pero ver a Amancio allí, no tenía dudas que era él aunque fuese la única que lo vio, alteró sus nervios. Lo conocía bastante bien y sabía que no estaría muy contento con el cambio que dio su vida cuando ella lo denunció después de seis años de maltrato; sabía que no se quedaría de brazos cruzados esperando el juicio o los papeles del divorcio. Muchas eran las veces que la había dicho en esos seis años que: < Como se te ocurra denunciarme o marcharte, no pararé hasta que te vea muerta. A mí me arruinarás la vida, pero no vivirás para disfrutarlo > Y le conocía bastante como para saber que no hablaba en broma.
A pesar de la orden de alejamiento, Federica seguía teniéndolo mucho miedo. Y vivía cada día pensando en lo que estaría preparando para llevar a cabo su amenaza. Ante su madre, sus amigos, sus hijos y sus conocidos hacía ver que estaba bien y era feliz de estar alejada de Amancio. Pero en su interior siempre se encontraba en guardia y con miedo: Aquella noche más que de costumbre. Tenía el presentimiento de que debía volver a casa de su madre cuanto antes; por ello fingió estar enferma y se marchó del trabajo a las diez de la noche.

Tal cómo le había prometido el de seguridad, su compañero comentó que no había visto a Amancio en el rato que llevaba trabajando y se ofreció a acompañarla hasta el coche; cosa que ella agradeció sinceramente pues temía que la interceptase su marido en tan corto recorrido. Una vez dentro arrancó y dio las gracias al de seguridad antes de partir camino a casa. Cuando paró en el Stop, para incorporarse a la carretera, notó como algo la pinchaba en el costado derecho y al mirar vio una mano sujetando un cuchillo. De repente se vio con la boca tapada por otra mano y por el espejo retrovisor la cara de Amancio.
- No hagas nada raro o te mato aquí mismo – La voz de su marido intentaba ser calmada – Te voy a soltar la boca. Vas a arrancar como si no pasase nada y ya te diré donde vamos en cuanto nos alejemos un poco de aquí. ¿Has entendido?
Federica contestó afirmativamente con la cabeza. Amancio quitó su mano de la boca de ella, y con un gesto, la indicó que siguiese. De lo nerviosa que estaba casi se le para el coche. El cuchillo seguía en el mismo lugar; lo notaba en su piel a través de la camiseta de verano que llevaba puesta.
- ¡Que quieres! – Lo gritó, más por los nervios que por valor.
- A mi no me levantes la voz. – Contestó él como si estuviese teniendo una amigable conversación con ella. – O te clavo esto hasta que note el tope del cuchillo en tu carne.
- Perdón. No quería gritarte, son los nervios. ¿Qué quieres? – Volvió a preguntar pero esta vez haciendo un gran esfuerzo por parecer tranquila. Pensó que hablarle con dulzura podría ser mejor para ella que enfadarlo más de lo que seguro estaba.
- De momento quiero que conduzcas hasta casa de tu madre – Federica comenzó a temblar más y el miedo se fue convirtiendo en pánico según lo oía hablar. – Allí la llamas por teléfono y le dices que saque a los niños al coche… y cuando estén dentro sigues conduciendo. Y no intentes nada raro porque ya he perdido todo y me han dicho que en la cárcel no se vive tan mal. ¡Entendido!
Un sí con la cabeza fue todo lo que acertó a decir Federica ante aquella aterradora propuesta de su marido. <Bien está que me quiera matar a mí, pero no voy a permitir que les haga nada a los niños. Antes me mato y lo mato estrellando el coche contra un árbol. ¡Juro por Dios que lo hago! Piensa Fede (Así era como la llamaba todo el mundo para abreviar). Tienes que hacer algo antes de llegar a casa de madre. No permitas que los niños se suban al coche con este loco. Luego será más difícil intentar algo para escapar. ¡Vamos! ¡Piensa algo idiota!>.
Y entonces fue cuando se la ocurrió. Sacó el teléfono con cuidado, le lo puso entre las piernas y, muy nerviosa fue capaz de marcar el número de su madre sin que su marido se diese cuenta. Sólo esperaba que Amancio no se hubiese dado cuenta de la luz del teléfono y que no se escuchase la voz al otro lado cuando contestase. Por suerte no pasó ninguna de las dos cosas y cuando se aseguró que alguien estaba al otro lado de la línea, comenzó a hablar.
- Amancio por favor, no hagas nada a los niños. Yo llamaré a mi madre para que los baje al coche. Haré todo lo posible para que ella no se acerque ni se extrañe. Luego iré contigo y los niños donde quieras. Pero te ruego por Dios que no les hagas nada.
- ¿Quién te crees que soy? ¿Un puto sicópata asesino? – La voz de Amancio sonaba ahora enfadada. – Lo único que quiero es marcharme lejos de aquí con vosotros, mi familia, y comenzar de nuevo.

Jacinta estaba a punto de colgar el teléfono cuando comenzó a escuchar hablar a su hija con Amancio y comprender lo que pasaba. Colgó rápido y entre nervios logró llamar al 112 y explicar todo a la persona que la atendía. Se la hizo eterno los cinco minutos que tardó en explicar todo a su interlocutora: Los malos tratos, la orden de alejamiento y la inquietante llamada de su hija.
Desde el otro lado intentaban tranquilizarla mientras ponían los hechos en conocimiento de la Guardia Civil, que era la encargada de actuar en el pueblo. Antes de que colgase el teléfono llamaron a la puerta de casa. Era una patrulla que ya se había personado allí. Esta vez no hizo falta que contase nada pues la Guardia Civil conocía muy bien en caso de su hija.

Mientras tanto el coche estaba cada vez más cerca del pueblo y Federica solo tenía en mente la esperanza de que su madre hubiese escuchado algo; que pudiese haber avisado. Que los estuviese esperando la Guardia Civil al entrar al pueblo y la sacasen de aquél infierno. Pero tomó el desvío y allí no había ningún coche con luces ni nada que hiciese pensar que la iban a liberar antes de que sus pequeños montaran en el coche. Eso la desanimó e hizo que comenzase a planear otra cosa. Pero era difícil pensar con tu maltratador sentado detrás y un cuchillo pinchándote en el costado.
Se acercaban a la calle donde vivía con su madre y sus hijos; ni un solo coche de la Guardia civil; ni siquiera el de los municipales que a esas horas solía estar aparcado en la plaza. < Que raro, no está el coche de los municipales. A lo mejor mi madre sí ha escuchado y están colaborando con los civiles. ¡Que va! El coche no está aquí porque se lo habrá llevado el Sebas, como suele hacer algunas noches, para sus asuntos personales. Ya veo que estoy sola en esto y llegando a casa. ¡Piensa Fede, piensa! >.
Pero nada se la ocurrió en tan poco tiempo como había desde la plaza a la calle donde vivía y que ya había encarado. Al llegar a la altura de la casa de su madre Amancio la hizo señas para que detuviese el vehículo; lo que ella hizo al instante. Pero, para sorpresa de su marido, ella intentó abrir la puesta y saltar; y consiguió abrir, pero no salir. Se había olvidado que llevaba puesto el cinturón de seguridad hasta el momento en que intentó salir y este se lo impidió; dejándola clavada en el asiento. Amancio, recuperado pronto del susto inicial, la dio un bofetón desde atrás y presionó un poco más el arma contra la carne de su mujer.
- ¡Vaya, vaya! Con que intentando escapar ¿Eh? – su tono, que comenzó siendo de susto, se fue tornando duro y enfadado. – Eres inútil hasta para eso Fede. Espero que sea la última tontería que se te ocurre hacer, si es que quieres vivir para ver crecer a nuestros hijos. Ahora llama a tu madre y dile que saque a los niños. Pero que vengan ellos solos al coche. ¡VAMOS!
Fede tomó el teléfono con pavor a realizar esa llamada. La llamada que podría suponer meter a sus hijos en aquél infierno. Pero no tenía otro remedio. Marcó y esperó.

- Eres una pesada, hija. Los niños están ya acostados y bien. Así que quédate tranquila y termina de trabajar relajada.- Aunque la voz de Jacinta pretendía ser lo más normal posible, no podía evitar que la temblase un poco ya que todo su cuerpo estaba temblando mientras contestaba a su hija delante de dos agentes de la benemérita.- Yo voy a ver la tele un rato antes de acostarme.
- ¡Mamá, mamá! – Ella también intentaba ser lo más normal posible en su tono de voz. – No te llamo por eso. Es que hoy he terminado antes y me gustaría llevar a los niños a dar una vuelta para que vean los fuegos artificiales de Bablanca (Pueblo cercano en el que estaban de celebraciones por las fiestas patronales).
- Pero si ya están acostados y seguro que dormidos ¿Cómo quieres que los saque ahora de la cama? ¡Tú estás loca!
- Tienes razón mamá. No sé en qué estaría yo pensando. Aparco y estoy en casa en cinco minutos.

Dicho esto Federica colgó ante la incredulidad de su madre y los agentes allí presentes y los ojos inyectados en sangre de su marido que presionó un poco más el arma contra ella. Ahora sí, notó como el cuchillo penetraba un poco en su cuerpo mientras Amancio hacía un esfuerzo por contenerse y no clavárselo del todo.
- ¡Que coño acabas de hacer! ¡Tu quieres morir ahora mismo! – Amancio hablaba a gritos – Vuelve a llamar a tu madre o te mato aquí mismo.
- Mátame si quieres. – La voz de Federica era tranquila; como la de una persona que ha tomado una decisión y está tan segura de ella que se permite relajarse.- Pero no te vas a quedar con mis hijos ¡Desgraciado! Ya he sufrido mucho a contigo y no pienso seguir haciéndolo más. Prefiero estar muerta a tener que pasar un segundo más con miedo a tu lado. Y mis hijos tampoco tendrán que sufrirte porque vas a estar en la cárcel, esa donde dices que se vive tan bien. Ahora eli…
Federica no pudo terminar la frase porque sintió cómo de golpe se clavaba en ella el enorme cuchillo que la había estado pinchando aquella noche. Notó la sangre salir a borbotones de su cuerpo a la vez que se quedaba sin fuerzas y los ojos se le iban cerrando. El último pensamiento que tuvo, antes de caer en la oscuridad absoluta, fue el de cinco horas antes; viendo jugar a sus hijos en el parque, felices, mientras ella los miraba con la cara de orgullo que solo una madre puede tener a ver la felicidad de unos hijos.

Desde que Federica colgase a su madre, la cosa fue muy rápida pues los guardias sabían que era cuestión de segundo que Amancio hiciese algo contra ella. En un abrir y cerrar de ojos salieron de entre los coches cercanos seis agente corriendo en dirección al coche, golpearon los cristales de las ventanas para aprovechar el factor sorpresa, y esos pocos segundos que les daría, para abrir las puertas e interceptar a Amancio. Esperaban que, con suerte, no le diese tiempo para hacer nada a su esposa.
Pero llegaron únicamente unos segundos tarde; cuando tuvieron a Amancio neutralizado se dieron cuenta de la sangre que manaba del cuerpo de Federica. Enseguida la sacaron del coche e intentaron taponar la herida haciendo presión sobre ella con la chaqueta de uno de ellos. Por suerte tenían avisada a una ambulancia con su correspondiente equipo médico por si algo salía mal, como había salido, y en un minuto ya la estaban atendiendo en el suelo. Pero la herida era muy profunda y no había manera de parar la hemorragia.

Dos meses después la plaza del pueblo estaba abarrotada de vecinos y forasteros que se habían enterado de la noticia por medio de la prensa. Jamás se había visto la plaza tan llega como estaba esa tarde. Todo el mundo pendiente a que se abriese el balcón del ayuntamiento, expectantes.
En esos momentos se abrió la puerta que daba acceso al balcón y todo el ruido de voces cesó de forma repentina. Nadie hablaba. Todos miraban en aquella dirección.
La primera en salir fue Jacinta junto a sus dos nietos. La gente seguía en silencio, expectante.
A los pocos segundo asomó al balcón Federica; y la plaza estalló en un aplauso atronador ante su vecina más famosa y valiente: Aquella que estuvo muy cerca de la muerte por proteger a sus hijos de un marido maltratador, de una vida incierta. Aquella que luchó; como solo saben luchar los que saben que dejan mucho por hacer en esta vida. Y había conseguido vivir, aunque fueron algunas las veces que la dieron por muerta.
Allí estaba, recuperada por completo, Federica; recibiendo el homenaje de su pueblo por su valentía al hacer frente a Amancio y por haber ganado la pelea contra la muerte. Ella saludó y mandó besos a todos los allí presentes antes de coger a sus dos hijos en brazos y abandonar el balcón para dirigirse a casa junto con ellos y su madre para comenzar una nueva vida. Una vida llena de esperanzas e ilusiones donde no había cabida para el miedo o el dolor.

© Paco Muñoz Hidalgo
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8 comentarios:

  1. Lindo,como siempre Paco,me he emocionado con el final, gracias

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    1. Muchas gracias Sonia Patricia. Como ves, por fin he conseguido un relato con final feliz jejejejeje

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  2. Y yo también puedo comentar jajajajaja no he olvidado la contraseña jjjj Paco que soy corta y no me entero de esto de las redes jjjjj me encantó,y ya sabes cuando puedas uno relato de miedo o terror, venga yo pido como si fuera fácil jajajajaja que lista,un abrazo muy fuerte

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    1. Me alegro que te vayas haciendo con el control de las redes jejejeje.
      En cuanto al relato de de miedo o terror; a ver lo que puedo hacer. Lo mismo te sorprendo pronto jejejeje.

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    2. Si,yupi jajajajaja,me encantan tanto novelas,relatos,o películas,aunque después soy muy miedosa y no puedo dormir jajajajaja pero me gustan,besos Paco y gracias

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  3. Cada dia me sorprendes mas Paco, me encanta, gracias por tus relatos, espero ansiosa el siguiente

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    1. Me alegro de sorprenderte porque así te tengo "enganchada" Pilar jejeje.
      Gracias a ti por leerlos, para mí es un placer, y hasta una forma de distraerme, escribir y más sabiendo que os gusta y disfrutáis con ello.

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  4. Genial relato Paco me a encantado te superas cada vez enhorabuena, besitos..y hasta el proximo.

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